sábado, 9 de marzo de 2013

gideon4



13
El martes por la mañana tuv e que lev antarme antes del amanecer. Le dejé
una nota a C ary donde la v iera nada más despertarse y, después, salí a
coger un taxi que me llev ara a nuestra casa. Me duché, hice café y traté de
conv encerme de que no pasaba nada malo. Estaba estresada y sufría la
falta de sueño, lo cual siempre conduce a pequeños brotes de depresión.
Me dije a mí misma que no tenía nada que v er con Gideon, pero el nudo
que sentía en el estómago me indicaba lo contrario.
Miré el reloj y v i que eran las ocho pasadas. Tendría que salir pronto
porque Gideon no me había llamado ni me había env iado ningún mensaje
diciéndome que me llev aría él. Habían pasado casi v einticuatro horas desde
la última v ez que le había v isto o tan siquiera hablado con él de v erdad. La
llamada que le hice a las nuev e de la noche anterior había sido menos que
brev e. Estaba en medio de algo y apenas nos dijimos hola y adiós.
Yo sabía que él tenía mucho trabajo. Sabía que no debía enfadarme con
él por tener que pagar con horas extra por el tiempo que estuv imos fuera
para poder ponerse al día. Me había ay udado mucho para enfrentarme a la
situación de C ary, más de lo que cualquiera hubiese esperado. A mí me
tocaba av eriguar cómo me sentía al respecto.
Me terminé el café, enjuagué la taza y, después, cogí el bolso para salir.
Mi calle bordeada de árboles estaba tranquila, pero el resto de Nuev a York
se había despertado con su incesante energía, emitiendo un zumbido con
una fuerza tangible. Mujeres con elegante ropa de trabajo y hombres con
traje trataban de parar los taxis que pasaban a toda v elocidad, antes de
conformarse con autobuses llenos de gente o con el metro. Había puestos
de flores que explotaban con colores brillantes y v er aquello siempre
conseguía alegrarme por las mañanas, al igual que la v isión y el olor
procedente de la panadería del barrio, que a esas horas estaba en pleno
funcionamiento.
Había bajado un poco por Broadway cuando sonó mi teléfono.
La pequeña emoción que atrav esó mi cuerpo al v er el nombre de
Gideon hizo que acelerara el paso.
—Hola, forastero.
—¿Dónde demonios estás? —preguntó bruscamente.
Un escalofrío de desasosiego echó por tierra mi emoción.
—Voy camino del trabajo.
—¿Por qué? —Habló con alguien tapándose el auricular y continuó
después—: ¿Estás en un taxi?
—Voy andando. Dios mío. ¿Te has lev antado con el pie izquierdo o qué?
—Debías haber esperado a que te recogieran.
—No he tenido noticias tuy as y no quería llegar tarde después de no
haber ido ay er a trabajar.
—Me podrías haber llamado en lugar de irte sin más. —Su v oz sonaba
grav e y enfadada.
Yo también me enfadé.
—La última v ez que te llamé estabas demasiado ocupado como para
concederme más de un minuto de tu tiempo.
—Tengo cosas que atender, Ev a. Dame un respiro.
—C laro. ¿Qué tal ahora? —C olgué y dejé caer el teléfono de nuev o en el
bolso.
Empezó a sonar de nuev o inmediatamente y no le hice caso. Me herv ía
la sangre. C uando el Bentley se detuv o a mi lado unos minutos después,
y o seguí caminando. Se puso en marcha otra v ez mientras se bajaba la
v entanilla delantera.
A ngus se inclinó hacia ese lado.
—Por fav or, señorita Tramell.
Me detuv e y lo miré.
—¿Estás solo?
—Sí.
C on un suspiro, entré en el coche. Mi teléfono seguía sonando sin parar,
así que lo cogí y lo puse en silencio. Una manzana después escuché la v oz
de Gideon por los altav oces del coche.
—¿La has recogido?
—Sí, señor —contestó A ngus.
La línea se cortó.
—¿Qué narices le pasa? —pregunté mirando a A ngus por el espejo
retrov isor.
—Tiene muchas cosas en las que pensar.
Lo que quiera que fuera, estaba claro que no era y o. No podía creer
que estuv iese siendo tan imbécil. La noche anterior también había estado
seco, pero no grosero.
Pocos minutos después de llegar al trabajo, Mark apareció en mi puesto.
—Siento lo de tu compañero de piso —dijo colocando una taza de café
recién hecho sobre mi escritorio—. ¿Se pondrá bien?
—Sí. C ary es fuerte. Se recuperará. —Dejé mis cosas en el cajón de
abajo de mi escritorio y cogí agradecida la taza humeante—. Gracias. Y
gracias también por lo de ay er.
Sus ojos oscuros me miraron con preocupación y calidez.
—Me sorprende v erte hoy aquí.
—Necesito trabajar. —C onseguí poner una sonrisa a pesar de que en mi
interior sentía que todo estaba del rev és y dolorido. Nada iba bien en mi
v ida cuando las cosas entre Gideon y y o tampoco iban bien—. Ponme al
día con lo que me he perdido.
La mañana pasó rápidamente. Tenía una lista de cosas que rev isar desde la
semana anterior y Mark tenía hasta las once y media para darle la v uelta a
una licitación de un fabricante de productos de promoción. C uando
hubimos env iado la licitación, v olv í a la rutina dispuesta a olv idar el mal
humor de Gideon de esa mañana. Me pregunté si habría tenido otra
pesadilla y no había dormido bien. Decidí llamarle cuando llegara la hora
del almuerzo, por si acaso.
Y entonces, miré en mi bandeja de entrada.
La alerta de Google que había establecido con el nombre de Gideon me
estaba esperando. A brí el correo electrónico esperando hacerme una idea
de en qué estaría trabajando. Las palabras «antigua prometida» en algunos
de los titulares aparecieron ante mí. El nudo que había sentido en el
estómago esa misma mañana regresó, con más fuerza que antes.
Entré en el primer enlace, que me llev ó a un blog de cotilleos donde
había fotografías de Gideon y C orinne cenando en Tableau One. Estaban
sentados muy juntos en la v entana de la fachada y la mano de ella
descansaba íntimamente sobre el antebrazo de él. Gideon tenía puesto el
traje que el día anterior había llev ado en el hospital, pero, de todos modos,
comprobé la fecha, esperando desesperadamente que las fotos fueran
antiguas. No lo eran.
Las palmas de las manos me empezaron a sudar. Me torturé entrando en
todos los enlaces y estudiando cada fotografía que encontraba. Él sonreía
en algunas de ellas y parecía especialmente contento para tratarse de un
hombre cuy a nov ia estaba en un hospital con su mejor amigo apaleado
casi hasta morir. Sentí ganas de v omitar. O de gritar. O de irrumpir en el
despacho de Gideon y preguntarle qué demonios pasaba.
Él me había ninguneado cuando y o lo llamé la noche anterior... para ir a
cenar con su ex.
Di un brinco cuando sonó mi teléfono. Lo cogí recitando con v oz
inexpresiv a: «Despacho de Mark Garrity , le habla Ev a Tramell».
—Ev a —Era Megumi, de recepción, y sonaba tan alegre como siempre—.
Hay alguien que pregunta por ti abajo. Brett Kline.
Me quedé en silencio un momento largo, dejando que aquello penetrara
en mi febril cerebro. Reenv ié el resumen de la alerta al correo electrónico
de Gideon para que él supiera que y o lo sabía.
—A hora mismo bajo —contesté.
Vi a Brett en el v estíbulo nada más pasar por los torniquetes de seguridad.
Llev aba unos v aqueros negros y una camiseta de los Six-Ninths. Unas
gafas de sol ocultaban sus ojos, pero el pelo de punta con las puntas
teñidas llamaba la atención, al igual que su cuerpo. Brett era alto y
musculoso, más que Gideon, que era fuerte sin ser una mole.
Brett se sacó las manos de los bolsillos al v er que me acercaba y
enderezó su postura.
—Hola. Qué guapa estás.
Bajé la mirada a mi v estido de manga japonesa con su fav orecedor
plisado y me di cuenta de que él nunca me había v isto v estida con ropa
elegante.
—Me sorprende que sigas en la ciudad.
Más me sorprendía que me fuera a buscar, pero no lo dije. Me alegraba
de que lo hiciera porque había estado preocupada por él.
—Vendimos todas las entradas del teatro Jones Beach durante el fin de
semana, y luego tocamos en el Meadowlands anoche. Me he escaqueado
de los chicos porque quería v erte antes de que nos fuéramos para el sur.
Te he buscado por internet, he v isto dónde trabajas y he v enido.
«¡C aray con Google!», pensé con tristeza.
—Me hace mucha ilusión que todo te esté y endo bien. ¿Tienes tiempo
para comer algo?
—Sí.
Pronunció su respuesta de forma rápida y ferv iente, lo que hizo que
saltara cierta alarma en mí. Estaba enfadada, muy dolida y deseando poder
v engarme de Gideon, pero no quería engañar a Brett. A un así, no pude
resistir llev arlo al restaurante donde una v ez nos habían fotografiado
juntos a C ary y a mí, con la esperanza de que los paparazzi v olv ieran a
descubrirme. A sí v ería Gideon lo que se sentía.
En el taxi, Brett me preguntó por C ary y no se sorprendió al saber que
mi mejor amigo se había v enido a este lado del país conmigo.
—Los dos erais siempre inseparables —dijo—. Excepto cuando se iba a
dormir. Salúdalo de mi parte.
—C laro. —No mencioné que C ary estaba en el hospital porque me
parecía que era algo demasiado íntimo como para decirlo.
Hasta que estuv imos sentados en el restaurante, Brett no se quitó las
gafas, y fue entonces la primera v ez que pude v er el moratón que
abarcaba desde la ceja hasta la mejilla.
—¡Dios mío! —susurré con una mueca de dolor—. Lo siento mucho.
Él se encogió de hombros.
—C on el maquillaje no se me v e en el escenario. Y tú me has v isto en
peores condiciones. A demás, y o también di un par de golpes buenos,
¿no?
Recordé las magulladuras en la mandíbula y en la espalda de Gideon y
asentí.
—Es v erdad.
—A sí que... —Hizo una pausa cuando llegó el camarero para dejar dos
v asos y una botella de agua fría—. Estás saliendo con Gideon C ross.
Me pregunté por qué siempre parecía surgir esa pregunta cuando y o no
estaba segura de si la relación iba a continuar.
—Hemos estado saliendo.
—¿Vais en serio?
—A v eces parece que sí —contesté con sinceridad—. ¿Tú estás saliendo
con alguien?
—A hora no.
Nos dimos un tiempo para leer el menú y pedir. El restaurante estaba
concurrido y había mucho ruido. A penas podía escucharse la música de
fondo por encima del zumbido de las conv ersaciones y el repiqueteo de los
platos procedente de la cocina, que estaba al lado. Nos miramos a trav és
de la mesa, ev aluándonos. Sentí las v ibraciones de la atracción que había
entre los dos. C uando él se mojó los labios con la punta de la lengua, supe
que él también lo había notado.
—¿Por qué escribiste «Rubia»? —pregunté de repente, incapaz de
contener la curiosidad un minuto más. Tanto con Gideon como con C ary
había simulado que no significaba nada, pero me estaba v olv iendo loca.
Brett se apoy ó en el respaldo de la silla.
—Porque pienso mucho en ti. La v erdad es que no puedo dejar de
hacerlo.
—No entiendo por qué.
—Estuv imos juntos seis meses, Ev a. Es lo máximo que he estado con
nadie.
— P e r o no estábamos juntos —argüí. Bajé la v oz—. A parte de
sexualmente.
A pretó los labios.
—Sé lo que y o era para ti, pero eso no quiere decir que no me doliera.
Me quedé mirándolo un largo rato y el corazón me empezó a latir con
fuerza en el pecho.
—Debo estar borracha o algo parecido. Tal y como y o lo recuerdo, nos
enrollábamos después de los conciertos y luego tú te ibas por tu cuenta. Y
si y o no estaba por allí, te ibas con otra.
Él se inclinó hacia delante.
—Tonterías. Yo quería que saliéramos. Siempre te pedía que te quedaras.
Respiré profunda y rápidamente un par de v eces para tranquilizarme.
A penas podía creer que ahora, casi cuatro años después, Brett Kline
estuv iera hablándome como entonces había deseado que lo hiciera.
Estábamos juntos en un lugar público, almorzando, casi como en una cita.
Me estaba haciendo un lío, y y a me sentía bastante confusa y atolondrada
por Gideon.
—Yo estaba muy enamorada de ti, Brett. Escribía tu nombre con
corazoncitos alrededor, como una adolescente loca de amor. Deseaba con
todas mis fuerzas ser tu nov ia.
—¿Estás de broma? —Extendió la mano y agarró la mía—. Entonces,
¿qué coño pasó?
Bajé la mirada hacia donde él daba v ueltas distraídamente al anillo que
Gideon me había regalado.
—¿Te acuerdas de cuando fuimos a la sala de billar?
—Sí, ¿cómo iba a olv idarlo? —Se mordió el labio de abajo, claramente
recordando el polv o que le había echado en el asiento de atrás de su
coche, decidida a que fuera el mejor que hubiese echado nunca para que
dejara de fijarse en otras chicas—. C reía que había llegado el momento en
que íbamos a empezar a v ernos fuera del bar, pero me plantaste en el
momento en que entramos.
—Fui al baño —contesté en v oz baja, recordando el dolor y la
v ergüenza, como si aquello acabara de ocurrir—, y cuando salí, tú y
Darrin estabais cambiando monedas para las mesas de billar. Me estabas
dando la espalda, así que no me v iste. Os oí hablar... y reíros.
Respiré hondo y retiré la mano.
En su fav or, debo decir que la expresión de Brett era de clara
v ergüenza.
—No recuerdo exactamente lo que dijimos, pero.... Joder, Ev a. Tenía
v eintiún años. El grupo empezaba a hacerse famoso. Había chicas por
todas partes.
—Lo sé —contesté con frialdad—. Yo era una de ellas.
—Para entonces, y a había estado contigo v arias v eces. A l llev arte
conmigo a la sala de billar estaba dejando claro a los demás que las cosas
entre nosotros estaban av anzando. —Se frotó la ceja en un gesto muy
típico de él—. No tuv e huev os de admitir lo que sentía por ti. Hice que
girara en torno al sexo, pero no era v erdad.
Lev anté mi v aso y bebí, haciendo que se deshiciera el nudo que sentía
en la garganta. Él dejó caer la mano sobre el brazo del sillón.
—A sí que la fastidié por bocazas. Por eso me dejaste tirado esa noche.
Por eso no v olv iste a ir conmigo a ningún otro sitio.
—Estaba desesperada, Brett —admití—, pero no quería que se me notara.
El camarero nos trajo la comida. Me pregunté por qué había pedido
nada. Estaba demasiado nerv iosa como para comer.
Brett empezó a cortar su filete atacándolo de v erdad. De repente, dejó
en la mesa el cuchillo y el tenedor.
—Metí la pata entonces, pero ahora todos saben lo que tengo en la
cabeza. «Rubia» es nuestra canción más conocida. Es lo que nos ha
permitido firmar con Vidal.
Ver cómo se cerraba el círculo me hizo sonreír.
—Es una canción preciosa y tu v oz suena impresionante cuando la
cantas. Me alegra de v erdad que hay as v enido a v erme antes de irte.
Significa mucho para mí que hay amos hablado de esto.
—¿Y si no quiero irme? —Respiró hondo y soltó el aire de pronto—. Has
sido mi musa durante los últimos años, Ev a. Gracias a ti he escrito las
mejores canciones que ha tenido nunca el grupo.
—Eso es muy halagador... —empecé a decir.
—Saltaban chispas cuando estábamos juntos. Todav ía ocurre. Sé que lo
sientes así. Por el modo en que me besaste la otra noche...
—A quello fue un error. —Entrelacé las manos por debajo de la mesa. No
podía soportar más dramatismos. No podía pasar otra noche como la del
v iernes—. Y tú debes pensar en el hecho de que Gideon tiene el control de
tu discográfica. No querrás tener problemas ahí.
—Que le den. ¿Qué v a a hacer? —Golpeteaba con los dedos sobre la
mesa—. Quiero v olv er a intentarlo contigo.
Negué con la cabeza y cogí mi bolso.
—Eso es imposible. A unque no tuv iera nov io, no soy la chica más
adecuada para tu estilo de v ida, Brett. Soy difícil de complacer.
—Lo recuerdo —dijo toscamente—. Dios, cómo lo recuerdo.
Me ruboricé.
—No me refería a eso.
—Y no es eso lo único que quiero. Puedo estar a tu lado. Mírame ahora.
El grupo está en la carretera pero tú y y o estamos juntos. Puedo dedicarte
tiempo. Quiero hacerlo.
—No es tan fácil. —Saqué dinero de mi cartera y lo dejé sobre la mesa—.
No me conoces. No tienes ni idea de lo que implicaría tener una relación
conmigo, del esfuerzo que requiere.
—Ponme a prueba —me retó.
—Soy exigente, dependiente y muy celosa. Te v olv ería loco en una
semana.
—Siempre me has v uelto loco. Eso me gusta. —Su sonrisa desapareció—.
No sigas huy endo, Ev a. Dame una oportunidad.
Lo miré a los ojos y le sostuv e la mirada.
—Estoy enamorada de Gideon.
Me miró sorprendido. Pese a estar destrozado, su cara era imponente.
—No te creo.
—Lo siento. Tengo que irme. —Me puse de pie dispuesta a marcharme.
Me agarró del codo.
—Ev a...
—Por fav or, no montes una escena —susurré, arrepintiéndome de mi
impetuosa decisión de ir a comer a un lugar tan concurrido.
—No has comido.
—No puedo. Tengo que irme.
—Bien. Pero no me v oy a rendir. —Me soltó—. C ometo errores, pero
aprendo de ellos.
Me incliné sobre él y le hablé con firmeza.
—No tienes ninguna posibilidad. Ninguna.
Brett clav ó el tenedor en su filete.
—Demuéstramelo.
El Bentley me estaba esperando en la calle cuando salí del restaurante.
A ngus salió y me abrió la puerta de atrás.
—¿C ómo sabías dónde estaba? —le pregunté, inquieta ante su
inesperada aparición.
Su respuesta fue una sonrisa amable y un toque en la v isera de su gorra
de chófer.
—Es espeluznante, A ngus —me quejé mientras subía al asiento de atrás.
—Estoy de acuerdo con usted, señorita Tramell. Simplemente hago mi
trabajo.
Le env ié un mensaje a C ary en el camino de v uelta al C rossfire: «He
comido con Brett. Quiere otra oportunidad conmigo».
C ary contestó: «Las desgracias nunca v ienen solas...».
«Todo el día = Mierda», escribí. «Quiero que empiece de nuev o».
El teléfono sonó. Era C ary .
—Nena —dijo arrastrando las palabras—. Quiero ser comprensiv o, de
v erdad, pero este triángulo de amor es muy excitante. La estrella de rock
empeñada y el millonario posesiv o. ¡Guau!
—A y , Dios. Tengo que colgar.
—¿Te v eo esta noche?
—Sí. Por fav or, no hagas que me arrepienta. —C olgué mientras le
escuchaba reírse, encantada en el fondo de oírle tan feliz. La v isita de Trey
había hecho marav illas.
A ngus me dejó en la acera frente al edificio C rossfire y y o fui corriendo
para huir del calor hacia el fresco v estíbulo. C onseguí entrar en un
ascensor antes de que se cerraran las puertas. Había media docena de
personas conmigo en la cabina div ididas en dos grupos que charlaban
entre sí. Yo me quedé en el rincón de delante y traté de sacar de mi mente
mi v ida priv ada. No podía pensar en ella en el trabajo.
—Vay a, nos hemos pasado de planta —dijo la chica que había a mi lado.
Miré el indicador que había encima de la puerta.
El tipo que estaba junto al panel de los botones pulsó repetidamente
todos los botones, pero ninguno de ellos se encendía... a excepción del de
la planta superior.
—Los botones no funcionan.
El pulso se me aceleró.
—Utiliza el teléfono de emergencia —propuso una de las otras chicas.
El ascensor seguía subiendo rápidamente y las mariposas de mi estómago
aumentaban conforme iba pasando cada planta. Por fin, el ascensor se
detuv o en el piso superior y se abrieron las puertas.
Gideon estaba en el umbral y su rostro era una máscara hermosa e
impasible. Sus ojos eran de un azul brillante... y fríos como el hielo. A l
v erlo, me quedé sin respiración.
En el ascensor, nadie dijo nada. Yo no me mov í, rogando que las
puertas se cerraran rápidamente. Gideon metió el brazo, me agarró del
codo y me sacó. Yo me resistí, demasiado furiosa como para querer nada
que tuv iera que v er con él. Las puertas se cerraron detrás de mí y él me
soltó.
—Tu comportamiento de hoy ha sido v ergonzoso —gruñó.
—¿Mi comportamiento? ¿Y qué me dices del tuy o?
Me di la v uelta para pulsar el botón y bajar. No se encendió.
—Te estoy hablando, Ev a.
Miré las puertas de seguridad de C ross Industries y sentí aliv io al v er que
el recepcionista pelirrojo no estaba en su puesto.
—¿A h, sí? —Lo miré y me odié por seguir encontrándolo tan
irresistiblemente atractiv o cuando se estaba portando tan mal—. Es curioso
que eso no haga que me entere de nada, como por ejemplo, que saliste
anoche con C orinne.
—No deberías fisgonear en internet cosas sobre mí —espetó—. Intentas
buscar de forma deliberada algo por lo que enfadarte.
—A sí que tu comportamiento no es el problema —respondí sintiendo la
presión de las lágrimas en mi garganta—. Pero el hecho de que y o me
entere de él sí.
C ruzó los brazos.
—Tienes que confiar en mí, Ev a.
—¡Haces que eso sea imposible! ¿Por qué no me dijiste que ibas a salir a
cenar con C orinne?
—Porque sabía que no te gustaría.
—Y aun así lo hiciste. —Y eso me dolió. Después de todo lo que
habíamos hablado durante el fin de semana... después de que él dijera que
comprendía lo que se sentía.
—Y tú has salido con Brett Kline sabiendo que a mí no me gustaría.
—¿Qué te dije? Eres tú quien sienta los precedentes con respecto a
cómo me relaciono con mis antiguos amantes.
—¿Ojo por ojo? ¡Menuda demostración de madurez!
Me aparté de él con un traspiés. No había nada del Gideon que y o
conocía en el tipo que tenía delante. Era como si el hombre al que y o
quería hubiese desaparecido y el que tenía delante fuera un completo
extraño en el cuerpo de Gideon.
—Estás consiguiendo que te odie —susurré—. Déjalo y a.
A lgo cruzó brev emente por la cara de Gideon, pero desapareció antes
de que me diera tiempo a saber qué era. Dejé que su lenguaje corporal se
expresara por él. Estaba lejos de mí, con los hombros rígidos y la
mandíbula apretada.
Sentí lástima y bajé los ojos.
—No puedo estar a tu lado ahora mismo. Deja que me v ay a.
Gideon se acercó a los otros ascensores y pulsó el botón de llamada.
Dándome la espalda y mirando el indicador, dijo:
—A ngus te recogerá todas las mañanas. Espérale. Y prefiero que
almuerces en tu mesa. Será mejor que no andes dando v ueltas por ahí
ahora mismo.
—¿Por qué no?
—Estoy muy ocupado en este momento...
—¿C enando con C orinne?
—... y no puedo estar preocupándome por ti —continuó, ignorando mi
interrupción—. C reo que no estoy pidiéndote demasiado.
A lgo no iba bien.
—Gideon, ¿por qué no hablas conmigo? —Extendí la mano y le acaricié
el hombro, pero él se apartó como si le hubiese quemado. Más que
cualquier otra cosa, el modo en que rechazó mi caricia me hirió
profundamente—. Dime qué está pasando. Si hay algún problema...
—¡El problema es que no sé dónde demonios estás la mitad del tiempo! —
exclamó, girándose para reprenderme cuando las puertas del ascensor se
abrieron—. Tu compañero de piso está en el hospital. Tu padre v iene de
v isita. Simplemente... concéntrate en eso.
Entré en el ascensor con los ojos ardiendo. A parte de para sacarme del
ascensor cuando llegué, Gideon no me había tocado. No me había pasado
los dedos por la mejilla ni había hecho ningún intento de besarme. Y no
hizo mención a que quisiera v erme después, pasando por encima del resto
del día para decirme que A ngus me estaría esperando por la mañana.
Nunca había estado tan confundida. No podía imaginar qué estaba
pasando, por qué de repente había aquel enorme abismo entre nosotros,
por qué Gideon estaba tan tenso y enfadado, por qué no parecía
importarle que
hubiese estado almorzando con Brett.
Por qué no parecía importarle nada.
Las puertas empezaron a cerrarse. C onfía en mí, Ev a.
¿Había susurrado esas palabras un segundo antes de que las puertas se
cerraran? ¿O simplemente y o deseaba que lo hubiese hecho?
En cuanto entré en la habitación de C ary, supo que y o iba falta de
energías. Había aguantado una sesión de Krav Maga con Park er, luego me
pasé por el apartamento sólo el rato suficiente para ducharme y comer
unos insípidos fideos chinos. La descarga de la sal y los carbonos en mi
cuerpo tras un día sin comer fue más que suficiente para agotarme más allá
del punto de no retorno.
—Tienes un aspecto horrible —dijo tras silenciar la telev isión.
—Mira quién fue a hablar —respondí, demasiado sensible como para
soportar ninguna crítica.
—A mí me han golpeado con un bate de béisbol. ¿C uál es tu excusa?
C oloqué la almohada y la áspera manta en mi cama y, a continuación, le
conté cómo había sido mi día de principio a fin.
—Y no he tenido noticias de Gideon desde entonces —terminé con v oz
cansada—. Incluso Brett se ha puesto en contacto conmigo después de
comer. Ha dejado un sobre en el mostrador de seguridad con su número
de teléfono.
También incluía el dinero que dejé en el restaurante.
—¿Vas a llamarle? —preguntó C ary .
—¡No quiero pensar en Brett! —Me tumbé boca arriba en la cama y me
pasé las manos por el pelo—. Quiero saber qué le pasa a Gideon. ¡Ha
sufrido un trasplante completo de personalidad en las últimas treinta y seis
horas!
—Puede que sea por esto.
Lev anté la cabeza de la almohada y v i que apuntaba a algo que había en
su mesa de noche. Poniéndome de pie, v i lo que era... Una rev ista
homosexual.
—Trey la ha traído hoy —dijo.
La foto de C ary ocupaba la primera página con la noticia de su asalto e
incluía especulaciones sobre que podría haberse tratado de un delito con
agrav ante de discriminación. Mencionaban el hecho de que v iv iera
conmigo y de que y o estuv iese v iv iendo una relación romántica con
Gideon C ross sin ninguna razón, aparte de dar un toque jugoso a la
noticia.
—Está también en la página web —añadió en v oz baja—. Supongo que
alguien de la agencia se ha ido de la lengua y la noticia se ha extendido
conv irtiéndose en una gilipollez política para alguien. Sinceramente me
cuesta mucho imaginar que a C ross no le importa...
—¿Tu orientación sexual? No, no le importa. Él no es así.
—Pero su equipo de Relaciones Públicas puede pensar otra cosa. Puede
que sea por eso por lo que quiere tenerte dentro de su radar. Y si está
preocupado porque alguien pueda ir detrás de ti para llegar hasta mí,
puede que eso explique por qué quiere que estés escondida y apartada de
la calle.
—¿Y por qué no me lo dice? —Dejé la rev ista en la mesa—. ¿Por qué está
siendo tan estúpido? C uando estuv imos fuera todo era marav illoso. Él era
marav illoso. C reía que habíamos dado un paso adelante. C reía que no era
el hombre que había conocido al principio y ahora resulta que es peor. Se
ha conv ertido en este... no sé. A hora se encuentra a un millón de
k ilómetros de distancia de mí. No lo comprendo.
—No soy y o a quien debes preguntar, Ev a. —C ary me agarró la mano y
la apretó—. Es él quien tiene las respuestas.
—Tienes razón. —Fui a por mi bolso y cogí el teléfono—. Vuelv o en un
momento.
Fui al pequeño balcón cerrado que estaba al lado de la sala de espera de
los v isitantes y llamé a Gideon. El teléfono sonó una y otra v ez y, al final,
conectó con el buzón de v oz. Probé con el número de su casa. Tras el
tercer toque, Gideon respondió.
—¿Sí? —dijo con v oz cortante.
—Hola.
Hubo un silencio que duró lo que un latido del corazón y, a
continuación:
—Espera.
Oí que se abría una puerta. El sonido del teléfono cambió. Había salido
de dondequiera que estuv iese.
—¿Va todo bien? —preguntó.
—No. —Me froté mis cansados ojos—. Te echo de menos.
Suspiró.
—Yo... no puedo hablar ahora, Ev a.
—¿Por qué no? No entiendo por qué estás siendo tan frío conmigo. ¿He
hecho algo malo? —Oí un murmullo y me di cuenta de que había tapado el
auricular para hablar con otra persona. Una terrible sensación de traición
se aferró en mi pecho haciendo que me costara respirar—. Gideon, ¿quién
está contigo en tu casa?
—Tengo que colgar.
—¡Dime quién está contigo!
—A ngus estará a las siete en el hospital. Duerme un poco, cielo.
La línea se cortó.
Bajé la mano y me quedé mirando el teléfono, como si de algún modo
pudiera rev elarme qué coño acababa de ocurrir.
Regresé a la habitación de C ary, sintiéndome débil y triste cuando abrí la
puerta.
C ary me miró y soltó un suspiro.
—Parece como si acabara de morirse tu cachorrito, nena.
El dique se abrió. Empecé a llorar.

14
A penas dormí en toda la noche. Di v ueltas, me sacudí, dormitando de
manera intermitente. Las frecuentes v isitas de la enfermera para v er a C ary
también me despertaron. Su escáner cerebral y los informes del laboratorio
eran buenos y no había nada importante por lo que preocuparse, pero y o
no había estado a su lado cuando lo agredieron. Sentía que tenía que estar
ahí ahora, durmiera o no.
Justo antes de las seis, me rendí y me lev anté de la cama.
C ogí mi tableta y el teclado inalámbrico y me dirigí a la cafetería a por un
café. Retiré una silla de una de las mesas y me dispuse a escribirle una carta
a Gideon. En el poco tiempo que había conseguido estar con él durante el
último par de días no había sido capaz de comunicarle lo que pensaba.
Tendría que hacerlo a trav és de la escritura. Manteniendo una
comunicación regular y abierta era la única forma en que podríamos
sobrev iv ir como pareja.
Le di un sorbo al café y empecé a escribir, dándole las gracias por el
precioso fin de semana que habíamos pasado fuera y por lo mucho que
había significado para mí. Le dije que pensaba que nuestra relación había
dado un paso importante hacia delante durante ese v iaje, lo que hacía que
la recaída durante esta semana fuera más difícil de soportar...
—Ev a. ¡Qué agradable sorpresa!
Giré la cabeza y v i al doctor Terrence Lucas de pie detrás de mí,
sosteniendo una taza de café desechable como la que y o me había serv ido.
Iba v estido para trabajar, con pantalones informales, corbata y una bata
blanca.
—Hola —lo saludé, esperando ocultar mi recelo.
—¿Te importa si me siento contigo? —preguntó dando la v uelta.
—En absoluto.
Vi cómo tomaba el asiento que había a mi lado y v olv í a recordar el
momento de su aparición. Tenía el pelo completamente blanco, sin una
brizna de gris, pero su atractiv o rostro no tenía arruga alguna. Sus ojos
eran de un tono v erdoso poco usual y reflejaban inteligencia. Su sonrisa
era tan confiada como encantadora. Supuse que sería popular entre sus
pacientes... y entre sus madres.
—Debe haber algún motiv o especial —empezó a decir— para que te
encuentres en el hospital mucho antes de las horas de v isita.
—Mi compañero de piso está aquí. —No le ofrecí más información, pero
él lo adiv inó.
—A sí que Gideon C ross ha hecho uso de su dinero y ha conseguido un
buen arreglo para ti. —Negó con la cabeza y dio un sorbo a su café—. Y tú
le estás agradecida. Pero ¿qué coste tendrá para ti?
Me apoy é en el respaldo de mi silla, ofendida en nombre de Gideon por
el hecho de que su generosidad quedara reducida a tener una motiv ación
posterior.
—¿Por qué os tenéis tanta av ersión?
Sus ojos perdieron toda dulzura.
—Le hizo daño a una persona muy cercana a mí.
—A tu esposa. Me lo ha contado. —Estoy segura de que aquello le
sorprendió—. Pero ése no fue el comienzo, ¿v erdad? Sino la consecuencia.
—¿Sabes lo que hizo y aun así sigues con él? —Lucas apoy ó los codos
sobre la mesa—. Está haciendo lo mismo contigo. Pareces agotada y
deprimida. Eso forma parte del juego para él, ¿sabes? Es un experto a la
hora de adorar a una mujer como si la necesitara para respirar. Y luego, de
repente, no puede soportar v erla.
A quella declaración fue una descripción dolorosamente exacta de mi
actual situación con Gideon. El pulso se me aceleró.
Su mirada bajó por mi cuello y, después, de nuev o a mi cara. Su boca
se curv ó en una sonrisa burlona y cómplice.
—Has sufrido esto de lo que te estoy hablando. Va a seguir jugando
contigo hasta que dependas de su estado de ánimo para medir el tuy o.
Entonces, se aburrirá y te dejará.
—¿Qué ocurrió entre v osotros? —Volv í a preguntarle sabiendo que ésa
era la clav e.
—Gideon C ross es un sociópata narcisista —continuó como si y o no
hubiese dicho nada—. Estoy conv encido de que es un misógino. Utiliza su
dinero para seducir a las mujeres y , a continuación, las desprecia por ser lo
suficientemente superficiales como para sentirse atraídas por su riqueza.
Utiliza el sexo para controlar y nunca se sabe en qué estado de ánimo te lo
v as a encontrar. Eso forma parte de su ataque. C uando siempre te
preparas para lo peor, te mentalizas para sentir una oleada de aliv io
cuando está de buenas.
—No lo conoces —dije con tono suav e, negándome a morder el anzuelo
—. Ni tampoco tu mujer.
—Ni tú. —Se apoy ó en el respaldo y se bebió el café, aparentando tanta
serenidad como y o trataba de tener—. Nadie lo conoce. Es un experto
manipulador y un mentiroso. No lo subestimes. Es un hombre retorcido y
peligroso, capaz de todo.
—El hecho de que no quieras contar de dónde v iene su rencor hacia ti
me hace pensar que el culpable eres tú.
—No deberías hacer tantas suposiciones. Hay cuestiones sobre las que
no tengo libertad para hablar.
—Qué bien te v iene eso.
Soltó un suspiro.
—No soy tu adv ersario, Ev a. Y C ross no necesita que nadie pelee sus
batallas. No tienes por qué creerme. Francamente, estoy tan resentido que
ni siquiera y o me creería si estuv iese en tu lugar. Pero tú eres una jov en
guapa e inteligente.
Últimamente no lo había sido, pero arreglar eso o marcharme, era cosa
mía.—
Si te retiras un poco —continuó— y v es lo que te está haciendo, lo
que piensas de ti misma desde que estás con él, si de v erdad te satisface
v uestra relación, sacarás tus propias conclusiones.
Se oy ó un zumbido y se sacó el teléfono del bolsillo de la bata.
—A h, mi último paciente acaba de llegar al mundo.
Se puso de pie y me miró, colocando la mano sobre mi hombro.
—Serás tú la que lo deje. Eso me alegra.
Vi cómo salía con paso alegre de la cafetería y caí sobre el respaldo de mi
silla en el momento en que desapareció de mi v ista, desinflándome por el
agotamiento y la confusión. Miré la pantalla oscurecida de mi tableta. No
tenía fuerzas para acabar la carta.
Recogí y me fui para prepararme para la llegada de A ngus.
—¿Te apetece comida china?
Lev anté la v ista del diseño para el anuncio de café con sabor a
arándanos que había sobre mi escritorio y v i los cálidos ojos marrones de
mi jefe. Me di cuenta de que era miércoles, nuestro día habitual para salir a
comer con Stev en.
Por un segundo, consideré la posibilidad de excusarme y comer en mi
escritorio para contentar a Gideon. Pero con la misma rapidez supe que me
arrepentiría si lo hacía. A ún estaba tratando de hacerme una v ida en
Nuev a York , lo cual incluía hacer amigos y tener planes aparte de la v ida
que compartiera con él.
—Nunca digo que no a la comida china —contesté. Mi primera comida
con Mark y Stev en había sido de un chino para llev ar y la tomamos en la
oficina, una noche en la que estuv imos trabajando hasta bien pasada la
hora de salida y Stev en se pasó para darnos de comer.
Mark y y o salimos a mediodía y y o me negué a sentirme culpable por
algo que me gustaba tanto. Stev en nos estaba esperando en el restaurante,
sentado en una mesa redonda con una bandeja giratoria lacada en el
centro.
—Hola —me saludó con un gran abrazo y, a continuación, apartó una
silla para mí. Me observ ó mientras los dos nos sentábamos—. Pareces
cansada.
Supuse que debía de tener un aspecto realmente malo, puesto que todo
el mundo me lo decía.
—Está siendo una semana difícil.
La camarera se acercó y Stev en pidió un aperitiv o de dim sum y los
mismos platos que habíamos compartido en aquella primera cena tardía:
pollo k ung pao y ternera con brócoli.
—No sabía que tu compañero de piso fuera homosexual. ¿Nos lo habías
contado? —dijo Stev en cuando v olv imos a quedarnos solos.
—En realidad, es bisexual. —Me di cuenta de que Stev en, o alguien a
quien él conocía, debía haber v isto la misma publicación que C ary me
había enseñado—. No creo que hay a surgido el tema.
—¿Qué tal está? —preguntó Mark con auténtica preocupación.
—Mejor. Puede que v uelv a hoy a casa. —Lo cual era algo a lo que le
había estado dando v ueltas toda la mañana, puesto que Gideon no me
había llamado para decirme definitiv amente si era así.
—Dinos si necesitas ay uda —se ofreció Stev en, abandonando el anterior
tono de friv olidad—. Estamos a tu disposición.
—Gracias. No se trató de un delito por discriminación —aclaré—. No sé
de dónde ha sacado eso el periodista. Yo respetaba antes a los periodistas.
A hora, sólo unos pocos hacen sus deberes y aún menos saben escribir
con objetiv idad.
—Estoy seguro de que debe ser duro v iv ir bajo los focos de los medios
de comunicación. —Stev en me apretó la mano por encima de la mesa. Era
un tipo sociable y bromista, pero bajo esa capa de div ersión había un
hombre formal y de buen corazón—. Pero es algo que debes esperarte
cuando haces juegos malabares con estrellas del rock y millonarios.
—Stev en —lo reprendió Mark con el ceño fruncido.
—¡Uf! —exclamé arrugando la nariz—. Shawna os lo ha contado.
—Por supuesto que sí —contestó Stev en—. Es lo menos que podía hacer
después de no haberme inv itado a ir con ella al concierto. Pero no te
preocupes. No es chismosa. No se lo v a a contar a nadie más.
A sentí, sin sentir preocupación alguna al respecto. Shawna era buena
gente. Pero aun así, me daba v ergüenza que mi jefe supiera que había
besado a un hombre mientras estaba saliendo con otro.
—No está mal que C ross pruebe su propia medicina —murmuró Stev en.
Yo lo miré confundida. Después, v i la mirada compasiv a de Mark .
Me di cuenta de que la rev ista gay no era lo único que habían leído.
Debían haber v isto también las fotos de Gideon y C orinne. Sentí que la
cara se me enrojecía de la humillación.
—La saboreará si tengo que hacérsela tragar —murmuré.
Stev en me miró sorprendido y, después, soltó una carcajada dándome
golpes en la mano.
—Hazlo, chica.
A cababa de llegar a mi mesa cuando sonó el teléfono.
—Despacho de Mark Garrity . Le habla Ev a...
—¿Por qué te resulta tan jodidamente difícil seguir órdenes? —preguntó
Gideon con tono sev ero.
Yo me quedé inmóv il, mirando el collage de fotos que él me había
regalado, fotografías en las que parecíamos conectados y enamorados.
—¿Ev a?
—¿Qué quieres de mí, Gideon? —pregunté en v oz baja.
Hubo un momento de silencio y , después, él suspiró.
—C ary v uelv e esta tarde a v uestro apartamento bajo la superv isión de
su médico y de una enfermera priv ada. Estará allí cuando v uelv as a casa.
—Gracias. —Hubo otro momento de silencio en la línea, pero no colgó.
Por fin, y o pregunté—: ¿Hemos terminado?
A quella pregunta tenía un doble significado. Me pregunté si él lo habría
entendido o si, al menos, le importaba.
—A ngus te llev ará a casa.
A preté la mano que sostenía el teléfono.
—A diós, Gideon.
C olgué y v olv í al trabajo.
C omprobé el estado de C ary nada más llegar a casa. Habían apartado su
cama a un lado apoy ándola en v ertical sobre la pared para dejar espacio
para una cama de hospital que él pudiera ajustar a su gusto. Estaba
dormido cuando entré. Su enfermera estaba sentada en un nuev o sillón
abatible ley endo su libro electrónico. Era la misma enfermera que había
v isto la primera noche en el hospital, aquélla tan guapa y de aspecto
exótico que no podía apartar los ojos de Gideon.
Me pregunté cuándo habría hablado con ella, si lo había hecho él mismo
u otra persona, y si ella habría aceptado por el dinero, por Gideon o por
las dos cosas.
El que y o estuv iera demasiado cansada como para que me importara si
había sido de una forma u otra decía mucho de mi propia desconexión.
Quizá hubiera gente por ahí cuy o amor podría sobrev iv ir a todo, pero el
mío era frágil. Tenía que nutrirse para poder prosperar y crecer.
Me di una ducha larga y caliente y, después, me metí en la cama. Me
puse la tableta electrónica en el regazo y traté de continuar con mi carta a
Gideon. Quería expresar mis pensamientos y mis reserv as de un modo
maduro y conv incente. Quería que le resultara fácil comprender mis
reacciones ante algunas de las cosas que él hacía y decía, para que pudiese
v erlo desde mi punto de v ista.
A l final, no tuv e fuerzas. Pero escribí:
No v oy a seguir explicándome, porque si continúo, v oy a suplicar. Y si
no me conoces lo suficientemente bien como para saber que me estás
haciendo daño, una carta no v a a solucionar nuestros problemas.
Estoy desesperada por ti. Estoy triste sin ti. Pienso en el fin de semana y
en las horas que pasamos juntos y no sé qué podría hacer para v olv er a
tenerte así. Y sin embargo, tú pasas el tiempo con ELLA mientras y o paso
sola mi cuarta noche sin ti.
A un a sabiendas de que has estado con ella, quiero arrastrarme de
rodillas ante ti y suplicarte que me des las sobras. Una caricia. Un beso.
Una palabra tierna. Has hecho que me v uelv a así de débil.
Odio v erme así. Odio necesitarte tanto. Odio estar tan obsesionada
contigo.
Odio estar enamorada de ti.
Ev a.
A djunté la carta a un correo electrónico con el asunto «Mis
pensamientos... sin censura», y lo env ié.
—No te asustes.
Me desperté al escuchar estas tres palabras en una completa oscuridad.
El colchón se hundió cuando Gideon se sentó a mi lado, inclinándose
sobre mí y abrazando mi cuerpo y las mantas que nos separaban. Una
crisálida y una barrera que permitió que mi mente se despertara sin temor.
La deliciosa e inconfundible fragancia de su jabón y de su champú se
mezclaban con el olor de su piel, tranquilizándome junto con su v oz.
—C ielo. —Tomó mi boca llev ando sus labios hacia los míos
Yo le acaricié el pecho con los dedos y noté su piel desnuda. Él gimió y
se lev antó, inclinándose sobre mí de modo que su boca permaneciera
unida a la mía mientras apartaba las mantas.
A continuación, se puso encima de mí y noté su cuerpo desnudo y
caliente al acariciarlo. Su boca ardiente bajó por mi cuello y sus manos
subían por mi camiseta para poder llegar hasta mis pechos. Sus labios
rodearon mis pezones y los chupó y, mientras apoy aba su peso en el
colchón sobre un brazo, con la otra mano separaba mis piernas.
C ogió mi sexo en la palma de su mano y deslizó un dedo por el satén
hasta el borde de los labios. Mov ió la lengua por encima de mi pezón
poniéndolo duro y tenso, hundiendo los dientes ligeramente dentro de la
carne apretada.
—¡Gideon! —Las lágrimas caían como ríos por mis sienes y la
insensibilidad a modo de protección que había sentido antes desapareció,
dejándome expuesta. Me había estado marchitando sin él, el mundo que
me rodeaba estaba perdiendo su dinamismo y el cuerpo me dolía por estar
separado del suy o. Tenerlo conmigo... tocándome... era como la lluv ia
para la sequía. Mi alma se desplegó para él, abriéndose para absorberlo.
Lo amaba tanto.
Su pelo me hacía cosquillas en la piel mientras su boca abierta se
deslizaba por mi escote, su pecho se expandía al respirarme, acariciándome
con la nariz y regodeándose con mi olor. Llegó a la punta de mi otro
pecho con una fuerte y profunda succión. El placer me recorrió todo el
cuerpo, prov ocando que mi sexo se apretara contra su dedo prov ocador.
Bajó por mi torso, lamiéndolo y mordisqueándolo mientras se abría
camino a lo largo de mi v ientre, mientras la anchura de sus hombros me
obligaba a abrir las piernas hasta que su aliento caliente sopló por encima
de mi coño resbaladizo. A pretó la nariz contra el húmedo satén,
acariciándolo. A spiró con un gruñido.
Ev a. Estaba hambriento de ti.
C on dedos impacientes, Gideon apartó la entrepierna de mis bragas y
colocó la boca sobre mí. Me abría con los pulgares y me azotaba el
palpitante clítoris con la lengua. A rqueé la espalda con un grito y todos mis
sentidos se agudizaron sin poder v er. Inclinó la cabeza y se clav ó dentro
de aquel temblor abriéndome el sexo, follándome cadenciosamente,
prov ocándome con zambullidas superficiales.
—¡Dios mío! —Me retorcí de placer y mi coño se apretaba y se abría con
los primeros zumbidos del orgasmo.
Me corrí con un v iolento torrente mientras el sudor me humedecía la piel
y los pulmones me quemaban y se esforzaban por respirar. Sus labios
rodeaban mi temblorosa abertura, chupando y hurgando con su lengua.
Me estaba comiendo con una intensidad contra la que y o me sentía
indefensa. La carne que había entre mis piernas estaba inflamada y sensible,
v ulnerable a su hambre feroz. Iba a tener otro orgasmo en pocos
momentos e hinqué las uñas en las sábanas.
Tenía los ojos abiertos y cegados por la oscuridad cuando él me quitó la
ropa interior y se colocó sobre mí. Sentí cómo el ancho capullo de su polla
entraba en los labios de mi sexo y, entonces, embistió entrando hasta el
fondo de mí con un gemido animal. Grité, sorprendida por su agresiv idad
y poniéndome más caliente.
Gideon se apartó mientras mis muslos estaban abiertos sobre los suy os.
Me agarró de la cadera, elev ándola, inclinándome hasta el ángulo que él
buscaba. Balanceó su cadera mov iendo la polla dentro de mí,
empujándome contra él hasta que y o ahogué un grito de dolor por lo
profundo que había entrado. Los labios de mi sexo se aferraron a la misma
base de su pene, abriéndose para abarcar la gruesa raíz. Me lo metió todo,
cada centímetro, y y o me sentía llena y me encantaba. Llev aba v arios días
v acía, tan sola que me dolía.
Él gimió diciendo mi nombre y se corrió lanzando un chorro caliente y
denso y ese calor cremoso se extendió a lo largo de su polla porque no
quedaba espacio dentro de mí. Se sacudió con v iolencia y sobre mi piel
cay eron gotas de sudor que me inundaron.
—Por ti, Ev a —dijo jadeando—. C ada gota.
Saliéndose de pronto, me dio la v uelta, me puso boca abajo y me
lev antó la cadera. Yo me agarré al cabecero de la cama apretando mi cara
húmeda contra la almohada. Esperé a que él se metiera en mí y me
estremecí cuando sentí su aliento contra mis nalgas. Después, di una fuerte
sacudida al notar que lamía la costura de mi culo. Me lamió con la punta de
la lengua estimulando la arrugada abertura de mi ano.
Un sonido entrecortado salió de mi cuerpo. No practico sexo anal, Ev a.
El apretado anillo del músculo se flexionó al recordar sus palabras,
reaccionando sin poder contenerse al delicado rev oloteo. En nuestra cama
no había nada más aparte de nosotros. Nada podía afectarnos cuando nos
estábamos tocando.
Gideon apretó mis dos nalgas entre sus manos, inmov ilizándome en ese
mismo momento. Yo me abrí en dos para él en todos los sentidos,
completamente expuesta a su beso exuberante y oscuro.
—¡A h! —Todo el cuerpo se puso en tensión. Tenía la lengua dentro de
mí, clav ándomela. Mi cuerpo empezó a temblar con aquella sensación,
apretando los dedos de los pies y expandiendo y contray endo mis
pulmones mientras él me poseía sin pudor ni reserv a—. A h... Dios.
Me acerqué a su boca y me entregué a él. La afinidad que había entre los
dos era brutal y salv aje, casi insoportable. Sentí cómo su deseo me
abrasaba, la piel se me v olv ía febril y el pecho me daba sacudidas con
sollozos que no podía controlar.
Metió la mano por debajo de mí y apretó los dedos contra mi dolorido
clítoris, frotándolo y masajeándolo. Su lengua me estaba v olv iendo loca. El
orgasmo que se estaba formando dentro de mí lo alentó el hecho de saber
que él y a no v eía barreras en mi cuerpo. Haría lo que quisiera... poseerlo,
usarlo, disfrutarlo. Enterré la cara en la almohada y grité al correrme, con
un éxtasis tan salv aje que mis piernas se rindieron y y o caí sobre el
colchón.
Gideon se deslizó sobre mi espalda, empujando con su rodilla para que
abriera las piernas y cubriendo mi cuerpo con el suy o resbaladizo por el
sudor. Me montó metiendo la polla dentro de mí, entrelazando sus dedos
con los míos y clav ando mis manos a la cama. Yo estaba llena de él, que se
mecía sobre mí y se deslizaba hacia dentro y hacia fuera.
—Te necesito desesperadamente —dijo con v oz ronca—. Soy un
desgraciado sin ti.
Yo me puse en tensión.
—No te burles de mí.
—Yo te necesito igual. —A carició mi pelo con su nariz mientras me follaba
despacio y tranquilo—. Estoy igual de obsesionado. ¿Por qué no confías
en mí?
C erré los ojos con fuerza y unas cálidas lágrimas empezaron a brotar de
ellos.
—No te comprendo. Me estás destrozando.
Giró la cabeza y me clav ó los dientes en el hombro. Un gruñido de dolor
retumbó en mi pecho y sentí que se corría, dando sacudidas con su polla
mientras bombeaba dentro de mí y me llenaba de un semen abrasador.
Relajó la mandíbula y me soltó. Jadeó y siguió agitando la cadera.
—Tu carta me ha destrozado.
—No quieres hablar conmigo... No quieres escucharme...
—No puedo —se quejó, apretando los brazos alrededor de mi cuerpo de
forma que quedaba completamente a su merced—. Es que... tiene que ser
así.—
Yo no puedo v iv ir así, Gideon.
—Yo también estoy sufriendo, Ev a. A mí también me está matando esto.
¿No lo v es?
—No —grité, mientras la almohada se iba mojando bajo mi mejilla.
—¡Entonces deja de darle tantas v ueltas y siéntelo! ¡Siénteme!
La noche pasó en una nube borrosa. Yo le castigué con manos y dientes
codiciosos, pasando las uñas por su piel y sus músculos sudorosos hasta
que soltó un bufido de dolor placentero.
Su deseo era frenético e insaciable, con un matiz de desesperación que
me asustaba porque parecía desesperado. Lo sentí como una despedida.
—Necesito tu amor —susurró contra mi piel—. Te necesito.
Me acariciaba todo el cuerpo. Entraba constantemente en mí con su
polla, sus dedos o su lengua.
Los pezones me ardían, abiertos de tanto chupar. El sexo me latía con
fuerza y lo sentía magullado por sus salv ajes y fuertes embestidas. Tenía la
piel irritada por la barba de tres días que asomaba en su mandíbula. La mía
me dolía de chupar su gruesa polla. Mi último recuerdo era de él abrazado
a mi espalda, con el brazo sobre mi cintura mientras me llenaba por detrás,
los dos doloridos, agotados e incapaces de parar.
—No me dejes —supliqué tras jurarle que y o no lo haría.
C uando me desperté, v i alarmada que se había ido.

15
Me detuv e junto a la habitación de C ary antes de salir para el trabajo el
juev es por la mañana. A brí la puerta y asomé la cabeza. C uando v i que
estaba dormido, me dispuse a salir.
—Hola —murmuró parpadeando.
—Hola. —Entré—. ¿C ómo estás?
—C ontento de estar en casa. —Se tocó el rabillo de los ojos—. ¿Va todo
bien?
—Sí... Sólo quería v erte antes de irme a trabajar. Volv eré sobre las ocho.
C ompraré algo de cenar cuando v enga de camino, así que espero un
mensaje tuy o a eso de las siete diciendo qué te apetece... —Me interrumpí
con un bostezo.
—¿Qué tipo de v itaminas toma C ross?
—¿C ómo?
—Yo siempre estoy cachondo, pero aun así no puedo estar clav ándola
de esa forma toda la noche. Pensaba todo el rato: «A hora sí que ha
terminado». Y entonces, empezaba otra v ez.
Me ruboricé y cambié el peso de un pie a otro.
Se rio a carcajadas.
—A quí está oscuro, pero sé que te has puesto colorada.
—Deberías haberte puesto los auriculares —farfullé.
—No te preocupes por eso. Me alegra saber que mi equipo sigue
funcionando. No se me había puesto dura desde antes del asalto.
—No seas asqueroso, C ary. —Me dispuse a salir de la habitación—. Mi
padre v iene esta noche. Prácticamente mañana. Su v uelo aterriza a las
cinco.
—¿Vas a recogerle?
—C laro.
Su sonrisa desapareció.
—Vas a matarte como sigas así. No has dormido en toda la semana.
—Ya lo recuperaré. Hasta luego.
—Oy e, ¿lo de anoche significa que tú y C ross v olv éis a estar bien?
Me apoy é en el quicio de la puerta con un suspiro.
—Hay algo que v a mal y no quiere contármelo. Le escribí una carta
v omitándole prácticamente todas mis inseguridades y neuras.
Nunca pongas cosas así por escrito, nena.
—Sí, en fin... Lo único que he conseguido ha sido que me folle hasta casi
morirme sin saber nada más de cuál es el problema. Ha dicho que tiene que
ser así. Ni siquiera sé qué significa eso.
A sintió.
—Parece que tú sí lo entiendes.
—C reo que entiendo lo del sexo.
Eso hizo que me recorriera un escalofrío por la espalda.
—¿Sexo para desahogarse?
—Es posible —asintió suav emente.
C erré los ojos y dejé que aquella confirmación no me afectara.
Entonces, me incorporé.
—Tengo que irme. Hablamos luego.
Lo malo de las pesadillas es que una no puede prepararse para ellas.
A parecen de repente, cuando eres más v ulnerable, prov ocando estragos y
caos cuando estás completamente indefensa.
Y no siempre suceden cuando estás durmiendo.
Yo estaba sentada, aturdida y angustiada mientras Mark y el señor
Waters repasaban los detalles de los anuncios del v odk a Kingsman,
dolorosamente consciente de que Gideon estaba presidiendo la mesa
v estido con un traje negro, camisa blanca y corbata.
Me había ignorado deliberadamente desde el momento en que entré en
la sala de conferencias de C ross Industries, aparte de un rápido apretón de
manos cuando el señor Waters nos presentó. A quella brev e caricia de su
piel contra la mía había prov ocado una descarga por todo mi cuerpo, que
inmediatamente lo reconoció como la persona que le había dado placer
durante toda la noche. Gideon no pareció detectar ese contacto en
absoluto, dirigiendo la mirada por encima de mi cabeza cuando dijo:
«Señorita Tramell».
El contraste con la última v ez que habíamos estado en aquella sala era
enorme. En aquella ocasión no había sido capaz de apartar los ojos de mí.
Su mirada había sido abrasadora y descarada y cuando salimos de la
habitación, me dijo que quería follarme y que eliminaría cualquier cosa que
se interpusiera en su camino impidiéndole hacerlo.
Esta v ez, se puso de pie de repente cuando terminó la reunión, dio un
apretón de manos a Mark y al señor Waters y salió por la puerta
dedicándome una brev e e indescifrable mirada. Sus dos directoras salieron
a toda prisa detrás de él, las dos morenas y atractiv as.
Mark me dirigió una mirada inquisitiv a desde el otro lado de la mesa. Yo
negué con la cabeza.
Volv í a mi escritorio. Trabajé aplicadamente el resto del día. Durante mi
descanso para almorzar, me quedé en la oficina y busqué cosas que podía
hacer con mi padre. Me decidí por tres posibilidades: el edificio del Empire
State, la Estatua de la Libertad y un espectáculo de Broadway, reserv ando
la excursión a la Estatua de la Libertad por si tenía v erdadero interés en ir.
Imaginé que también podíamos saltarnos el tray ecto en ferry y
simplemente v erla desde la orilla. Su estancia en la ciudad iba a ser corta y
no quería sobrecargarle teniendo que correr de un lado a otro.
En mi último descanso del día, llamé al despacho de Gideon.
—Hola, Scott —dije saludando a su secretario—. ¿Sería posible hablar
con tu jefe rápidamente?
—Espera un momento. Voy a v er.
C asi esperaba que rechazara mi llamada, pero un par de minutos
después, me pasó.
—¿Sí, Ev a?
Dediqué el tiempo que dura un latido del corazón para saborear el
sonido de su v oz.
—Siento molestarte. Probablemente sea una pregunta estúpida,
considerando cómo están las cosas, pero... ¿v as a v enir a cenar mañana
para conocer a mi padre?
—A llí estaré —contestó con aspereza.
—¿Vas a llev ar a Ireland? —Me sorprendió que la v oz no me temblara,
teniendo en cuenta el abrumador aliv io que sentí.
Hubo una pausa.
—Sí —dijo después.
—Vale.
—Hoy tengo una reunión hasta tarde, así que tendré que v erte en la
consulta del doctor Petersen. A ngus te llev ará. Yo iré en taxi.
—De acuerdo. —Me dejé caer en la silla sintiendo un destello de
esperanza. Que quisiera continuar con la terapia y conocer a mi padre no
podían ser más que señales positiv as. Gideon y y o estábamos peleados.
Pero él no se había rendido aún—. Te v eo allí.
A ngus me dejó en la puerta de la consulta del doctor Petersen a las seis
menos cuarto. Entré y el doctor Petersen me saludó con la mano a trav és
de la puerta abierta de su consulta, lev antándose de la silla de detrás de su
mesa para estrecharme la mano.
—¿C ómo estás, Ev a?
—He estado mejor.
Recorrió mi rostro con sus ojos.
—Pareces cansada.
—Eso me dice todo el mundo —contesté con frialdad.
Miró por detrás de mí.
—¿Dónde está Gideon?
—Tenía una reunión a última hora, así que hemos v enido por separado.
—De acuerdo. —Señaló el sofá—. Ésta es una buena ocasión para que
podamos hablar a solas. ¿Hay algo en particular de lo que te gustaría
hablar antes de que llegue?
Me acomodé en el sofá y le conté todo al doctor Petersen: el marav illoso
v iaje a las Outer Bank s y, después, la extraña e inexplicable semana que
habíamos tenido desde entonces.
—Simplemente no lo comprendo. C reo que tiene problemas, pero no
puedo conseguir que me cuente nada. Me ha aislado por completo
emocionalmente. La v erdad es que empieza a hacerme daño. También me
preocupa que su cambio de comportamiento se deba a C orinne. C ada v ez
que nos damos contra uno de estos muros es por ella.
Me miré los dedos, que estaban retorcidos entre sí. Me recordó a la
costumbre de mi madre de retorcer el pañuelo y me obligué a relajar las
manos.
—Es como si ejerciera algún control sobre él y Gideon no pudiese
liberarse de ello, por mucho amor que sienta por mí.
El doctor Petersen lev antó la v ista de sus notas y me observ ó.
—¿Te dijo que no iba a asistir a su cita del martes?
—No. —A quella noticia supuso un mazazo—. No me dijo nada.
—Tampoco me lo dijo a mí. No me parece un comportamiento propio de
él, ¿v erdad?
Negué con la cabeza.
El doctor Petersen cruzó las manos sobre su regazo.
—A v eces, uno de v osotros, o los dos, podéis retroceder un poco. Eso
es de esperar, teniendo en cuenta la naturaleza de v uestra relación. No
sólo estáis trabajando en v uestra relación, sino también como personas
indiv iduales para poder formar una pareja.
—Pero y o no puedo seguir con esto. —Respiré hondo—. No puedo
seguir con esta dinámica de sube y baja. Me está v olv iendo loca. La carta
que le env ié... Fue terrible. Todo lo que había en ella era cierto, pero
terrible. Hemos pasado unos momentos realmente bonitos juntos. Me dijo
que...
Tuv e que parar un momento y, cuando continué, mi v oz sonó
entrecortada.
—Me dijo cosas marav illosas. No quiero perder esos recuerdos bajo
otros más feos. Sigo pensándome si debería dejarlo mientras pueda, pero
estoy resistiendo porque le prometí a él... y a mí misma... que no huiría
más. Que iba a clav ar mis pies en el suelo y que iba a luchar por esto.
—¿Eso es algo en lo que sigues trabajando?
—Sí, así es. Y no es fácil. Porque algunas de las cosas que hace... Yo
reacciono de formas que he aprendido a ev itar. ¡Para no perder el juicio!
Hay un momento en el que hay que saber decir que has hecho todo lo
que has podido pero que no ha funcionado, ¿no es así?
El doctor Petersen tenía la cabeza ladeada.
—Y si no, ¿qué es lo peor que puede pasar?
—¿Me lo pregunta a mí?
—Sí. El peor de los casos.
—Pues... —extendí los dedos sobre mis piernas—, que él se distancie de
mí, que eso prov oque que y o me enganche aún más y pierda toda la
autoestima. Y que terminemos v olv iendo él a su v ida tal y como era antes y
y o v olv iendo a someterme a terapia para tratar de recuperar el juicio.
Él seguía mirándome y había algo en su paciente atención que hacía que
continuara hablando.
—Temo que no me deje marchar cuando llegue el momento y que y o
no sepa cómo hacerlo, que siga enganchada a ese barco que se hunde y
termine hundiéndome con él. Simplemente desearía poder confiar en que
él le pondrá fin, si llega el momento.
—¿C rees que tiene que ser así?
—No lo sé. Puede. —A parté la mirada del reloj de la pared—. Pero
considerando que son casi las siete y que nos ha dejado plantados a los
dos, parece probable.
Me pareció una locura que no me sorprendiera v er el Bentley esperando
en la puerta de mi apartamento a las cinco menos cuarto de la mañana. El
conductor que apareció de detrás del v olante cuando y o salí no me era
familiar. Era mucho más jov en que A ngus; imaginé que tendría treinta y
pocos años. Parecía latino, con un tono de caramelo en la piel, y pelo y
ojos oscuros.
—Gracias —le dije cuando dio la v uelta por la parte delantera del
v ehículo—, pero v oy a coger un taxi.
A l oír aquello, el portero de noche de mi edificio salió a la calle para
llamar a uno.
—El señor C ross me ha dicho que debo llev arla al aeropuerto de La
Guardia —dijo el conductor.
—Puede decirle al señor C ross que no v oy a necesitar su serv icio de
transporte ni ahora ni en el futuro. —Me acerqué al taxi que el portero
había detenido, pero me detuv e y me di la v uelta—. Y dígale también que
se v ay a a la mierda.
Entré en el taxi y me acomodé mientras se ponía en marcha.
A dmito que no soy muy imparcial cuando digo que mi padre destaca entre
la multitud, pero eso no hace que sea menos cierto.
C uando salió de la zona de seguridad, Victor Rey es llamó la atención.
Medía más de un metro ochenta, estaba en forma, era corpulento y tenía la
presencia autoritaria de alguien que llev a una placa de policía. Su mirada
rastreó la zona más próxima que le rodeaba, comportándose siempre como
un policía incluso cuando no estaba de serv icio. Llev aba un bolso de v iaje
colgado al hombro y v estía v aqueros azules con camisa negra. Tenía el
pelo oscuro y ondulado y ojos tormentosos y grises, como los míos.
Estaba realmente atractiv o con su aire taciturno y peligroso de chico malo
y traté de imaginarlo junto a la frágil y altiv a belleza de mi madre. Nunca
los había v isto juntos, ni siquiera en fotos, y lo cierto es que deseaba
hacerlo. A unque sólo fuera una v ez.
—¡Papá! —grité mov iendo la mano en el aire.
Su rostro se iluminó al v erme y en su boca se dibujó una amplia sonrisa.
—A quí está mi chica. —Me cogió con un abrazo y me lev antó los pies del
suelo—. Te he echado muchísimo de menos.
Empecé a llorar. No podía ev itarlo. Estar de nuev o con él era y a la última
gota que colmaba el v aso de mi estado emocional.
—Oy e. —Me balanceó—. ¿A qué v ienen esas lágrimas?
A preté los brazos alrededor de su cuello, agradecida por tenerlo
conmigo, sabiendo que los demás problemas de mi v ida quedarían a un
lado mientras él estuv iera cerca.
—Yo también te he echado muchísimo de menos —di je sorbiéndome la
nariz.
C ogimos un taxi de v uelta a mi casa. Durante el camino, mi padre me
hizo las mismas preguntas sobre el ataque a C ary que me había hecho la
policía en el hospital. Traté de tenerlo distraído con esa conv ersación
cuando nos detuv imos en la puerta de mi edificio, pero no funcionó.
Los ojos de lince de mi padre miraron el saliente moderno de cristal
anexo a la fachada de ladrillo del edificio. Se quedó mirando al portero,
Paul, quien se tocó la v isera de su gorro y nos abrió la puerta. Observ ó la
recepción y a la conserje y se meció en sus tacones mientras esperábamos
al ascensor.
No dijo nada y mantuv o el rostro impasible, pero y o sabía que estaba
pensando en lo mucho que debía costar mi alojamiento en una ciudad
como Nuev a York . C uando le enseñé el interior del apartamento, echó un
v istazo a toda la casa. Las grandes v entanas tenían una sensacional v ista de
la ciudad y la telev isión de pantalla plana que estaba anclada a la pared era
sólo uno de los muchos aparatos de primera calidad que había a la v ista.
Él sabía que y o no me podía permitir esa casa por mí misma. Sabía que el
marido de mi madre corría con gastos míos que él nunca podría costear. Y
me pregunté si pensaba en mi madre y en que lo que ella necesitaba
quedaba más allá de sus posibilidades.
—La seguridad aquí es muy estricta —le expliqué—. Es imposible pasar la
recepción si no estás en la lista y no puede responder un v ecino por ti.
Mi padre dejó escapar un suspiro.
—Eso está bien.
—Sí. No creo que mamá pudiera dormir por las noches de no ser así.
Eso hizo que desapareciera algo de tensión de sus hombros.
—Deja que te enseñe tu habitación. —Le conduje por el pasillo hasta la
habitación de inv itados. Tenía su propio baño y un minibar con frigorífico.
Vi que se fijaba en esas cosas antes de dejar su bolsa de v iaje en la enorme
cama—. ¿Estás cansado?
Me miró.
—Sé que tú sí lo estás. Y hoy tienes que trabajar, ¿no? ¿Por qué no
dormimos un poco antes de que te tengas que ir?
C ontuv e un bostezo, sabiendo que podía utilizar esas dos horas para
descansar.
—Suena bien.
—Despiértame cuando te lev antes —dijo echando los hombros hacia
atrás—. Te prepararé el café mientras te arreglas.
—Estupendo. —La v oz me salió ronca al tratar de aguantar las lágrimas.
Gideon tenía casi siempre café esperándome los días en que se quedaba a
pasar la noche, porque se lev antaba antes que y o. Echaba de menos ese
ritual nuestro.
De algún modo, tendría que aprender a v iv ir sin ello.
Me puse de puntillas y besé a mi padre en la mejilla.
—Estoy muy contenta de que estés aquí, papá.
C erré los ojos y me apreté a él cuando me abrazó.
Salí del pequeño mercado con las bolsas de comida para la cena y fruncí el
ceño al v er a A ngus parado en el bordillo. Había rechazado que me
llev aran por la mañana y, de nuev o, cuando salí del edificio C rossfire, pero
continuaba siguiéndome como una sombra. Era ridículo. No pude ev itar
preguntarme si Gideon y a no me quería como nov ia, pero que su
neurótico deseo de mi cuerpo implicaba que no quería que me tuv iera
nadie más, es decir, Brett.
De camino a casa, me entretuv e pensando qué pasaría si inv itaba a Brett
a cenar, imaginándome a A ngus teniendo que hacer esa llamada a Gideon
cuando Brett entrara en mi casa. No fue más que una rápida fantasía
v engativ a, puesto que no quería dar a Brett falsas esperanzas y, de todas
formas, estaba en Florida, pero con eso me bastó.
Dejé todas las cosas de la cena en la cocina y, a continuación, fui a v er a
mi padre. Estaba en la habitación de C ary entretenido con un v ideojuego.
C ary manejaba un mando con una mano, pues la otra la tenía escay olada.
—¡Vay a! —gritó mi padre—. ¡Toma!
—Debería darte v ergüenza —le espetó C ary—, aprov echándote de un
inv álido.
—Oh, qué pena me das.
C ary me v io en la puerta y me guiñó un ojo. Le quise tanto en ese
momento que no pude ev itar acercarme a él y darle un beso en su
magullada frente.
—Gracias —susurré.
—Dame las gracias con una cena. Estoy hambriento.
Me incorporé.
—He traído ingredientes para hacer enchiladas.
Mi padre me miró, sonriendo, porque sabía que necesitaría su ay uda.
—¿Sí?
—C uando hay as terminado —le dije—. Voy a darme una ducha.
C uarenta y cinco minutos después, mi padre y y o estábamos en la
cocina enrollando queso y pollo, que había comprado y a asado —mi
pequeña trampa para ahorrar tiempo—, en tortillas de maíz empapadas en
manteca. En el salón, el reproductor de C D pasó al siguiente disco y la
enternecedora v oz de Van Morrison sonó a trav és de los altav oces de
sonido env olv ente.
—¡Oh, sí! —exclamó mi padre agarrándome de la mano y apartándome
de la barra—. Ta-ri-rá, ta-ri-rá, moondance —cantó con su profunda v oz
de barítono, dándome la v uelta.
Yo me reí, encantada.
C olocando la parte posterior de la mano sobre mi espalda para no
tocarme con los dedos grasientos, me hizo bailar alrededor de la isla de la
cocina mientras los dos cantábamos la canción y nos reíamos. Estábamos
en nuestro segundo giro cuando me di cuenta de que había dos personas
de pie junto al mostrador de desay uno.
Mi sonrisa desapareció y tropecé, obligando a que mi padre me cogiera.
—Qué mal bailas —se mofó con sus ojos fijos sólo en mí.
—Ev a baila de marav illa —interv ino Gideon, con esa máscara implacable
en su rostro que y o tanto detestaba.
Mi padre se giró y su sonrisa también desapareció.
Gideon rodeó la barra y entró en la cocina. Se había v estido para la
ocasión, con unos v aqueros y una camiseta del equipo de los Yank ees.
Una elección apropiada e informal y un buen comienzo de conv ersación,
pues mi padre era un acérrimo admirador del equipo de los Padres de San
Diego.
—No me había dado cuenta de que también es buena cantando. Soy
Gideon C ross —se presentó con la mano extendida.
—Victor Rey es. —Mi padre le enseñó los dedos grasientos—. Estoy un
poco sucio.
—No importa.
Encogiéndose de hombros, mi padre le estrechó la mano y lo examinó.
Yo les lancé un paño a los dos y me acerqué a Ireland, que estaba
resplandeciente. Sus ojos azules brillaban y tenía las mejillas enrojecidas de
placer.
—Me alegra mucho que hay as podido v enir —le dije abrazándola con
cuidado—. ¡Estás preciosa!
—¡Tú también!
Era mentira, pero lo agradecí igualmente. No me había hecho nada en la
cara ni en el pelo después de la ducha porque sabía que a mi padre no le
importaría y no esperaba que apareciera Gideon. A l fin y al cabo, la última
v ez que había tenido noticias suy as había sido cuando dijo que me v ería
en la consulta del doctor Petersen.
Ireland miró al mostrador donde y o lo había dispuesto todo.
—¿Puedo ay udar?
—C laro. Pero no te pongas a contar calorías o la cabeza te explotará. —
Le presenté a mi padre, que fue mucho más cálido con ella de lo que había
sido con Gideon, y después la llev é al fregadero para que se lav ara.
De inmediato, la puse a ay udarme a enrollar las últimas enchiladas
mientras mi padre metía en el frigorífico las y a frías cerv ezas Dos Equis que
había traído Gideon. Ni siquiera me molesté en preguntarme cómo sabía
Gideon que iba a preparar comida mexicana para la cena. Sólo quería
saber por qué había dedicado su tiempo a saberlo cuando estaba muy
claro que tenía otras cosas que hacer, como dejar plantadas a sus citas.
Mi padre fue a su habitación para lav arse. Gideon se acercó a mí por
detrás y me puso las manos en la cintura, rozando sus labios contra mi
sien.
—Ev a.
Yo me contuv e ante el deseo casi irresistible de dejarme caer sobre él.
—No —susurré—. Prefiero que no finjamos.
Me despeinó al dejar escapar el aire con fuerza. Sus dedos apretaron mi
cintura masajeándola durante un momento. Entonces noté que su teléfono
v ibraba, me soltó y se retiró para mirar la pantalla.
—Perdona —dijo con brusquedad y salió de la cocina antes de
contestar.
Ireland se acercó sigilosamente y susurró. —Gracias. Sé que has sido tú
quien le ha obligado a
que me trajera. Yo conseguí mirarla con una sonrisa. —Nadie puede
obligar a Gideon a que haga nada si
él no quiere.
—Tú sí. —Zarandeó la cabeza echándose por encima del hombro su pelo
moreno, lacio, que le llegaba hasta la cintura—. No le has v isto cómo te
miraba mientras bailabas con tu padre. Le brillaban los ojos. C reía que iba a
llorar. Y mientras subíamos en el ascensor, ha tratado de disimularlo, pero
estoy completamente segura de que estaba nerv ioso.
Bajé la mirada hacia la lata de salsa de enchilada que tenía en las manos,
sintiendo que el corazón se me partía un poco más.
—Estás enfadada con él, ¿v erdad? —preguntó Ire
land. Me aclaré la garganta. —A lgunas personas es mejor que sean sólo
amigas. —Pero tú dijiste que le querías. —Eso no siempre es suficiente. —
Me di la v uelta
para coger el abrelatas y v i a Gideon en el otro lado de la isla,
mirándome. Me quedé petrificada. Se retorció un músculo de su mandíbula
antes de que
lo relajara. —¿Quieres una cerv eza? —preguntó en tono brusco. A sentí.
También me habría v enido bien un chupito.
Quizá unos cuantos. —¿Quieres v aso? —No.
Miró a Ireland.
—¿Tienes sed? Hay soda, agua, leche...
—¿Y una de esas cerv ezas? —respondió, lanzándole una encantadora
sonrisa.
—En otra ocasión —contestó él con ironía.
Observ é a Ireland y noté cómo relucía cuando Gideon la miraba. No
podía creerme que él no v iera el cariño que le tenía su hermana. Quizá
ahora se basara en cosas superficiales, pero estaba ahí y, con un poco de
estímulo, iría a más. Esperaba que él se esforzara en conseguirlo.
C uando Gideon me pasó la cerv eza fría, sus dedos acariciaron los míos.
Los mantuv o ahí un momento mirándome a los ojos. Yo sabía que estaba
pensando en la otra noche.
A hora me parecía un sueño, como si su v isita no hubiese ocurrido
nunca en realidad. C asi me creí que me la había inv entado en un delirio
desesperado, tan deseosa de sus caricias y de su amor que no pude pasar
un minuto más sin darle a mi mente un aliv io de tanta locura de deseo y
ansia. Si no fuese por el ligero dolor que aún sentía dentro de mí, no sabría
distinguir entre lo real y una simple y falsa esperanza.
C ogí la cerv eza de sus manos y me di la v uelta. No quería decir que
habíamos terminado, pero ahora estaba claro que necesitábamos un
descanso el uno del otro. Gideon tenía que saber qué estaba haciendo,
qué buscaba y si y o podía ocupar un lugar importante en su v ida porque
este v iaje en montaña rusa en el que nos encontrábamos iba a terminar
destrozándome y y o no podía dejar que eso ocurriera. No lo haría.
—¿Puedo ay udar en algo? —preguntó.
Le respondí sin mirarle, porque hacerlo era demasiado doloroso.
—¿Puedes v er si podemos traer a C ary aquí? Tiene una silla de ruedas.
—De acuerdo.
Salió de la habitación y , de repente, pude respirar tranquila.
Ireland se me acercó enseguida.
—¿Qué le ha pasado a C ary ?
—Te lo contaré mientras ponemos la mesa.
Me sorprendió v er que podía comer. C reo que estaba demasiado fascinada
por el silencioso enfrentamiento entre mi padre y Gideon como para darme
cuenta de que me estaba metiendo comida en la boca. En un extremo de la
mesa, C ary cautiv aba a Ireland a base de carcajadas que me hicieron
sonreír. En el otro extremo, mi padre presidía la mesa, Gideon estaba
sentado a su izquierda y y o a su derecha.
Estaban hablando. La conv ersación había empezado con el béisbol, tal y
como y o esperaba, y luego pasó al golf. Desde fuera, los dos hombres
parecían relajados, pero la atmósfera que había entre ambos estaba muy
cargada. Noté que Gideon no se había puesto su reloj caro. Había
planeado cuidadosamente tener una apariencia lo más «normal» posible.
Pero nada de lo que Gideon hiciera por fuera podría cambiar quién era
por dentro. Era imposible ocultar lo que era —un macho dominante, un
magnate de los negocios, un hombre priv ilegiado—. Se v eía en cada gesto
suy o, en cada palabra que decía, en cada mirada.
A sí pues, él y mi padre estaban dispuestos a luchar por saber quién era
el macho alfa y sospeché que mi suerte pendía de un hilo, como si mi v ida
estuv iera en las manos de cualquiera excepto en las mías.
A un así, comprendí que a mi padre sólo se le había permitido en realidad
ser un padre en los últimos cuatro años y no estaba dispuesto a rendirse.
Sin embargo, Gideon estaba compitiendo por un puesto que y o y a no
estaba dispuesta a concederle.
Pero llev aba el anillo que y o le había regalado. Traté de no sacar
ninguna conclusión, pero quería tener esperanzas. Quería creer.
Todos terminamos el primer plato y me estaba poniendo de pie para
despejar la mesa para el postre cuando sonó el portero automático.
Respondí.
—¿Ev a? Están aquí los detectiv es Grav es y Michna del Departamento de
Policía de Nuev a York —me informó la chica de recepción.
Miré a C ary, preguntándome si la policía habría descubierto quién le
había atacado. Di permiso para que subieran y v olv í corriendo a la mesa.
C ary me miró sorprendido, curioso.
—Es la policía —les expliqué—. Quizá traigan noticias.
La atención de mi padre cambió de inmediato.
—Yo los recibo.
Ireland me ay udó a quitar las cosas. A cabábamos de dejar las copas en
el fregadero cuando sonó el timbre de la puerta. Me sequé las manos con
un trapo de cocina y salí a la sala de estar.
Los dos policías que llegaron no eran los que y o esperaba, porque no se
trataba de los que habían interrogado a C ary en el hospital el lunes.
Gideon salió del pasillo metiéndose el teléfono en el bolsillo.
Me pregunté quién estaría llamándolo toda la noche.
—Ev a Tramell —dijo la detectiv e a la v ez que entraba en el apartamento.
Se trataba de una mujer delgada de rostro sev ero y unos ojos azules,
inteligentes y agudos que eran su mejor rasgo. Tenía el pelo castaño y
rizado y llev aba la cara sin maquillar. Vestía pantalones y zapatos planos y
oscuros, una camisa de popelina y una chaqueta ligera que no ocultaba la
placa de policía ni la pistola sujeta al cinturón—. Soy la detectiv e Shelley
Grav es, del Departamento de Policía de Nuev a York . Éste es mi
compañero, el detectiv e Richard Michna. Sentimos molestarla un v iernes
por la noche.
Michna era may or, más alto y corpulento. Tenía el pelo grisáceo por las
sienes y escaso por arriba, y también un rostro duro y unos ojos oscuros
que echaron un v istazo a la habitación mientras Grav es se centraba en mí.
—Hola —los saludé.
Mi padre cerró la puerta y hubo algo en su modo de mov erse o
comportarse que llamó la atención de Michna.
—¿Pertenece al cuerpo?
—En C alifornia —confirmó mi padre—. Estoy v isitando a Ev a, mi hija.
¿De qué se trata?
—Sólo queremos hacerle unas preguntas, señorita Tramell —dijo Grav es.
Miró a Gideon—. Y también a usted, señor C ross.
—¿Tiene esto algo que v er con el ataque que sufrió C ary ? —pregunté.
Lo miró.
—¿Por qué no nos sentamos?
Pasamos todos a la sala de estar, pero sólo Ireland y y o terminamos
tomando asiento. Todos los demás permanecieron de pie, con mi padre
empujando la silla de ruedas de C ary .
—Tiene una bonita casa —observ ó Michna.
—Gracias. —Miré a C ary preguntándome qué demonios estaba pasando.
—¿C uánto tiempo v a a estar en la ciudad? —le preguntó el detectiv e a mi
padre.
—Sólo el fin de semana.
Grav es me sonrió.
—¿Va mucho a C alifornia a v er a su padre?
—Me acabo de mudar desde allí hace un par de meses.
—Yo fui una v ez a Disney landia de pequeña —dijo—. De eso hace
mucho tiempo, claro. He querido v olv er alguna v ez.
Fruncí el ceño sin comprender por qué estábamos hablando de esas
tonterías.
—Sólo necesitamos hacerle un par de preguntas —interv ino Michna,
sacando un cuaderno del bolsillo interior de su chaqueta—. No queremos
entretenerlos más tiempo del necesario.
Grav es asintió con sus ojos aún puestos en mí.
—¿Puede decirnos si conoce a un hombre llamado Nathan Bark er,
señorita Tramell?
La habitación empezó a dar v ueltas. C ary maldijo y se puso de pie
tambaleándose, dando unos cuantos pasos hasta llegar al asiento que había
a mi lado. Me agarró de la mano.
—¿Señorita Tramell? —Grav es se sentó en el otro extremo del sofá.
—Es su antiguo hermanastro —contestó C ary bruscamente—. ¿Qué es
todo esto?
—¿C uándo fue la última v ez que v io a Bark er? —preguntó Michna.
En un tribunal... Traté de tragar saliv a, pero tenía la boca seca como el
serrín.
—Hace ocho años —continué con v oz ronca.
—¿Sabía usted que estaba aquí, en Nuev a York ?
Dios mío. Negué mov iendo la cabeza con fuerza.
—¿A dónde quiere llegar? —preguntó mi padre.
Miré con desesperación a C ary y, después, a Gideon. Mi padre no sabía
lo de Nathan. Y y o no quería que lo supiese.
C ary me apretó la mano. Gideon ni siquiera me miraba.
—Señor C ross —dijo Grav es—, ¿y usted?
—¿Yo, qué?
—¿C onoce a Nathan Bark er?
Supliqué con los ojos a Gideon que no dijera nada delante de mi padre,
pero no miró ni una sola v ez hacia donde y o estaba.
—No me haría esa pregunta si no supiese y a la respuesta —contestó.
El estómago me dio un v uelco. Una fuerte sacudida me atrav esó el
cuerpo. A un así, Gideon no me miró. Mi cerebro trataba de procesar qué
estaba ocurriendo... qué significaba aquello... qué pasaba...
—¿Hay algún motiv o para estas preguntas? —preguntó mi padre.
La sangre me zumbaba en los oídos. El corazón me latía con algo
parecido al terror. La simple idea de que Nathan estuv iese tan cerca era
suficiente para que me entrara el pánico. Empecé a jadear. La habitación
daba v ueltas ante mis ojos. C reí que me iba a desmay ar.
Grav es me miraba con atención.
—¿Puede decirnos dónde estuv o ay er, señorita Tramell?
—¿Que dónde estuv e? —repetí—. ¿A y er?
—No respondas —me ordenó mi padre—. Esta entrev ista no v a a
continuar hasta que sepamos qué ocurre.
Michna asintió, como si esperase aquella interrupción.
—Han encontrado muerto a Nathan Bark er esta mañana.

16
En cuanto el detectiv e Michna terminó la frase, mi padre acabó con el
interrogatorio.
—Esto se ha acabado —dijo con tono serio—. Si tienen más preguntas
pidan una cita para que mi hija acuda con un abogado.
—¿Y usted, señor C ross? —la mirada de Michna se dirigió a Gideon—.
¿Le importaría decirnos dónde estuv o ay er?
Gideon se mov ió de su posición detrás del sofá.
—¿Por qué no hablamos mientras los acompaño a la puerta?
Yo me quedé mirándolo, pero él siguió sin prestarme atención.
¿Qué más no quería que y o supiera? ¿C uántas cosas me estaba
ocultando?
Ireland entrelazó sus dedos con los míos. C ary estaba sentado a un lado
mío y Ireland al otro, mientras que el hombre al que amaba estaba a v arios
metros de distancia y no me había mirado en casi media hora. Sentí como
si en el estómago se me hubiese instalado una roca fría.
Los detectiv es tomaron nota de mi número de teléfono y, a
continuación, salieron con Gideon. Vi cómo salían a los tres y también
cómo mi padre observ aba a Gideon con una mirada reflexiv a.
—Puede que estuv iese comprándote un anillo de compromiso y no
quiere que le echen por tierra la sorpresa —susurró Ireland.
Le apreté la mano por mostrarse tan dulce y por pensar tan bien de su
hermano. Esperé que él nunca la decepcionara ni la desilusionara del
mismo modo que y o había perdido ahora la ilusión. Si era sincera conmigo
misma, Gideon y y o no éramos nada, no teníamos nada.
¿Por qué no me había hablado de Nathan?
Soltando a C ary y a Ireland, me puse de pie y fui a la cocina. Mi padre
me siguió.
—¿Quieres explicarme qué está pasando? —me preguntó.
—No tengo ni idea. Me acabo de enterar.
A poy ó la cadera en el mostrador y me observ ó.
—¿Qué es lo que pasó entre tú y Nathan Bark er? A l escuchar su nombre
parecía que ibas a desmay arte.
Empecé a enjuagar los platos y a meterlos en el lav av ajillas.
—Era un matón, papá. Eso es todo. No le gustaba que su padre se
hubiese v uelto a casar y, sobre todo, no le gustaba que esa nuev a
madrastra tuv iera una hija.
—¿Por qué iba Gideon a tener nada que v er con él?
—Ésa es una muy buena pregunta. —A garrándome al filo del fregadero,
bajé la cabeza y cerré los ojos. Era eso lo que había abierto una brecha
entre Gideon y y o. Nathan. Lo sabía.
—¿Ev a? —Mi padre colocó las manos sobre mis hombros y masajeó los
duros y doloridos músculos—. ¿Estás bien?
—Yo... estoy cansada. No he dormido bien últimamente. —C orté el agua
y dejé el resto de los platos donde estaban. Fui al armario donde guardaba
las v itaminas y los medicamentos sin receta y saqué dos analgésicos para la
noche. Quería dormir profundamente y sin sueños. Lo necesitaba, para
poder despertarme en un buen estado para decidir qué tenía que hacer.
Miré a mi padre.
—¿Puedes ocuparte de Ireland hasta que v uelv a Gideon?
—Desde luego. —Me besó en la frente—. Hablaremos por la mañana.
Ireland me encontró antes de que y o la v iera a ella.
—¿Estás bien? —me preguntó entrando en la cocina.
—Voy a acostarme, si no te importa. Sé que es una grosería.
—No, no te preocupes.
—De v erdad, lo siento. —La acerqué para darle un abrazo—.
Repetiremos esto. ¿Qué te parece un día de chicas en un spa o de
compras?
—C laro. ¿Me llamarás?
—Lo haré. —La solté y atrav esé la sala de estar para ir hacia el pasillo.
Se abrió la puerta de la calle y entró Gideon. Nuestras miradas se
cruzaron y se mantuv ieron así durante un rato. No podía leer nada en sus
ojos. A parté la mirada, fui a mi cuarto y cerré la puerta con pestillo.
Me lev anté a las nuev e de la mañana siguiente, aturdida y de mal humor
pero y a no tan terriblemente cansada. Sabía que tenía que llamar a Stanton
y a mi madre, pero primero necesitaba cafeína.
Me lav é la cara, me cepillé los dientes y salí arrastrando los pies hacia la
sala de estar. C asi había llegado a la cocina —el origen del delicioso olor a
café— cuando sonó el timbre de la puerta. El corazón me dio un v uelco.
No podía ev itar esa reacción instintiv a al pensar en Gideon, que era una de
las tres personas que tenían mi permiso en la recepción para pasar.
Pero cuando abrí la puerta, era mi madre. Esperé no parecer demasiado
decepcionada aunque, de todos modos, creo que no se dio cuenta. Pasó
por mi lado con un v estido v erde agua que parecía pintado y que ella lucía
como muy pocas mujeres podrían hacerlo, consiguiendo de algún modo
que pareciera seductor y elegante y también apropiado para su edad.
Desde luego, parecía lo suficientemente jov en como para ser mi hermana.
Echó un v istazo a mi cómodo pantalón de chándal de la Univ ersidad de
San Diego y a la camiseta que llev aba antes de decir:
—Dios mío, Ev a, no tienes ni idea...
—Nathan ha muerto. —C erré la puerta y miré nerv iosa por el pasillo en
dirección a la habitación de inv itados, rezando porque mi padre estuv iera
aún con el horario de la costa oeste y siguiera durmiendo.
—A h. —Se giró para mirarme y por primera v ez me gustó su mirada.
Tenía los labios apretados por la preocupación y una mirada de angustia—.
¿Ha v enido y a la policía? A caban de salir de nuestra casa.
—Estuv ieron aquí anoche. —Fui hacia la cocina y directa a la cafetera.
—¿Por qué no nos llamaste? Deberíamos haber estado contigo. Debías
haber av isado a un abogado, al menos.
—Fue una v isita muy rápida, mamá. ¿Quieres un poco? —dije
sosteniendo la jarra.
—No, gracias. No deberías beber tanto de eso. No es bueno para ti.
Volv í a soltarla y abrí el frigorífico.
—Dios santo, Ev a —murmuró mi madre observ ándome—. ¿Te das
cuenta de la cantidad de calorías que tiene la leche con nata?
Dejé una botella de agua delante de ella y me di la v uelta para aclarar el
café.
—Estuv ieron aquí unos treinta minutos y después se fueron. No les dije
nada aparte de que Nathan había sido mi hermanastro y que no le había
v isto desde hacía ocho años.
—Gracias a Dios que no dijiste nada más. —A brió la botella.
Yo cogí una taza.
—Vamos a la sala de estar de mi dormitorio.
—¿Qué? ¿Por qué? Tú nunca te sientas allí.
Tenía razón, pero y éndonos allí ev itaríamos un encuentro sorpresa entre
mis padres.
—P ero a ti te gusta —contesté. Entramos en la habitación y cerré la
puerta, dejando escapar un suspiro de aliv io.
—Sí que me gusta —dijo mi madre girándose para mirarlo todo.
C laro que le gustaba. La había decorado ella. A mí también me gustaba,
pero en realidad no la utilizaba. Había pensado en conv ertirla en un
dormitorio contiguo para Gideon, pero ahora todo podría cambiar. Se
había apartado de mí, me había ocultado lo de Nathan y la cena con
C orinne. Yo quería una explicación y, dependiendo de cuál fuera,
v olv eríamos a comprometernos para continuar adelante o daríamos los
pasos dolorosos para separarnos.
Mi madre se acomodó elegantemente en el div án y me miró.
—Debes tener mucho cuidado con la policía, Ev a. Si quieren v olv er a
hablar contigo, díselo a Richard para que sus abogados estén presentes.
—¿Por qué? No entiendo por qué debo preocuparme por lo que diga o
no diga. Yo no he hecho nada malo. Ni siquiera sabía que estaba en la
ciudad. —Vi cómo apartaba rápidamente los ojos de mí, y continué
hablando con tono firme—. ¿Qué está pasando, mamá?
Bebió un poco antes de contestar.
—Nathan apareció en el despacho de Richard la semana pasada. Quería
dos millones y medio de dólares.
De repente, sentí un zumbido en los oídos.
—¿Qué?
—Quería dinero —dijo con frialdad—. Mucho dinero.
—¿Por qué demonios iba a pensar que se lo ibais a dar?
—Tiene... tenía fotos, Ev a. —Su labio inferior empezó a temblar—. Y
v ídeos. Tuy os.
—Dios mío. —Dejé a un lado el café con manos temblorosas y me eché
hacia delante colocando la cabeza entre las rodillas—. Dios, v oy a v omitar.
Y Gideon había v isto a Nathan. Lo había confesado cuando respondió a
las preguntas de la policía. Si había v isto las fotografías... se habría
enfadado... y eso explicaría por qué se había distanciado de mí, por qué
estaba tan atormentado cuando v ino a mi cama. Puede que aún me
quisiera, pero quizá no era capaz de v iv ir con las imágenes que ahora
inundaban su cabeza.
Tiene que ser así, me había dicho.
Un sonido terrible salió de mí. Ni siquiera podía imaginar qué era lo que
había grabado Nathan. No quería saberlo.
Estaba claro que Gideon no podía soportar mirarme. C uando me hizo el
amor por última v ez había sido en una absoluta oscuridad, en la que podía
oírme y olerme, pero no v erme.
Reprimí un grito de dolor mordiéndome el brazo.
—¡C ariño, no! —Mi madre cay ó de rodillas delante de mí, haciendo que
me bajara de la silla al suelo para que ella pudiera acunarme—. Ya ha
acabado todo. Está muerto.
Me acurruqué en su regazo, sollozando y dándome cuenta de que
realmente había acabado. Había perdido a Gideon. Se odiaría a sí mismo
por apartarse de mí, pero y o entendía que posiblemente no pudiese
ev itarlo. C uando me mirara ahora le recordaría a su propio pasado cruel,
¿cómo iba a soportar eso Gideon? ¿C ómo iba a soportarlo y o?
Mi madre me acarició el pelo. Noté que ella también lloraba.
—Mi pequeña, estoy aquí. Yo cuidaré de ti. —Me calmaba con v oz
temblorosa.
A l final no me quedaron más lágrimas que llorar. Estaba v acía, pero con
ese v acío llegó una nuev a lucidez. No podía cambiar lo que había
sucedido, pero sí podía hacer lo que fuese necesario para asegurarme de
que ninguno de mis seres queridos sufriera por ello.
Me incorporé y me froté los ojos.
—No deberías hacer eso —me reprendió mi madre—. Si te frotas los ojos
así te saldrán arrugas.
Por algún motiv o, su preocupación por mis futuras patas de gallo me
pareció graciosísimo. Traté de contenerme, pero se me escapó una
carcajada.
—¡Ev a Lauren!
Su indignación me pareció igual de div ertida. Me reí un poco más y, una
v ez que había empezado, no podía parar. Me reí hasta que me dolió la cara
y me caí.
—¡Basta! —exclamó dándome un empujón en el hombro—. No tiene
gracia.
Me reí hasta que conseguí sacar unas cuantas lágrimas más.
—¡Ev a, de v erdad! —Pero estaba empezando a sonreír.
Seguí riéndome hasta que la risa empezó a conv ertirse de nuev o en
sollozos, secos y silenciosos. Oí que mi madre se reía tontamente y, de
algún modo, eso se combinaba a la perfección con mi incontrolable dolor.
No podía explicarlo, pero al sentirme tan mal y desesperada, la presencia
de mi madre, con todas sus pequeñas rarezas y amonestaciones que me
v olv ían loca, era justo lo que necesitaba.
Llev ándome la mano al estómago lleno de calambres, respiré hondo.
—¿Lo hizo él? —pregunté en v oz baja. Su sonrisa se desv aneció. —
¿Quién? ¿Richard? ¿Hacer qué? ¿Lo del dinero?
A h...
Esperé.
—¡No! —exclamó enérgicamente—. Él no haría nunca algo así. Su mente
no funciona así.
—Vale. Simplemente tenía que saberlo. —Yo tampoco me imaginaba a
Stanton ordenando que dieran una paliza. Pero Gideon...
Por sus pesadillas, y o sabía que su deseo de v enganza estaba teñido de
v iolencia. Y lo había v isto pelearse con Brett. A quel recuerdo estaba
marcado a fuego en mi mente. Gideon sí era capaz de hacerlo y con su
historial...
Tomé aire y , a continuación, lo expulsé.
—¿Qué es lo que sabe la policía?
—Todo. —Su mirada se había ablandado y humedecido, llena de culpa
—. El precinto de los antecedentes de Nathan se rompió al morir.
—¿Y cómo ha muerto?
—Eso no lo han dicho.
—Supongo que no es importante. Nosotros teníamos un móv il. —Me
pasé la mano por el pelo—. Probablemente no importe que no tuv iésemos
la ocasión de hacerlo en persona. Te han pedido que justifiques lo que
hacías en ese momento, ¿no? ¿Y a Stanton?
—Sí. ¿A ti también?
—Sí. —Pero no sabía si a Gideon. No es que importara. Nadie se
esperaría que unas personas como Gideon y Stanton se fueran a manchar
las manos deshaciéndose de un problema como Nathan.
Teníamos más de un móv il. El soborno y la v enganza por lo que me
había hecho. Y también medios. Y esos medios nos proporcionaban la
oportunidad de hacerlo.
Volv í a cepillarme el pelo y me eché agua en la cara mientras pensaba en
cómo iba a sacar a mi madre de mi apartamento sin que se diera cuenta.
C uando la v i hurgando en el v estidor de mi dormitorio, preocupada como
siempre por mi estilo y mi apariencia, supe qué tenía que hacer.
—¿Recuerdas esa falda que compré en Macy ’s? —le pregunté—. ¿La
v erde?
—A h, sí. Muy bonita.
—No he podido ponérmela porque no se me ocurre nada con lo que
pueda ir bien. ¿Me ay udas a buscar algo?
—Ev a —dijo con exasperación—, y a deberías haberte decidido por un
estilo personal... ¡Y que no sea de sudaderas!
—Échame una mano, mamá. Vuelv o enseguida. —C ogí la taza de café
para tener un motiv o para dejarla allí—. No te v ay as a ningún sitio.
—¿A dónde iba a ir? —contestó con la v oz amortiguada, pues se había
adentrado aún más en el v estidor.
Miré rápidamente en la sala de estar y en la cocina. No v i a mi padre por
ningún sitio y la puerta de su dormitorio estaba cerrada, al igual que la de
C ary . Volv í rápidamente a mi habitación.
—¿Qué tal esto? —preguntó sosteniendo una blusa de seda de color
champán. La combinación resultaba preciosa y elegante.
—¡Me encanta! Eres estupenda. Gracias. Pero seguro que tienes que irte
y a, ¿no? No quiero entretenerte.
Mi madre me miró frunciendo el ceño.
—No tengo ninguna prisa.
—¿Y Stanton? Tiene que estar preocupado con todo esto. Y es sábado.
Él siempre se reserv a los fines de semana para ti. Tiene que dedicarte
tiempo.
Dios mío, sí que me sentía fatal por la presión que le causábamos.
Stanton había dedicado una gran cantidad de tiempo y dinero a asuntos
relacionados conmigo y con Nathan durante los cuatro años que llev aba
casado con mi madre. A quello era mucho pedir, pero no nos había fallado.
Durante el resto de mi v ida me sentiría en deuda con él por querer tanto a
mi madre.
—Esto también está suponiendo una gran preocupación para ti —
protestó—. Quiero estar a tu lado, Ev a. Quiero ay udarte.
Sentí un nudo en la garganta al darme cuenta de que estaba tratando de
compensarme por lo que me había pasado, porque era incapaz de
perdonarse.
—No pasa nada —respondí con la v oz quebrada—. Estaré bien. Y
sinceramente, me sentiría fatal alejándote de Stanton después de todo lo
que ha hecho por nosotras. Tú eres su recompensa, su pequeño paraíso al
final de su infinita semana laboral.
En sus labios se formó una encantadora sonrisa.
—Qué cosa tan hermosa has dicho.
Sí, y o también había pensado lo mismo las v eces en que Gideon me
había dicho cosas parecidas.
Me parecía imposible que sólo una semana antes hubiéramos estado en la
casa de la play a, locamente enamorados y dando pasos firmes y seguros
en nuestra relación.
Pero esa relación se había roto y ahora sabía por qué. Yo estaba
enfadada y dolida por el hecho de que Gideon me hubiese ocultado algo
tan importante como que Nathan estaba en Nuev a York . Me enfurecía que
no me hubiese hablado de lo que pensaba y sentía. Pero también lo
comprendía. Era una persona que durante años había ev itado hablar de
nada que fuese personal y nosotros no llev ábamos juntos el tiempo
suficiente como para que cambiara esa costumbre de toda una v ida. No
podía culparle por ser quien era, lo mismo que tampoco podía culparle por
haber decidido que no podía v iv ir con lo que y o era.
C on un suspiro, me acerqué a mi madre y la abracé.
—Tenerte aquí... es lo que necesitaba, mamá. Llorar, reír y simplemente
sentarme contigo. Nada podría haber sido mejor que eso. Gracias.
—¿De v erdad? —Me abrazó con fuerza y la sentí pequeña y delicada
entre mis brazos, pese a que éramos de la misma estatura y sus tacones la
hacían más alta—. C reía que te estabas v olv iendo loca.
Me separé de ella y sonreí.
—C reo que ha sido así durante un momento, pero tú has hecho que me
recupere. Y Stanton es un hombre bueno. Le agradezco todo lo que ha
hecho por nosotras. Por fav or, díselo de mi parte.
Pasando mi brazo bajo el suy o, hice que se lev antara de la cama y la
llev é hasta la puerta de la calle. Ella me v olv ió a abrazar acariciándome la
espalda arriba y abajo.
—Llámame esta noche y mañana. Quiero estar segura de que te
encuentras bien.
—De acuerdo.
Me observ ó.
—Y planeemos un día de spa para la semana que v iene. Si al médico no
le parece bien que C ary v ay a, haremos que v engan aquí los masajistas.
C reo que a todos nos v endrá bien un poco de mimos y cuidados.
—Ésa es una forma agradable de decir que tengo un aspecto horrible. —
Las dos necesitábamos un buen repaso, aunque ella lo ocultaba mucho
mejor que y o. Nathan seguía grav itando sobre nosotras como una nube
oscura, aún capaz de destrozar nuestras v idas y alterar nuestra paz. Pero
fingiríamos que nos encontrábamos mucho mejor de lo que estábamos. A sí
era como hacíamos las cosas—. Pero tienes razón. Nos v endrá bien y hará
que C ary se sienta mucho mejor, aunque sólo le puedan hacer una
manicura y una pedicura.
—Yo me encargo de organizarlo. ¡Qué ilusión! —Mi madre mostró su
luminosa sonrisa tan propia de ella...
...que fue lo que v io mi padre cuando abrí la puerta de la calle. Estaba
en el umbral con las llav es de C ary en la mano y le había sorprendido justo
en el momento en que iba a meterlas por la cerradura. Iba v estido con
pantalones cortos para correr y zapatillas de deporte, con la camiseta
sudada echada despreocupadamente sobre el hombro. A ún tenía la
respiración acelerada y el sudor le brillaba sobre la piel bronceada y los
músculos tensos. Victor Rey es era todo un monumento.
Y miraba a mi madre de un modo absolutamente indecente.
A parté la mirada de mi atractiv o padre para mirar a mi glamorosa madre
y me sorprendió v er que ella miraba a mi padre del mismo modo que él la
miraba a ella.
Menudo día para darme cuenta de que mis padres estaban enamorados
el uno del otro. Bueno, y o había sospechado que mi madre le había roto el
corazón a mi padre, pero creía que ella se av ergonzaba de él, como si se
hubiese tratado de una gran equiv ocación, de un error del pasado.
—Monica —La v oz de mi padre sonó más baja y profunda de lo que y o
la había oído nunca y con más acento.
—Victor. —Mi madre se había quedado sin aliento—. ¿Qué estás
haciendo aquí?
Él la miró sorprendido.
—Visitando a mi hija.
—Y ahora mamá tiene que irse —dije dándole a ella un codazo, div idida
entre la nov edad de v er a mis padres juntos y la lealtad hacia Stanton, que
era exactamente lo que mi madre necesitaba—. Te llamo luego, mamá.
Mi padre se quedó inmóv il un momento, deslizando la mirada por el
cuerpo de mi madre desde la cabeza hasta los pies y, a continuación,
subiéndola otra v ez. Respiró hondo y se hizo a un lado.
Mi madre salió al pasillo y se dirigió hacia el ascensor y, después, en el
último momento, se dio la v uelta. C olocó la mano sobre el pecho de mi
padre y se puso de puntillas, dándole dos besos en las mejillas.
—A diós —susurró.
La v i caminar con paso inseguro hacia el ascensor y pulsar el botón con
la espalda v uelta hacia nosotros. Mi padre no apartó la mirada hasta que las
puertas del ascensor se cerraron cuando ella entró.
Dejó escapar un suspiro y entró en el apartamento.
C erré la puerta.
—¿C ómo es que y o no sabía que v osotros dos estáis locamente
enamorados el uno del otro?
Resultaba doloroso v er la mirada en sus ojos, el v erdadero dolor como
en una herida abierta.
—Porque eso no significa nada.
—No lo creo. El amor lo es todo.
—No lo conquista todo, como suelen decir —contestó con un bufido—.
¿Ves a tu madre siendo la esposa de un policía?
Hice una mueca.
—Pues eso —dijo secamente, secándose la frente con la camiseta—. A
v eces, el amor no es suficiente. Y si no lo es, ¿qué tiene de bueno?
El resentimiento que escuché en sus palabras era algo que y o conocía
muy bien por mí misma. Pasé por su lado y fui a la cocina.
Mi padre me siguió.
—¿Estás enamorada de Gideon C ross?
—¿No es ev idente?
—¿Él está enamorado de ti?
C omo no tenía fuerzas, dejé la taza en el fregadero y saqué otras limpias
para mí y para mi padre.
—No lo sé. Sé que me quiere y que, a v eces, me necesita. C reo que
haría lo que fuese por mí si se lo pidiera, porque he entrado en su corazón.
Pero no podía decirme que me quería. No me hablaba de su pasado. Y,
al parecer, no podía v iv ir con las pruebas del mío.
—Tienes la cabeza sobre los hombros.
Saqué café en grano del frigorífico para preparar una nuev a cafetera.
—Eso es muy debatible, papá.
—Eres sincera contigo misma. Eso es una v irtud. —Me sonrió cuando y o
giré la cabeza para mirarle—. He utilizado antes tu tableta electrónica para
v er mi correo. Estaba en la mesita. Espero que no te importe.
Negué con la cabeza.
—Úsala cuando quieras.
—He buscado en internet cuando la he cogido. Quería v er qué salía
sobre C ross.
Sentí un pequeño v acío en el estómago.
—No te gusta.
—Me reserv o mi opinión. —La v oz de mi padre fue desv aneciéndose a
medida que entraba en la sala de estar y, a continuación, v olv ió a sonar
con fuerza cuando v olv ió con la tableta en la mano.
Mientras y o molía el café, él abrió la funda protectora de la tableta y
empezó a dar toques en la pantalla.
—A noche pasé un mal rato mientras le echaba un v istazo. Sólo quería un
poco más de información. Encontré algunas fotos de v osotros dos juntos
que parecían prometedoras. —Tenía los ojos sobre la pantalla—. Después
v i otra cosa.
Le dio la v uelta a la pantalla para que y o la v iera.
—¿Puedes explicarme esto? ¿Es otra hermana suy a?
Dejé de moler café para sentarme, me acerqué con la v ista puesta en el
artículo que mi padre había encontrado en la web de la rev ista Page Six. La
foto era de Gideon y C orinne en una especie de fiesta. Había puesto el
brazo alrededor de la cintura de ella y la actitud de los dos era de
familiaridad e intimidad. Estaban muy cerca y los labios de él casi rozaban la
sien de ella, que tenía una copa en la mano y se reía.
C ogí la tableta y leí el pie de foto: «Gideon C ross, director general de
C ross Industries, y C orinne Giroux en la fiesta de promoción de Vodk a
Kingsman».
Los dedos me temblaron mientras subía a la parte superior de la página y
leía el brev e artículo buscando más información. Me quedé muda cuando
v i que la fiesta se había celebrado el juev es, de seis a nuev e, en uno de los
locales de Gideon, uno que y o conocía demasiado bien. Me había follado
allí, tal y como había hecho con docenas de mujeres.
Gideon me había dado plantón en nuestra cita con el doctor Petersen
para llev ar a C orinne al hotel que le serv ía de picadero.
Era eso lo que había querido contarle a los policías y que no quería que
y o escuchara: su coartada era una v elada, quizá toda la noche, en
compañía de otra mujer.
Solté la tableta con más cuidado del necesario y dejé escapar la
respiración que había estado conteniendo.
—Ésa no es ninguna hermana suy a.
—Eso pensaba y o.
Lo miré.
—¿Me haces el fav or de terminar de preparar el café? Tengo que hacer
una llamada.
—C laro. Luego me daré una ducha. —Extendió una mano y la puso
sobre la mía—. Vamos a salir a olv idarnos de esta mañana. ¿Te parece
bien?
—Me parece perfecto.
C ogí el teléfono de la base y v olv í a mi dormitorio. Pulsé la marcación
rápida del móv il de Gideon y esperé a que contestara. C uando sonó la
tercera llamada descolgó.
—¿Diga? —contestó, aunque en la pantalla y a habría v isto que era y o—.
No puedo hablar ahora.
—Entonces, simplemente escúchame. Seré brev e. Un minuto. Un maldito
minuto de tu tiempo. ¿Me concedes eso?
—La v erdad es que...
—¿A cudió Nathan a ti con unas fotografías mías?
—No es...
—¿Lo hizo? —insistí con brusquedad.
—Sí —espetó.
—¿Las v iste?
Hubo una larga pausa.
—Sí.
Solté un suspiro.
—Muy bien. C reo que eres un completo gilipollas por haber dejado que
fuera a la consulta del doctor Petersen cuando sabías que no ibas a ir
porque pensabas salir con otra mujer. Es despreciable, Gideon. Y lo que es
peor, fuisteis a la fiesta de Kingsman, lo cual debía tener algún v alor
sentimental para ti, considerando que fue así como...
Se oy ó el fuerte chirrido de una silla arrastrándose. Yo me apresuré a
seguir hablando, desesperada por soltar lo que necesitaba decir antes de
que él colgara.
—C reo que eres un cobarde por no v enir directamente y decirme que
hemos terminado, sobre todo antes de empezar a follarte a otra.
—Ev a. Maldita sea.
—Pero quiero que sepas que pese a que el modo en que has actuado en
esto ha sido jodidamente malo y que me has roto el corazón en mil
pedazos y que te he perdido el respeto, no te culpo por lo que sientes
después de haber v isto esas fotografías mías. Lo comprendo.
—Basta. —Su v oz era poco más que un susurro, lo cual hizo que me
preguntara si C orinne estaba con él incluso en ese momento.
—No quiero que te culpes, ¿de acuerdo? Después de lo que tú y y o
hemos pasado, aunque no es que y o sepa qué es lo que tú has sufrido
puesto que nunca me lo has contado. Pero de todos modos... —Suspiré y
en mi rostro apareció una mueca de dolor al v er lo temblorosa que me salía
la v oz. Y lo que es peor, cuando v olv í a abrir la boca, mis palabras estaban
inundadas en lágrimas—. No te culpes. Yo no lo hago. Sólo quiero que lo
sepas.
—Dios mío —dijo en v oz baja—. Por fav or, no sigas, Ev a.
—Ya he terminado. Espero que encuentres... —A preté la mano en mi
regazo—. Da igual, A diós.
C olgué y dejé caer el teléfono en la cama. Me desnudé de camino a la
ducha y dejé en el mueble el anillo que Gideon me había regalado. A brí el
grifo poniendo el agua todo lo caliente que mi cuerpo podía aguantar y
me hundí aturdida en el suelo de la ducha.
No me quedaba nada.

17
El resto del sábado y del domingo mi padre y y o dimos brincos por toda la
ciudad. Me aseguré de que disfrutara de las comidas llev ándolo a Junior’s
para que probara la tarta de queso, al Gray ’s Papay a por los perritos
calientes y a John’s por la pizza, que nos llev amos al apartamento para
compartirla con C ary. Subimos a lo alto del Empire State, con lo que
quedó satisfecha la opción de ir a la Estatua de la Libertad por lo que a mi
padre respecta. Disfrutamos de un espectáculo de Broadway por la tarde.
Fuimos paseando hasta Times Square, que estaba abarrotado y olía fatal,
pero donde v imos a unos artistas callejeros interesantes y medio desnudos.
Hice algunas fotos con el teléfono y se las env ié a C ary para que se riera.
Mi padre se quedó impresionado con la presencia del serv icio de
emergencias en la ciudad y le gustó tanto como a mí v er oficiales de policía
a caballo. Dimos una v uelta por C entral Park en un carro tirado por
caballos y nos adentramos juntos en el metro. Lo llev é al Rock efeller
C enter, a Macy ’s y al C rossfire, del cual admitió que era un edificio
extraordinario capaz de competir con otros edificios impresionantes. Pero
durante todo el tiempo, simplemente estuv imos juntos. La may or parte del
rato caminando, charlando y sencillamente haciéndonos compañía.
Por fin supe cómo había conocido a mi madre. A l elegante deportiv o de
ella se le había pinchado una rueda y terminó en el taller de coches donde
él trabajaba. A quella historia me recordó al v iejo éxito de Billy Joel,
«Uptown Girl», y así se lo dije. Mi padre se rio y dijo que era una de sus
canciones preferidas. Me contó que aún podía v erla saliendo de detrás del
v olante de su caro cochecito de juguete poniendo su mundo del rev és.
Era la cosa más bonita que había v isto nunca... hasta que llegué y o.
—¿Estás resentido con ella, papá?
—A ntes sí. —Me pasó el brazo por encima de los hombros—. Nunca le
perdonaré que no te pusiera mi apellido cuando naciste. Pero y a no estoy
enfadado por la cuestión del dinero. Nunca podré hacerla feliz a largo
plazo y ella se conocía lo suficientemente bien como para saberlo.
A sentí, y me compadecí de todos nosotros.
—Y lo cierto es que —soltó un suspiro y apoy ó la mejilla sobre mi cabeza
un momento—, por mucho que desearía darte todas las cosas que sus
maridos pueden proporcionarte, me alegra saber que las estás recibiendo.
No soy tan orgulloso como para no apreciar que tu v ida es mejor por las
decisiones que ella ha tomado. Y no me siento mal por mi parte. Tengo una
buena v ida que me hace feliz y una hija de la que me siento terriblemente
orgulloso. Me considero un hombre rico porque no hay nada en este
mundo que desee y que no tenga.
Me detuv e para abrazarlo.
—Te quiero, papá. Estoy muy contenta de que hay as v enido.
Me rodeó con sus brazos y pensé que al final me pondría bien. Tanto mi
madre como mi padre tenían una v ida plena sin la persona a la que
amaban.
Yo también podría tenerla.
C uando mi padre se fue caí en una depresión. Los siguientes días pasaron
sin más. Todos los días me decía que no esperaba ninguna forma de
contacto por parte de Gideon, pero cuando por la noche me arrastraba
hasta la cama, lloraba hasta quedarme dormida porque había pasado otro
día sin tener noticias suy as.
La gente que me rodeaba estaba preocupada. Stev en y Mark se
mostraron excesiv amente solícitos durante la comida del miércoles. Fuimos
al restaurante mexicano donde trabajaba Shawna y los tres se esforzaron
por hacerme reír y porque disfrutara. A sí lo hice, porque me encantaba
pasar el tiempo con los tres y odiaba la preocupación que v eía en sus
miradas, pero había un agujero dentro de mí y no había nada que pudiera
llenarlo, además de la exasperante preocupación por la inv estigación de la
muerte de Nathan.
Mi madre me llamaba todos los días para preguntarme si la policía se
había puesto en contacto conmigo otra v ez —no lo habían hecho— y para
informarme de si habían contactado con ella o con Stanton ese día.
Me preocupaba que estuv ieran dando v ueltas alrededor de Stanton,
pero tenía que creer que puesto que mi padrastro era ev identemente
inocente, no había nada que pudiesen encontrar. A un así... me
preguntaba si terminarían encontrando algo. C laramente había sido un
homicidio o, de lo contrario, no estarían inv estigando. C omo Nathan era
nuev o en la ciudad, ¿a quién conocía que quisiera matarle?
En el fondo, no podía ev itar pensar que Gideon lo había organizado.
Eso hacía que me resultara más difícil pasar página, porque había una parte
de mí, la niña pequeña que había sido antes, que durante mucho tiempo
había deseado la muerte de Nathan, que había deseado que sufriera lo
mismo que él me había hecho sufrir durante años. Perdí mi inocencia con
él, al igual que mi v irginidad. Había perdido mi autoestima y el respeto por
mí misma. Y, al final, había perdido un bebé en un terrible aborto cuando
no era más que una niña.
Fui pasando cada día minuto a minuto. Me obligué a ir a las clases de
Krav Maga de Park er, a v er la telev isión, a sonreír y a reír cuando tocara
—la may oría de las v eces con C ary— y a lev antarme cada mañana para
enfrentarme a un nuev o día. Trataba de no hacer caso a lo muerta que me
sentía por dentro. Nada me parecía real más allá del sufrimiento que
v ibraba en todo mi cuerpo como un dolor constante y sordo. Perdía peso
y dormía mucho sin estar cansada.
El juev es, sexto día sin Gideon, segunda ronda: dejé un mensaje a la
recepcionista del doctor Petersen para decirle que Gideon y y o y a no
íbamos a regresar a nuestras sesiones. Esa noche, le pedí a C lancy que se
pasara por el edificio de apartamentos de Gideon para dejarle en la
recepción el anillo que me había regalado y la llav e de su piso en un sobre
cerrado. No dejé ninguna nota porque y a había dicho todo lo que tenía
que decirle.
El v iernes, uno de los auxiliares de cuentas contrató a un ay udante y
Mark me preguntó si podía ay udarle a que se instalara. Se llamaba Will y
me gustó de inmediato. Tenía el pelo oscuro, rizado pero corto. Llev aba
patillas largas y unas gafas de montura cuadrada que le fav orecían mucho.
Bebía soda en lugar de café y seguía saliendo con su nov ia del instituto.
Pasé buena parte de la mañana enseñándole las oficinas.
—¿Te gusta esto? —preguntó.
—Me encanta —contesté sonriendo.
Will me dev olv ió la sonrisa.
—Me alegro. A l principio, no estaba seguro. No parecías tan entusiasta,
aunque lo que decías sonaba bien.
—Perdona. Estoy pasando por una dura ruptura. —Traté de quitarle
importancia—. Me resulta difícil emocionarme por nada ahora mismo,
incluso con cosas que me v uelv en loca. Este trabajo es una de ellas.
—Siento lo de tu ruptura —dijo con sus ojos oscuros llenos de
compasión.
—Sí, y o también.
Para el sábado, C ary se encontraba mejor y tenía mejor aspecto. Tenía
todav ía las costillas v endadas y el brazo iba a seguir escay olado un tiempo,
pero caminaba sin ay uda y y a no necesitaba a la enfermera.
Mi madre trajo un equipo de belleza a nuestro apartamento —seis
mujeres v estidas con bata blanca que se adueñaron de mi sala de estar—.
C ary se sentía en el paraíso. No puso ningún reparo en absoluto al hecho
de disfrutar de un día de balneario. Mi madre parecía cansada, lo cual no
era propio de ella. Yo sabía que estaba preocupada por Stanton. Y quizá
estaba pensando también en mi padre. Me parecía imposible que no lo
hiciera después de haberlo v isto por primera v ez en v einticinco años. El
deseo que él sentía por ella me había parecido fuerte y v iv o. No podía
imaginarme qué le habría hecho sentir a ella.
En cuanto a mí, era estupendo estar rodeada de dos personas que me
querían y me conocían lo suficiente como para no sacarme el tema de
Gideon ni hacérmelo pasar mal dándome la lata por haber salido con él. Mi
madre me trajo una caja de Knipschildt, mis trufas fav oritas, y las saboreé
despacio. A quél era el único exceso por el que nunca me reprendía.
Incluso estaba de acuerdo en que una mujer tenía derecho a tomar
chocolate.
—¿Qué te v an a hacer a ti? —me preguntó C ary mirándome con un
montón de mejunje negro por toda la cara. Le estaban recortando el pelo
con su habitual estilo atractiv o y flexible y también las uñas de los pies,
limándoselas perfectamente redondeadas.
Me lamí el chocolate de mis dedos y pensé en la respuesta. La última v ez
que tuv imos una sesión de spa acepté tener una av entura con Gideon. Era
nuestra primera cita y y o sabía que íbamos a tener sexo. Elegí un paquete
elaborado para la seducción, haciendo que mi piel se v olv iera suav e y
fragante con aromas que supuestamente tenían propiedades afrodisíacas.
A hora todo era diferente. En cierto sentido, se me daba una segunda
oportunidad para v olv er a hacer las cosas. La inv estigación de la muerte
de Nathan constituía una preocupación para todos nosotros, pero el
hecho de que hubiese desaparecido de mi v ida para siempre me liberó de
un modo que no me había dado cuenta cuánto necesitaba. En algún lugar
profundo de mi mente, el miedo debía haber estado oculto. Siempre existía
la posibilidad de que pudiera v olv er a v erle mientras estuv iese v iv o. A hora
era libre.
También tenía una nuev a oportunidad de abrazar mi v ida en Nuev a
York de una forma que no había hecho antes. No tenía que rendirle
cuentas a nadie. Podría ir adonde fuera con quien fuera. Podría ser
cualquiera. ¿Quién era la Ev a Tramell que v iv ía en Manhattan y tenía el
trabajo de sus sueños en una agencia de publicidad? A ún no lo sabía.
Hasta ahora había sido la recién llegada de San Diego que había entrado
en la órbita de un hombre enigmático y poderoso. Esa Ev a estaba
v iv iendo su octav o día sin Gideon, segunda ronda, acurrucada en un
rincón, lamiéndose las heridas. Y así sería durante mucho tiempo. Quizá
para siempre, porque no podía imaginar que pudiera enamorarme otra v ez
como me había pasado con Gideon. Para bien o para mal, él era mi alma
gemela. Mi otra mitad. En muchos sentidos, era mi reflejo.
—¿Ev a? —C ary me dio un codazo mientras me observ aba.
—Quiero que me hagan de todo —respondí con determinación—.
Quiero un nuev o corte de pelo. A lgo corto, coqueto y elegante. Quiero
que me pinten las uñas de un rojo brillante e intenso, las de las manos y las
de los pies. Quiero ser una nuev a Ev a.
C ary me miró sorprendido.
—Uñas, sí. Pelo, quizá. No se deben tomar decisiones radicales cuando se
está jodido por un tío. Terminan obsesionándote.
Lo miré desafiante.
—Voy a hacerlo, C ary Tay lor. Puedes ay udarme o cerrar la boca y
mirar.
—¡Ev a! —mi madre prácticamente me chilló—. ¡Vas a estar impresionante!
Sé exactamente qué es lo que tienes que hacerte en el pelo. ¡Te v a a
encantar!
Los labios de C ary se retorcieron.
—De acuerdo, nena. Veamos cómo es esa nuev a Ev a.
La nuev a Ev a resultó ser un bombonazo ligeramente prov ocador. El que
había sido un pelo largo, liso y rubio ahora quedaba a la altura del hombro
y cortado en capas, con reflejos de platino y enmarcándome la cara.
También me habían maquillado para v er qué tipo de aspecto iba bien con
mi nuev o peinado y v i que el gris ahumado para mis ojos era el más
adecuado junto con un brillo de labios rosa suav e.
A l final no me habían pintado las uñas de rojo y en su lugar, elegí el
color chocolate. Me encantaba. A l menos, por ahora. Estaba dispuesta a
admitir que quizá estaba atrav esando una fase.
—De acuerdo, lo retiro —dijo C ary—. Está claro que sabes llev ar bien las
rupturas.
—¿Ves? —alardeó mi madre sonriendo—. ¡Te lo dije! A hora tienes un
aspecto urbano y sofisticado.
—¿A sí es como se llama? —Estudié mi reflejo en el espejo, sorprendida
ante la transformación. Parecía un poco más may or. Decididamente más
elegante. Y claramente más atractiv a. Me subió el ánimo v er que me
dev olv ía la mirada otra persona aparte de la jov en de ojos hundidos que
llev aba v iendo desde hacía casi dos semanas. En cierto modo, mi rostro
más delgado y mis ojos tristes combinaban bien con este estilo más
atrev ido.
Mi madre insistió en que saliéramos a cenar, y a que todos teníamos tan
buen aspecto. Llamó a Stanton y le dijo que se preparara para salir por la
noche y por lo que oí de la conv ersación, puedo decir que ella le estaba
haciendo disfrutar con su excitación infantil. Dejó que fuera él quien
eligiera el lugar y se encargara de todo. Después, continuó con mi
transformación escogiendo un v estidito negro de mi armario. Mientras y o
me lo ponía, ella sostuv o en la mano uno de mis v estidos de cóctel de color
marfil.
—Póntelo —le dije, encontrando div ertido y bastante sorprendente que
mi madre fuera capaz de ponerse ropa de alguien v einte años más jov en.
C uando estuv imos arregladas, fue a la habitación de C ary y le ay udó a
prepararse.
Yo miraba desde la puerta cómo mi madre se ocupaba de él, hablándole
todo el rato con esa forma tan suy a que no necesitaba de una
conv ersación recíproca. C ary estaba allí de pie, con una dulce sonrisa en la
cara, siguiéndola con los ojos por la habitación con algo parecido a la
felicidad.
Ella le pasó las manos por los anchos hombros, alisándole la camisa y, a
continuación, le anudó la corbata con manos expertas y dio un paso atrás
para v er el resultado. La manga de su brazo escay olado estaba sin
abotonar y remangada y aún tenía magulladuras amarillas y púrpuras en la
cara, pero nada restaba méritos al efecto general que prov ocaba C ary
Tay lor v estido para una elegante salida nocturna.
La sonrisa de mi madre iluminó la habitación.
—Impresionante, C ary . Simplemente impresionante.
—Gracias.
Dando un paso adelante, le dio un beso en la mejilla.
—C asi tan guapo por fuera como lo eres por dentro.
Vi que él pestañeaba y me miraba, con sus ojos v erdes llenos de
confusión. Yo me apoy é en el quicio de la puerta.
—A lgunos podemos v er tu interior, C ary Tay lor. Esas miradas de
hombre guapo no nos engañan. Sabemos que hay un precioso y enorme
corazón dentro de ti —dije.
—¡Vamos! —exclamó mi madre agarrándonos a los dos de la mano y
tirando de nosotros para salir de la habitación.
C uando bajamos al v estíbulo, v imos que la limusina de Stanton nos
esperaba. Mi padrastro bajó del asiento de atrás y rodeó con sus brazos a
mi madre, besándola suav emente en la mejilla, pues sabía que ella no
querría estropearse el lápiz de labios. Stanton era un hombre atractiv o, de
pelo blanco y ojos azules. Su rostro reflejaba algunos indicios de su edad,
pero seguía siendo un hombre atractiv o que se conserv aba en forma y
activ o.
—¡Ev a! —Me abrazó también y me besó en la mejilla—. Estás
deslumbrante.
Sonreí, no muy segura de si estar «deslumbrante» significaba que iba a
deslumbrar a alguien o si esperaba que me deslumbraran a mí.
Stanton estrechó la mano de C ary y le dio una suav e palmada en el
hombro.
—Me alegra v er que v uelv es a estar de pie, jov en. Nos diste un buen
susto a todos.
—Gracias. Por todo.
—No tienes que dármelas —respondió Stanton con un mov imiento de la
mano.
Mi madre respiró hondo y, a continuación, dejó salir el aire. Sus ojos
brillaban mientras miraba a Stanton. Vio que y o la miraba y sonrió, y era
una sonrisa tranquila.
Terminamos en un club priv ado con una orquesta y dos cantantes
excelentes, un hombre y una mujer. Se fueron intercambiando a lo largo
de la noche, proporcionando el acompañamiento perfecto a una cena con
v elas serv ida en un reserv ado con respaldo alto y de terciopelo como si
estuv iese directamente sacado de una fotografía de la alta sociedad del
Manhattan clásico. No pude ev itar sentirme encantada.
Entre la cena y el postre, C ary me sacó a bailar. Habíamos asistido juntos
a clases de bailes de salón por insistencia de mi madre, pero teníamos que ir
con cuidado con las heridas de C ary. Básicamente nos limitamos a
balancearnos en el sitio, disfrutando de la satisfacción que nos daba
terminar un día feliz con una buena cena compartida con nuestros seres
queridos.
—Míralos —dijo C ary mientras v eía a Stanton llev ando hábilmente a mi
madre por la pista de baile—. Está loco por ella.
—Sí. Y ella es buena para él. Se dan lo que necesitan.
Bajó los ojos hacia mí.
—¿Estás pensando en tu padre?
—Un poco. —Lev anté el brazo y le pasé los dedos por el pelo, pensando
en otros mechones más largos y oscuros que al tacto eran como la seda
gruesa—. Nunca me he considerado una persona romántica. Es decir, me
gusta el romanticismo y los gestos especiales y esa sensación achispada que
te entra cuando te enamoras mucho de alguien. Pero toda esa fantasía del
príncipe azul y lo de casarse con el amor de tu v ida no era lo mío.
—Nena, tú y y o estamos demasiado hastiados. Sólo queremos tener sexo
estupendo con gente que sepa que estamos jodidos y que lo acepten.
Torcí el gesto con sarcasmo.
—Hubo un momento en que me engañé a mí misma pensando que
Gideon y y o podríamos tenerlo todo. Que estar enamorados era lo único
que necesitábamos. Supongo que fue porque, en realidad, nunca pensé
que me iba a enamorar de esa forma; y luego está el famoso mito de que
cuando te pasa, se supone que v as a v iv ir feliz por siempre jamás.
C ary presionó sus labios contra mi frente.
—Lo siento, Ev a. Sé que lo estás pasando mal. Ojalá y o pudiera
arreglarlo.
—No sé por qué nunca he podido encontrar a alguien con quien ser
feliz.
—Una pena que no queramos follar tú y y o. Seríamos perfectos.
Me reí y apoy é la mejilla en su pecho.
C uando terminó la canción nos separamos y nos dirigimos hacia nuestra
mesa. Sentí unos dedos que me rodeaban por la cintura y giré la cabeza.
Me encontré mirando a los ojos de C hristopher Vidal, hijo, el
hermanastro de Gideon.
—Quiero que me concedas el siguiente baile —dijo con la boca curv ada
formando una sonrisa infantil. No había rastro del hombre malv ado que
había v isto en un v ídeo secreto que C ary había grabado durante una fiesta
en la residencia de los Vidal.
C ary se me acercó esperando que y o le diera alguna indicación.
Mi primer instinto fue el de rechazar a C hristopher, pero, entonces, miré
a mi alrededor.
—¿Has v enido solo?
—¿Importa eso? —Me atrajo hacia sus brazos—. Es contigo con quien
quiero bailar. Me quedo con ella —le dijo a C ary , y me llev ó con él.
La primera v ez que nos v imos fue justo así, con él sacándome a bailar.
Yo estaba teniendo mi primera cita con Gideon y las cosas y a habían
empezado a ir mal en ese momento.
—Estás fantástica, Ev a. Me encanta tu peinado.
C onseguí poner una sonrisa tensa.
—Gracias.
—Tranquila —dijo—. Estás muy rígida. No te v oy a morder.
—Perdona. Sólo quiero estar segura de que no v oy a ofender a quien
sea que esté aquí contigo.
—Sólo mis padres y el representante de un cantante que quiere firmar
con Vidal Records.
—A h. —Mi sonrisa se amplió conv irtiéndose en otra más sincera. Eso era
justo lo que esperaba oír.
Mientras bailábamos, seguí inspeccionando la sala. Lo consideré una
señal cuando terminó la canción y Elizabeth Vidal se puso de pie atray endo
mi atención. Se excusó en su mesa y y o me excusé con C hristopher, que
protestó.
—Tengo que refrescarme —le dije.
—De acuerdo. Pero insisto en inv itarte a una copa cuando v uelv as.
Salí detrás de su madre, pensando si terminaría diciéndole a C hristopher
que era un v erdadero mierda de proporciones colosales. No sabía si
Magdalene le había hablado del v ídeo y, en caso de que no lo hubiese
hecho, supuse que probablemente habría un motiv o para ello.
Esperé a Elizabeth en la puerta del baño. C uando v olv ió a aparecer, me
v io en el pasillo y sonrió. La madre de Gideon era una mujer hermosa, de
cabello oscuro, largo y liso y los mismos y alucinantes ojos azules que
tenían su hijo y Ireland. Sólo con mirarla, sentí dolor. Echaba mucho de
menos a Gideon. Para mí suponía una batalla continua conmigo misma el
no ponerme en contacto con él y quedarme como estaba.
—Ev a. —Me saludó dando besos en el aire junto a mis dos mejillas—.
C hristopher ha dicho que eras tú. A l principio no te reconocía. Estás muy
distinta con el pelo así. Me parece precioso.
—Gracias. Necesito hablar con usted. En priv ado.
—A h. —Frunció el ceño—. ¿A lgo v a mal? ¿Es por Gideon?
—Venga conmigo. —Hice una señal para que entráramos por el pasillo
hacia la salida de emergencia.
—¿Qué es lo que pasa?
C uando nos apartamos de los baños, le conté.
—¿Recuerda si Gideon le dijo de niño que habían abusado de él o le
habían v iolado?
Su rostro empalideció.
—¿Te lo ha contado?
—No. Pero he presenciado sus pesadillas. Sus terribles, desagradables y
salv ajes pesadillas donde pide compasión. —El tono de mi v oz era bajo,
pero v ibraba lleno de rabia. A quello era lo único que podía hacer para
contener mis manos mientras ella estaba allí, av ergonzada y v iolenta—. ¡Su
deber era protegerle y apoy arle!
Me miró desafiante.
—Tú no sabes...
—Usted no tiene la culpa de lo que ocurrió antes de que lo supiese —dije
enfrentándome a ella y sintiendo satisfacción cuando dio un paso atrás—.
Pero la culpa de lo que ocurriera después de que él se lo contara es
únicamente suy a.
—Vete a la mierda —me espetó—. No sabes de lo que estás hablando.
¿C ómo te atrev es a v enir a mí de esa forma y decirme estas cosas cuando
no tienes ni idea de nada?
—Sí que me atrev o. Su hijo está grav emente herido por lo que le
ocurrió y su negativ a a creerle hizo que se conv irtiera en algo un millón de
v eces peor.
—¿C rees que y o iba a tolerar abusos sobre mi propio hijo? —Tenía el
rostro encendido de la rabia y los ojos le brillaban—. Hice que dos
pediatras diferentes examinaran a Gideon buscando... traumatismos. Hice
todo lo que se esperaba que podía hacer.
—Excepto creerle, que es lo que debería haber hecho como madre suy a
que es.
—También soy la madre de C hristopher y él estaba allí. Jura que no
ocurrió nada. ¿A quién se supone que tenía que creer cuando no tenía
pruebas? Nadie pudo encontrar nada que demostrara lo que Gideon decía.
—Él no debía aportar pruebas. ¡Era un niño! —La rabia que sentía me
recorría todo el cuerpo. A preté los puños contendiendo el deseo de darle
un puñetazo. No sólo por lo que Gideon había perdido, sino por lo que
habíamos perdido los dos—. Se supone que debía haberse puesto de su
lado pasara lo que pasara.
—Gideon era un chico problemático sometido a terapia desde la muerte
de su padre y deseoso de llamar la atención. No sabes cómo era entonces.
—Sé cómo es ahora. Un hombre destrozado y dolido que no cree que
merezca la pena amar. Y usted le ha ay udado en eso.
—Vete al infierno. —Se fue enojada.
—Ya estoy en él —grité a sus espaldas—. Y también su hijo.
Pasé todo el domingo siendo la antigua Ev a.
Trey tenía el día libre y se llev ó a C ary a comer por ahí y a v er una
película. Yo estaba encantada de v erlos juntos, entusiasmada porque los
dos se estuv iesen esforzando. C ary no había inv itado a v enir a casa a
ninguna de las personas que llamaban a su teléfono móv il y me pregunté si
estaría replanteándose sus amistades. Supuse que muchas eran relaciones
superficiales, con las que div ertirse mucho pero sin ninguna seriedad.
A l contar con el apartamento entero para mí sola, dormí mucho, me
alimenté de comida basura y no me molesté en quitarme el pijama. Lloré
por Gideon en la intimidad de mi habitación, mirando el collage de fotos
que tenía antes en mi mesa del trabajo. Echaba de menos el peso de su
anillo en el dedo y el sonido de su v oz. Echaba de menos notar sus manos
y sus labios en mi cuerpo y la forma tierna y posesiv a con que cuidaba de
mí.
C uando llegó el lunes salí del apartamento como la nuev a Ev a. C on ojos
ahumados, labios rosas y mi nuev o y alegre corte de pelo decapado, sentía
que podía fingir ser otra persona durante todo el día. A lguien que no
tuv iese el corazón destrozado, ni estuv iera perdida y furiosa.
C uando salí v i el Bentley, pero A ngus no se molestó en salir del coche,
sabiendo que y o no aceptaría que me llev ara. Me desconcertaba que
Gideon lo tuv iera perdiendo el tiempo por ahí sólo por si y o quería que me
llev ara a algún sitio. No tenía sentido, a menos que Gideon se sintiese
culpable. Yo odiaba la culpa, odiaba que ésta afligiera a tantas personas
que formaban parte de mi v ida. Deseaba que simplemente la ignoraran y
siguieran adelante. C omo y o intentaba hacer.
La mañana en Waters Field & Leaman pasó rápidamente porque tenía a
Will, el nuev o asistente, que también me ay udaba a hacer mi trabajo
habitual. Me alegraba que no tuv iese miedo a hacer montones de
preguntas, porque así me mantenía ocupada y ev itaba que contara los
segundos, minutos y horas desde la última v ez que había v isto a Gideon.
—Tienes buen aspecto, Ev a —dijo Mark la primera v ez que fui a v erlo a
su despacho—. ¿Estás bien?
—La v erdad es que no. Pero lo estaré.
Se inclinó hacia delante apoy ando los codos en su mesa.
—Stev en y y o rompimos una v ez, cuando llev ábamos alrededor de año
y medio de relación. Habíamos pasado un par de semanas malas y
decidimos terminar. Fue terrible —dijo con v ehemencia—. Odié cada
minuto. Lev antarme por las mañanas era una v erdadera hazaña y para él
fue lo mismo. A sí que, bueno... Si necesitas algo...
—Gracias. Lo mejor que puedes hacer por mí ahora mismo es
mantenerme ocupada. No quiero tener tiempo para pensar en nada que
no sea trabajo.
—Eso puedo hacerlo.
C uando llegó la hora del almuerzo, Will y y o recogimos a Megumi y
fuimos a una pizzería cercana. Megumi me puso al tanto de su relación con
su cita a ciegas y Will nos habló de sus av enturas en Ik ea y de que él y su
nov ia estaban equipando su loft con muebles que estaban montando ellos
mismos. Me alegré de poder hablar de mi día de tratamientos de belleza.
—Vamos a ir a los Hamptons este fin de semana —dijo Megumi cuando
v olv íamos al C rossfire—. Los abuelos de mi chico tienen una casa allí. ¿No
os parece estupendo?
—Mucho. —Pasé a su lado por los torniquetes de la entrada—. Me da
env idia que puedas huir del calor.
—Lo sé.
—Mejor que montar muebles —murmuró Will siguiendo a un grupo de
personas que subían en uno de los ascensores—. Estoy deseando acabar.
Las puertas empezaron a cerrarse y, entonces, se abrieron de nuev o.
Gideon entró en el ascensor después de nosotros. La energía familiar y
palpable que siempre fluía entre nosotros me llegó con fuerza. Un
estremecimiento me bajó por la columna v ertebral y estalló hacia fuera,
haciendo que la carne de gallina recorriera mi piel. El pelo de la nuca me
picaba.
Megumi me miró y y o negué con la cabeza. Sabía que era mejor no
mirarle directamente. No estaba segura de no terminar haciendo algo
imprudente o desesperado. Lo deseaba con toda mi alma y había pasado
mucho tiempo desde que me había tenido. A ntes tenía derecho a tocarle, a
agarrarle de la mano, a echarme sobre él, a pasarle los dedos por el pelo.
En mi interior sentí el terrible dolor de que y a no se me permitiera hacer
esas cosas. Tuv e que morderme el labio para sofocar un gemido de agonía
por v olv er a estar tan cerca de él.
Mantuv e la cabeza agachada, pero sentí los ojos de Gideon puestos en
mí. Seguí hablando con mis compañeros de trabajo, obligándome a
centrarme en la conv ersación de los muebles y los acuerdos necesarios
para v iv ir con alguien del sexo opuesto.
A medida que el ascensor siguió con su ascenso y sus frecuentes
paradas, el número de gente en la cabina se redujo. Yo era plenamente
consciente de dónde estaba Gideon, sabiendo que nunca montaba en
ascensores tan llenos de gente, sospechando, esperando y rezando
porque simplemente quisiera v erme, estar conmigo, aunque sólo fuese de
este modo tan terriblemente impersonal.
C uando llegamos a la planta número v einte respiré hondo y me dispuse
a salir, odiando la inev itable separación de la única persona en el mundo
que me hacía sentir realmente v iv a.
Las puertas se abrieron.
—Espera.
C erré los ojos. Me detuv o aquella orden proferida con su v oz ronca y
baja. Yo sabía que tenía que continuar caminando como si no le hubiese
oído. Sabía que iba a sufrir mucho más si le daba más de mí, aunque sólo
fuera un minuto más de mi v ida. Pero ¿cómo iba a resistirme? Nunca sería
capaz de hacerlo cuando se trataba de Gideon.
Me hice a un lado para que mis compañeros pudiesen salir. Will frunció
el ceño cuando y o no los seguí, confundido, pero Megumi tiró de él para
que saliera. Las puertas se cerraron. Yo me fui a un rincón con el corazón
acelerado. Gideon esperó en el lado opuesto, irradiando expectación y
necesidad. Mientras subíamos a la planta superior, mi cuerpo reaccionó
ante su deseo casi palpable. Los pechos se me hincharon y me v olv í
pesada. El sexo se me agrandó y se v olv ió húmedo. Estaba áv ida de él.
Necesitada. La respiración se me aceleró.
Ni siquiera me había tocado y y o casi jadeaba de deseo.
El ascensor se detuv o. Gideon sacó la llav e de su bolsillo y la metió en el
panel dejando el ascensor sin serv icio. Entonces, se acercó a mí.
Había apenas unos centímetros entre los dos. Yo mantuv e la cabeza
agachada mirando sus resplandecientes zapatos de tacón bajo. Oí su
respiración, profunda y rápida como la mía. Olí el sutil aroma masculino de
su piel y el corazón me dio un brinco.
—Date la v uelta, Ev a.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo al escuchar aquel conocido y
querido tono autoritario. C erré los ojos, me giré y , a continuación, ahogué
un grito cuando inmediatamente se echó sobre mi espalda, aplastándome
contra la pared de la cabina. Entrelazó sus dedos con los míos sujetándome
las manos por encima de los hombros.
—Estás muy guapa —susurró acariciando mi pelo con la nariz—. Me
duele al mirarte.
—Gideon, ¿qué estás haciendo?
Sentí el deseo que salía de él y me env olv ía. Su poderosa constitución
era fuerte y caliente y v ibraba por la tensión. Estaba empalmado y su
gruesa polla ejercía una firme presión contra la que no pude ev itar
apretarme. Lo deseaba. Lo quería dentro de mí. Llenándome.
C ompletándome. Estaba v acía sin él.
Respiró hondo con una fuerte sacudida. Flexionaba los dedos
nerv iosamente entre los míos, como si quisiera tocarme por todas partes
pero se contuv iese.
Sentí el anillo que le había regalado clav ándose en mi carne. Giré la
cabeza para v erlo y me puse tensa cuando lo v i, confundida y angustiada.
—¿Por qué? —susurré—. ¿Qué quieres de mí? ¿Un orgasmo? ¿Quieres
follarme, Gideon? ¿Es eso? ¿C orrerte dentro de mí?
Soltó un bufido al oír esas crudas palabras en su cara.
—No sigas.
—¿No quieres que le ponga nombre a lo que es esto? —dije cerrando los
ojos—. De acuerdo. Simplemente hazlo. Pero no te pongas ese anillo ni
actúes como si fuera lo que no es.
—Nunca me lo quito. Ni me lo quitaré. Nunca. —Su mano derecha soltó
la mía y se la metió en el bolsillo. Vi cómo deslizaba de nuev o en mi dedo el
anillo que me había regalado y, a continuación, se llev ó mi mano a la boca.
La besó y, después, apretó sus labios sobre mi sien rápido, con fuerza y
con furia.
—Espera —dijo bruscamente.
Entonces, se fue. El ascensor empezó a bajar. Mi mano derecha se cerró
en un puño y y o me aparté de la pared, respirando con dificultad.
Esperar. ¿A qué?

18
C uando salí del ascensor en la planta v einte iba con paso sereno y
decidido. Megumi me v io a trav és de las puertas de seguridad y se puso de
pie. —¿Va todo bien? Me detuv e en su mesa.
—No tengo la más jodida idea. Ese hombre es toda una experiencia.
Me miró con sorpresa.
—Mantenme informada.
—Lo que debería hacer es escribir un libro —murmuré, v olv iendo a
retomar mi camino hacia mi cubículo y preguntándome por qué demonios
todo el mundo estaba tan interesado en mi v ida amorosa.
C uando llegué a mi mesa dejé el bolso en el cajón y me senté para llamar
a C ary .
—Hola —dije cuando contestó—. Por si te aburres...
—¿Por si? —bufó.
—¿Recuerdas esa carpeta con información sobre Gideon que
recopilaste? ¿Puedes hacerme una igual sobre el doctor Terrence Lucas?
—De acuerdo. ¿Lo conozco?
—No. Es un pediatra.
Hubo una pausa.
—¿Estás embarazada? —preguntó después.
—¡No! Por Dios. Y si lo estuv iese, necesitaría a un tocólogo.
—¡Uf! Vale. Deletréame su nombre.
Le di a C ary lo que necesitaba y, después, busqué la consulta del doctor
Lucas y pedí una cita para v erle.
—No v oy a necesitar rellenar ningún papel como paciente nuev o —le
dije al recepcionista—. Sólo quiero una consulta rápida.
Después de eso, llamé a Vidal Records y le dejé un mensaje a
C hristopher para que me llamara.
—C uando Mark v olv ió del almuerzo, fui a su despacho y llamé a su
puerta abierta.
—Hola. Necesito pedirte una hora por la mañana para asistir a una cita.
¿Te parece bien si v engo a las diez y me quedo hasta las seis?
—De diez a cinco está bien, Ev a. —Me miró con atención—. ¿Va todo
bien?
—C ada día mejor.
—Bien. —Sonrió—. Me alegra mucho oírlo.
Volv imos a sumergirnos en el trabajo, pero Gideon seguía ocupando mi
mente. No paraba de mirarme el anillo, recordando lo que había dicho la
primera v ez que me lo dio: «Las equis son mi forma de aferrarme a ti».
Esperar. ¿A él? ¿Esperar a que v uelv a a mí? ¿Por qué? No entendía por
qué se había apartado de mí de la forma en que lo había hecho y que,
después, esperara v olv er a recuperarme. Sobre todo, estando C orinne en
escena.
Pasé el resto de la tarde repasando mentalmente las últimas semanas,
recordando conv ersaciones que había mantenido con Gideon, cosas que
él había dicho o hecho, buscando respuestas. C uando salí del C rossfire al
final de la jornada, v i el Bentley esperando en la puerta y saludé con la
mano a A ngus, quien me respondió con una sonrisa. Yo tenía problemas
con su jefe, pero A ngus no tenía la culpa de ellos.
En la calle hacía calor y bochorno. Terrible. Fui a la tienda de la esquina
a comprar una botella de agua fría para bebérmela de camino a casa y un
paquete de mini-chocolatinas para comérmelas después de la clase de Krav
Maga. C uando salí de la tienda, A ngus estaba esperando justo en el
bordillo de delante, siguiéndome de cerca. A l girar la esquina de nuev o en
dirección hacia el edificio C rossfire para v olv er a casa, v i que Gideon salía a
la calle con C orinne. Tenía la mano apoy ada en la parte inferior de la
espalda de ella y la acercaba a un elegante automóv il negro de marca
Mercedes que reconocí como uno de los suy os. Ella sonreía. La expresión
de él era indescifrable.
Horrorizada, no podía mov erme ni apartar la mirada. Me quedé allí, en
mitad de la acera abarrotada de gente, con el estómago retorciéndose por
el dolor, la rabia y una terrible y espantosa sensación de traición.
Él lev antó la v ista y me v io, quedándose inmóv il en el sitio igual que y o.
El chófer latino al que conocí el día que llegó mi padre abrió la puerta de
atrás y C orinne desapareció en el interior del coche. Gideon continuó
donde estaba, con sus ojos fijos en los míos.
Era imposible que no v iera cómo lev antaba la mano y le hacía una
peineta con el dedo.
De repente, me asaltó una idea.
Le di la espalda a Gideon, me hice a un lado y me puse a buscar el
teléfono en el bolso. C uando lo encontré pulsé la marcación automática de
mi madre.
—Ese día que salimos a comer con Megumi tú te asustaste cuando
v olv íamos al C rossfire —le dije cuando contestó—. Lo v iste, ¿v erdad? A
Nathan. Viste a Nathan en el C rossfire.
—Sí —admitió—. Por eso Richard decidió que sería mejor pagarle lo que
quería. Nathan dijo que se mantendría alejado de ti siempre que
consiguiera el dinero para irse del país. ¿Por qué lo preguntas?
—No se me había ocurrido hasta ahora mismo que Nathan fue el motiv o
por el que reaccionaste de aquel modo. —Volv í a darme la v uelta y empecé
a caminar rápidamente en dirección a casa. El Mercedes había
desaparecido, pero mi mal humor iba en aumento—. Tengo que dejarte,
mamá. Te llamo luego.
—¿Va todo bien? —me preguntó preocupada.
—Todav ía no, pero estoy en ello.
—Estoy aquí para lo que necesites.
Solté un suspiro.
—Lo sé. Estoy bien. Te quiero.
C uando llegué a casa, C ary estaba sentado en el sofá con el portátil en
las piernas y los pies descalzos sobre la mesita.
—Hola —dijo con la mirada aún en la pantalla.
Yo dejé mis cosas y me quité los zapatos de una patada.
—¿Sabes una cosa?
Lev antó los ojos hacia mí por debajo de un mechón de pelo que había
caído sobre ellos.
—¿Qué?
—C reía que Gideon me había dejado por culpa de Nathan. Todo iba
bien y, de repente, y a no. Y poco después, la policía v ino a contarnos lo
de Nathan. Supuse que las dos cosas estaban relacionadas.
—Tiene sentido —dijo frunciendo el ceño—. Supongo.
—Pero Nathan estuv o en el C rossfire el lunes antes de que te atacaran.
Sé que fue allí a v er a Gideon. Lo sé. Nathan no iría allí para v erme a mí.
No a un lugar con tanta seguridad y tantas personas que conozco a mi
alrededor.
Él se apoy ó en el respaldo.
—Muy bien. Entonces, ¿qué significa?
—Significa que Gideon estaba bien después de v er a Nathan. —Lev anté
las manos—. Estuv o bien toda la semana. Estuv o mejor que bien ese fin de
semana que nos fuimos juntos. Estaba bien el lunes por la mañana después
de que v olv iéramos. Y luego... ¡pum!... Se le fue la cabeza y se v olv ió loco
conmigo el lunes por la noche.
—Te sigo.
—Entonces, ¿qué pasó el lunes?
C ary me miró sorprendido.
—¿Me lo preguntas a mí?
—Joder. —Me agarré el pelo con las manos—. Se lo pregunto al maldito
univ erso. A Dios. A quien sea. ¿Qué demonios le pasó a mi nov io?
—Pensaba que habíamos acordado que se lo ibas a preguntar.
—He tenido dos respuestas suy as: «C onfía en mí» y «Espera». Hoy me
ha v uelto a dar mi anillo. —Le enseñé la mano—. Y él sigue llev ando el que
y o le regalé. ¿Tienes idea de lo confuso que es todo esto? No son simples
anillos, son promesas. Son símbolos de propiedad y compromiso. ¿Por qué
sigue llev ando el suy o? ¿Por qué es tan importante para él que y o llev e el
mío? ¿De v erdad cree que lo v oy a esperar mientras se folla a C orinne
para desahogarse?
—¿Eso es lo que crees que está haciendo? ¿De v erdad?
C erré los ojos y dejé caer la cabeza hacia atrás.
—No. Y no sé si eso me conv ierte en una ingenua o en una ilusa
testaruda.
—¿El tal doctor Lucas tiene algo que v er con esto?
—No. —Me incorporé y me senté con él en el sofá—. ¿Has encontrado
algo?
—Nena, es un poco difícil cuando no sé qué es lo que estoy buscando.
—Se trata tan sólo de un presentimiento. —Miré la pantalla—. ¿Qué es
eso?
—La transcripción de una entrev ista que le hicieron ay er a Brett en una
radio de Florida.
—A h. ¿Y para qué la lees?
—Estaba escuchando la canción de «Rubia», he decidido buscar cosas
sobre ella y ha aparecido esto.
Traté de leer, pero era difícil desde mi ángulo.
—¿Qué dice?
—Le han preguntado si de v erdad existe una Ev a y él ha contestado que
sí, que existe, que recientemente se ha v uelto a poner en contacto con ella
y que espera que funcione esta segunda v ez.
—¿Qué? ¡No!
—Sí. —C ary sonrió—. A sí que y a tienes sustituto en caso de que C ross
no se aclare.
Me puse de pie.
—Me da igual. Tengo hambre. ¿Quieres algo?
—Si te ha v uelto el apetito, es una buena señal.
—Todo v uelv e —dije—. Y con ganas.
A la mañana siguiente esperé a A ngus en la acera. A pareció y Paul, el
portero de mi edificio, me abrió la puerta de atrás.
—Buenos días, A ngus —lo saludé.
—Buenos días, señorita Tramell. —Me miró a trav és del espejo retrov isor
y sonrió.
Mientras ponía el coche en marcha me incliné hacia delante entre los dos
asientos delanteros.
—¿Sabes dónde v iv e C orinne Giroux?
Me miró.
—Sí.
Yo me apoy é en el respaldo de mi asiento.
—A hí es adonde quiero ir.
C orinne v iv ía a la v uelta de la esquina de la calle de Gideon. Estaba segura
de que no se trataba de una casualidad.
Dije mi nombre en la recepción y esperé v einte minutos hasta que me
dieron permiso para subir a la décima planta. Llamé al timbre de su
apartamento y la puerta se abrió apareciendo una C orinne ruborizada y
despeinada, v estida con una bata de seda negra que le llegaba a los pies.
Estaba realmente guapa con su pelo negro y sedoso y sus ojos de
aguamarina y se mov ía con una ágil elegancia que admiré en ella. Yo iba
con mi v estido fav orito gris y sin mangas y me alegré de haberlo hecho.
Ella me hacía sentir muy poco atractiv a.
—Ev a —dijo con v oz entrecortada—. Qué sorpresa.
—Siento irrumpir sin haber sido inv itada. Sólo necesito hacerte una
pregunta rápida.
—A h. —Mantuv o la puerta parcialmente cerrada y se apoy ó en el quicio.
—¿Puedo pasar? —pregunté con v oz firme.
—Pues... —Miró hacia atrás—. Será mejor que no lo hagas.
—No me importa si estás acompañada y te prometo que no tardaré más
de un minuto.
—Ev a. —Se lamió los labios—. ¿C ómo te lo puedo decir...?
Las manos me temblaban y mi estómago no paraba de agitarse mientras
mi cerebro se mofaba de mí con imágenes de Gideon desnudo detrás de
ella y el polv o de la mañana interrumpido por una exnov ia que no se
enteraba. Yo sabía muy bien lo mucho que le gustaba el sexo por las
mañanas. Lo conocía lo suficiente como para decir:
—Déjate de idioteces, C orinne.
A brió los ojos de par en par.
Yo adopté una sonrisa burlona.
—Gideon está enamorado de mí. No está follando contigo.
Ella se recuperó enseguida.
—Tampoco está follando contigo. Lo sabría, puesto que pasa todo su
tiempo libre conmigo.
Bien. Hablaríamos de ello en el rellano.
—Lo conozco. No siempre le comprendo, pero eso es otra historia. Sé
que te habrá dicho directamente que tú y él no v ais a ninguna parte
porque no quiere engañar
te. Ya te hizo daño antes. No v olv ería a hacerlo.
—Todo esto es fascinante. ¿Sabe él que estás aquí?
—No, pero se lo v as a decir tú. Y no me importa. Sólo quiero saber qué
estabas haciendo en el C rossfire aquel día que saliste con aspecto de recién
follada igual que ahora.
Su sonrisa era afilada.
—¿Qué crees tú que estaba haciendo?
—No con Gideon —respondí con decisión, pese a que en silencio rezaba
por no estar comportándome como una v erdadera imbécil—. Me v iste,
¿v erdad? Desde el v estíbulo, tenías una v ista directa del otro lado de la
calle y me v iste. Gideon te dijo en la cena del Waldorf que y o era de las
celosas. ¿Echaste un polv ete con alguien de los otros despachos? ¿O te
rev olv iste el pelo antes de salir?
Vi la respuesta en su cara. Fue tan rápido como un ray o, apareció y
desapareció, pero lo v i.
—Las dos opciones son absurdas —contestó.
Yo asentí, saboreando un momento de profundo aliv io y satisfacción.
—Escucha. Nunca v as a conseguirlo del modo que quieres. Y sé lo
mucho que eso duele. Llev o dos semanas sufriéndolo. Lo siento por ti. De
v erdad.
—Podéis iros a la mierda tú y tu compasión —espetó—. A hórratela para
ti. Soy y o la que pasa su tiempo con él.
—Y eso es lo que te salv a, C orinne. Si prestas atención, sabrás que te
está haciendo sufrir ahora mismo. Sé su amiga. —Me dirigí de nuev o a los
ascensores—. Que tengas un buen día —dije mirando hacia atrás.
C erró de un portazo.
C uando regresé al Bentley, le dije a A ngus que me llev ara a la consulta
del doctor Terrence Lucas. Él se detuv o mientras cerraba la puerta y se me
quedó mirando.
—Gideon se v a a enfadar, Ev a.
A sentí, dándome por av isada.
—Ya me encargaré de eso cuando ocurra.
El edificio donde estaba la consulta priv ada del doctor Lucas era sencillo,
pero su consulta era cálida y acogedora. La sala de espera estaba
recubierta de madera oscura y las paredes llenas con retratos mezclados de
niños y bebés. Había rev istas destinadas a padres sobre las mesas y bien
ordenadas en estantes, mientras que la zona dedicada a juegos estaba
limpia y v igilada.
Me presenté y tomé asiento, pero apenas me había sentado cuando me
llamó la enfermera. Me llev ó al despacho del doctor Lucas, no a una sala de
reconocimiento médico, y cuando entré, él se lev antó de la silla y rodeó la
mesa rápidamente.
—Ev a. —Extendió la mano y se la estreché—. No tenías por qué pedir
cita.—
No sabía de qué otra forma ponerme en contacto contigo.
—Siéntate.
Me senté, pero él permaneció de pie, prefiriendo apoy arse en la mesa y
agarrarse al filo con las dos manos. A quélla era una postura de poder y me
pregunté por qué sentía que necesitaba hacer uso de él conmigo.
—¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó. Tenía una actitud de
tranquilidad y seguridad y una sonrisa amplia y abierta. C on su buena
apariencia y su comportamiento afable estuv e segura de que cualquier
madre confiaría en sus aptitudes y su integridad.
—Gideon C ross fue paciente tuy o, ¿v erdad?
Su expresión cambió al instante y se v olv ió tensa.
—No tengo libertad para hablar de mis pacientes.
—C uando en el hospital me hablaste de esa falta de libertad para hablar
no até cabos como debería haber hecho. —Mis dedos golpeteaban el brazo
del sillón—. Le mentiste a su madre. ¿Por qué?
Él v olv ió al otro lado de la mesa, dejando que el mueble se interpusiera
entre los dos.
—¿Eso te ha dicho él?
—No. Lo estoy dilucidando sobre la marcha. Hipotéticamente hablando,
¿por qué ibas a mentir sobre los resultados de un examen médico?
—No lo haría nunca. Tienes que irte.
—Vamos. —Me apoy é en el respaldo y crucé las piernas—. Esperaba más
de ti. ¿Dónde están esas afirmaciones de que Gideon es un monstruo
desalmado empeñado en corromper a las mujeres de todo el mundo?
—He hecho lo que debía y te he adv ertido. —Su mirada era dura y tenía
los labios encorv ados con gesto de desdén. Ya no estaba tan atractiv o—.
Si sigues echando tu v ida a perder no hay nada que y o pueda hacer al
respecto.
—Voy a av eriguarlo. Sólo necesitaba v er tu cara. Quería saber si tenía
razón.
—No la tienes. C ross no fue nunca paciente mío.
—C uestión de semántica. Su madre acudió a ti. Y mientras te dedicas a
estar furioso por el hecho de que tu mujer se hubiese enamorado de él,
piensa en lo que le hiciste a un niño pequeño que necesitaba ay uda. —Mi
v oz adoptó un tono de impaciencia a medida que iba brotando la rabia. No
podía pensar en lo que le había ocurrido a Gideon sin desear emplear la
v iolencia contra alguien que había contribuido a su sufrimiento.
Descrucé las piernas y me puse de pie.
—Lo que pasó entre él y tu mujer ocurrió entre dos adultos que sabían
lo que hacían. Lo que le pasó a él cuando era niño fue un delito y la forma
en que tú contribuiste a ello fue una farsa.
—Vete.
—C on mucho gusto. —A brí la puerta y casi me choco con Gideon, que
estaba apoy ado contra la pared justo al lado del despacho. Su mano me
agarró por la parte superior del brazo, pero sus ojos estaban dirigidos al
doctor Lucas, una mirada gélida llena de furia y odio.
—Mantente alejado de ella —dijo con tono áspero.
La sonrisa de Lucas se llenó de malicia.
—Ha sido ella la que me ha buscado.
La sonrisa que le dev olv ió Gideon me estremeció.
—Si v es que ella se acerca, te sugiero que salgas corriendo en la
dirección opuesta.
—Qué curioso. Ése es el consejo que y o le he dado a ella con respecto a
ti.
Le hice un corte de mangas al buen doctor.
C on un bufido, Gideon me agarró de la mano y tiró de mí por el
v estíbulo.
—¿Qué es eso de ir haciéndole cortes de mangas a la gente?
—¿Qué? Es un clásico.
—¡No puede irrumpir aquí sin más! —exclamó la recepcionista cuando
pasamos junto al mostrador.
Él la miró.
—Puede anular esa llamada a los de seguridad, y a nos v amos.
Salimos al pasillo.
—¿Me ha delatado A ngus? —murmuré tratando de soltar mi brazo.
—No. Y deja de escabullirte. Todos los coches tienen localización por
GPS.
—Estás loco. ¿Lo sabes?
Pulsó el botón del ascensor con un golpe y me miró.
—¿Yo? ¿Y tú? Estás por todos lados. C on mi madre, con C orinne, con el
maldito doctor Lucas. ¿Qué cojones estás haciendo, Ev a?
—No es asunto tuy o —contesté desafiante—. Hemos roto, ¿recuerdas?
A pretó la mandíbula. Estaba allí con su traje, con un aspecto tan pulcro
y urbano, mientras irradiaba una energía salv aje y febril. El contraste entre
lo que v eía cuando lo miraba y lo que sentía prov ocaba mi deseo. Me
gustaba que me hubiese tocado a mí el hombre que había dentro de ese
traje. C ada delicioso e indomable centímetro de su cuerpo.
El ascensor llegó y entramos en él. La excitación me recorría de arriba
abajo. Había v enido a por mí. Eso lo v olv ía muy atractiv o. Introdujo una
llav e en el tablero de botones del ascensor.
—¿Hay algo en Nuev a York que no te pertenezca? —refunfuñé.
Se echó sobre mí al instante, haciendo que me pusiera de puntillas para
que el contacto fuera may or.
Hundió los dientes en mi labio inferior con la suficiente fuerza como para
hacerme daño.
—¿C rees que diciendo unas cuantas palabras v as a terminar con lo
nuestro? No v amos a terminar, Ev a.
Me empujó contra un lado de la cabina. Estaba clav ada por un hombre
de un metro nov enta muy excitado.
—Te echo de menos —susurré agarrándole el culo y atray éndolo a mí
con más fuerza.
—C ielo —respondió con un gemido.
Me estaba besando. Besos profundos y descaradamente desesperados
que hicieron que apretara los dedos de los pies dentro de mis zapatos.
—¿Qué estás haciendo? —susurró—. Vas por ahí rev olv iéndolo todo.
—Me sobra tiempo desde que dejé al estúpido de mi nov io —contesté
jadeando también.
Él soltó un gruñido de intensa pasión y me tiraba del pelo con tanta
fuerza que me dolía.
—No puedes arreglar esto con un beso o un polv o, Gideon. Esta v ez no.
—Me costaba dejarlo marchar, era casi imposible tras v arias semanas en las
que se me había negado el derecho y la oportunidad de tocarle. Lo
necesitaba.
A pretó la frente contra la mía.
—Tienes que confiar en mí.
C oloqué las manos sobre su pecho y le empujé. Él me dejó, buscando
mis ojos con los suy os.
—No si no me hablas. —Lev anté la mano, saqué la llav e del panel y se la
di. El ascensor empezó a descender—. Me has sometido a un infierno. A
posta. Me has hecho sufrir. Y no v eo un final a la v ista. No sé qué coño
haces, campeón, pero esta mierda del doctor Jek y ll y Mister Hy de no v a
conmigo.
Se metió la mano en el bolsillo con mov imientos lentos y contenidos, que
era cuando se v olv ía más peligroso.
—Eres imposible de controlar.
—C uando estoy v estida. Vete acostumbrando. —Las puertas del
ascensor se abrieron y salí. Me puso la mano en la espalda y un escalofrío
recorrió mi cuerpo. A quella caricia inofensiv a por encima de v arias capas
de tejido me incitaba a la lujuria desde el principio—. Si v uelv es a poner la
mano en la espalda de C orinne como haces ahora, te rompo los dedos.
—Sabes que no quiero a ninguna otra —murmuró—. No puedo. Me
consume el deseo que tengo de ti.
Tanto el Bentley como el Mercedes esperaban en la calle. El cielo se había
oscurecido mientras estuv e dentro, como si estuv iera pensativ o, como el
hombre que estaba a mi lado. Había en el aire una fuerte expectación,
como una señal de que se av ecinaba una tormenta de v erano.
Me detuv e bajo la marquesina de la puerta y miré a Gideon.
—Diles que v ay an juntos. Tenemos que hablar.
—Ése era el plan.
A ngus se tocó la v isera de su gorra y se colocó tras el v olante. El otro
conductor se acercó a Gideon y le dio unas llav es.
—Señorita Tramell —dijo a modo de saludo.
—Ev a, éste es Raúl.
—Ya nos conocemos —dije—. ¿Le diste el mensaje que te dejé la última
v ez?
Los dedos de Gideon se apretaron contra mi espalda.
—Lo hizo.
Sonreí.
—Gracias, Raúl.
Raúl pasó al asiento del pasajero del Bentley mientras Gideon me
acompañaba al Mercedes y me abría la puerta. Sentí un pequeño
estremecimiento cuando él se sentó tras el v olante y ajustó el asiento para
adecuarlo a sus largas piernas. Puso en marcha el motor y se unió al
tráfico, conduciendo con destreza y confianza el potente coche a trav és de
la locura de las calles de la ciudad de Nuev a York .
—Verte conducir hace que te desee —le dije, notando cómo sus manos
se aferraban con más fuerza al v olante.
—Dios mío. —Me miró—. Tienes un fetiche relacionado con los coches.
—Tengo un fetiche relacionado con Gideon. —Bajé la v oz—. Han pasado
semanas.
—Y he odiado cada segundo de ellas. Esto supone un tormento para mí,
Ev a. No puedo concentrarme. No puedo dormir. Pierdo los estribos con el
más mínimo fastidio. Mi v ida es un infierno sin ti.
Yo nunca quise que sufriera, pero mentiría si dijera que mi tristeza no se
aliv iaba al saber que me echaba de menos tanto como y o a él.
Me giré en mi asiento para mirarle.
—¿Por qué nos estás haciendo esto?
—Tuv e una oportunidad y la aprov eché. —Su mandíbula se endureció
—. Esta separación es el precio. No será para siempre. Necesito que seas
paciente.
Negué con la cabeza.
—No, Gideon. No puedo. No más.
No me v as a dejar. No v oy a permitírtelo.
—Ya lo he hecho. ¿No te das cuenta? Estoy haciendo mi v ida y tú no
estás en ella.
—Estoy en todos los aspectos que puedo estar ahora mismo.
—¿Diciéndole a A ngus que mi siga por ahí? Venga y a. Eso no es una
relación. —A poy é la mejilla en el asiento—. A l menos, no la que y o quiero.
—Ev a. —Dejó escapar el aire con fuerza—. Mi silencio es el menor de dos
males. Tengo la sensación de que tanto si te lo cuento como si no, te estoy
apartando de mí, pero las explicaciones acarrean un riesgo may or. C rees
que quieres que te las dé, pero si lo hago, te arrepentirás. C onfía en mí
cuando te digo que hay ciertos aspectos de mi v ida que no quieres
conocer.
—Tienes que darme algo con lo que aguantar. —C oloqué la mano sobre
su muslo y sentí cómo se le tensaba el músculo y, a continuación, se
retorcía respondiendo a mi caricia—. A hora mismo no tengo nada. Estoy
v acía.
Puso su mano sobre la mía.
—C onfía en mí. A pesar de que creas lo contrario, has llegado a confiar
en lo que sabes. Eso es mucho, Ev a. Para los dos. Para nosotros.
—No existe un nosotros.
—Deja de decir eso.
—Querías mi confianza ciega y la tienes, pero eso es todo lo que puedo
darte. Has compartido conmigo una parte muy pequeña de ti y y o lo he
aceptado porque te tenía. Y ahora no...
—Me tienes —protestó.
—No de la forma en que te necesito. —Lev anté un hombro
encogiéndolo de una forma torpe—. Me has dado tu cuerpo y y o he
estado áv ida de él porque era el único modo en que te abrías ante mí. Y
ahora no lo tengo. Y cuando miro lo que sí tengo, son sólo promesas. No
es suficiente para mí. En tu ausencia, lo único que tengo es un montón de
cosas que no me quieres contar.
Él miraba fijamente hacia delante, manteniendo el perfil rígido. Retiré la
mano de debajo de la suy a y me giré hacia el otro lado, dándole la espalda
mientras miraba por la v entanilla la pululante ciudad.
—Ev a, si te pierdo me quedaré sin nada —dijo con v oz quebrada—.
Todo lo que he hecho ha sido para no perderte.
—Necesito más. —A poy é la frente en el cristal—. Si no puedo tener tu
exterior, necesito tu interior, pero no me dejas entrar.
A v anzamos en silencio, arrastrándonos por el tráfico de la mañana. Una
gruesa gota de lluv ia golpeó el parabrisas seguida de otra más.
—Después de que mi padre muriera lo pasé mal teniendo que
enfrentarme a los cambios —dijo en v oz baja—. Recuerdo que la gente lo
apreciaba, que le gustaba estar cerca de él. Los estaba haciendo ricos a
todos. Y luego, de repente, el mundo se puso boca abajo y todo el mundo
le odió. Mi madre, que había sido muy feliz durante toda aquella época,
lloraba sin parar. Y ella y mi padre se peleaban todos los días. Eso es lo que
más recuerdo, los gritos y los chillidos constantes.
Lo miré, estudiando su pétreo perfil, pero no dije nada, temerosa de
echar a perder aquel momento.
—Ella se v olv ió a casar enseguida. Nos fuimos de la ciudad. Se quedó
embarazada. Yo nunca sabía cuándo me cruzaba con alguien a quien mi
padre había jodido y tragué mucha mierda de otros niños. De sus padres.
De profesores. Era la gran noticia. Incluso hoy la gente sigue hablando de
mi padre y de lo que hizo. Yo estaba furioso. C on todos. Tenía pataletas
constantemente. Rompía cosas.
Se detuv o en un semáforo respirando con dificultad.
—C uando llegó C hristopher, fui a peor, y cuando cumplió cinco años,
me imitaba, con berrinches en la cena y empujando su plato en la mesa
para tirarlo al suelo. Mi madre estaba embarazada de Ireland en aquel
entonces y ella y Vidal decidieron que había llegado el momento de
llev arme a terapia.
Las lágrimas caían por mi rostro al imaginar aquella escena que había
descrito del niño que había sido, asustado, sufriendo y sintiéndose como
un extraño en la nuev a v ida de su madre.
—Vinieron a casa, la psiquiatra y el estudiante de doctorado al que ella
superv isaba. Empezaron enseguida. Los dos eran agradables, atractiv os y
pacientes. Pero pronto la psiquiatra empezó a pasar más tiempo tratando a
mi madre, que estaba teniendo un embarazo difícil, además de dos hijos
pequeños que estaban fuera de control. Me dejaban solo con él cada v ez
con may or frecuencia.
Gideon se detuv o y aparcó. Sus manos agarraban el v olante con
enorme fuerza y la garganta se le mov ía. El continuo tamborileo de la lluv ia
se calmó para dejarnos a solas con nuestras dolorosas v erdades.
—No tienes por qué contarme nada más —susurré, desabrochándome el
cinturón de seguridad y extendiendo los brazos hacia él. Le acaricié la cara
con los dedos húmedos por las lágrimas.
Sus fosas nasales se ensancharon al inhalar aire con fuerza.
—Me obligaba a que me corriera. C ada maldita v ez, no paraba hasta que
me corría, y de ese modo podía decir que me había gustado.
Me quité los zapatos y retiré su mano del v olante para así poder
montarme a horcajadas en su regazo y abrazarlo. Me agarró con una
fuerza terrible, pero no me quejé. Estábamos en una calle muy concurrida,
con multitud de coches que pasaban con gran estruendo por un lado y
con montones de peatones por el otro, pero a ninguno de los dos nos
importó. Él temblaba con gran v iolencia, como si estuv iese llorando de
forma descontrolada, pero no emitía ningún ruido ni derramaba ninguna
lágrima.
El cielo lloraba por él y la lluv ia caía con fuerza y rabia, conv irtiéndose
en v apor al llegar al suelo.
A garrando su cabeza entre mis manos, apreté mi cara húmeda contra la
suy a.
—Ya está, cariño. Te entiendo. Sé lo que se siente, el modo en que se
regodean después. Y la v ergüenza, la confusión y la sensación de culpa.
No es culpa tuy a. Tú no querías. No disfrutabas.
—A l principio, dejé que me tocara —susurró—. Decía que era mi edad...
las hormonas... que necesitaba masturbarme y así me tranquilizaría. Que
estaría menos enfadado. Me tocaba, decía que me iba a enseñar a hacerlo
bien. Que y o lo hacía mal...
—Gideon, no. —Me retiré para mirarle, imaginándome cómo seguiría a
partir de ahí, las cosas que le debió decir para que pareciera que era
Gideon el instigador de su propia v iolación—. Eras un niño en manos de
un adulto que conocía los botones adecuados que debía pulsar. Quieren
que sea culpa nuestra para así no ser culpables de su delito, pero no es
v erdad.
Sus ojos me miraban enormes y oscuros en su pálido rostro. A cerqué
suav emente mis labios a los suy os saboreando mis lágrimas.
—Te quiero. Y te creo. Y nada de esto ha sido culpa tuy a.
Las manos de Gideon estaban en mi pelo, agarrándome mientras él
saqueaba mi boca con besos desesperados.
—No me dejes.
—¿Dejarte? Voy a casarme contigo.
Inspiró bruscamente. Después, me atrajo más a él y sus manos se
deslizaron por mi cuerpo de forma despreocupada y v iolenta.
Un golpeteo impaciente contra la v entana hizo que diera un brinco de
sorpresa. Un policía con chubasquero y chaleco reflectante nos miraba a
trav és del cristal sin tintar del asiento delantero, frunciendo el ceño bajo la
v isera de su gorra.
—Tienen treinta segundos para marcharse o les denunciaré a los dos por
escándalo público.
A v ergonzada y con el rostro encendido bajé hasta mi asiento y caí sobre
él de una forma poco elegante. Gideon esperó a que me abrochara el
cinturón y, a continuación, puso el coche en marcha. Se dio un toque en
la frente a modo de saludo al oficial y v olv ió a unirse al tráfico.
Me cogió la mano y se la llev ó a los labios, besándome las y emas de los
dedos.
—Te quiero.
Me quedé inmóv il y el corazón se me aceleró.
Entrelazando los dedos, los puso sobre su muslo. Los limpiaparabrisas se
mov ían a uno y otro lado, y su ritmo cadencioso imitaba los latidos de mi
corazón.
—Dilo otra v ez —susurré tragando saliv a.
Él se detuv o en un semáforo. Girando la cabeza, Gideon me miró.
Parecía agotado, como si toda su habitual y v ibrante energía se hubiese
acabado y estuv iese echando humo. Pero sus ojos eran cálidos y brillantes
y la sonrisa de su boca encantadora y esperanzada.
—Te quiero. Sigue sin ser la expresión correcta, pero sé que quieres
oírla.
—Necesito oírla —confirmé en v oz baja.
—Mientras entiendas la diferencia. —El semáforo cambió y el coche
siguió av anzando—. La gente se olv ida del amor. Pueden v iv ir sin él,
pueden seguir adelante. El amor se puede perder y v olv er a encontrarse.
Pero a mí no me pasará eso. Yo no podré sobrev iv irte, Ev a.
Se me cortó la respiración cuando v i su cara y cómo me miraba.
—Estoy obsesionado contigo, cielo. Soy adicto a ti. Eres todo lo que he
querido y he necesitado siempre, todo lo que he soñado. Lo eres todo.
Viv o y respiro por ti. Por ti.
C oloqué mi otra mano sobre las nuestras y a unidas.
—Hay muchas otras cosas ahí afuera para ti, sólo que no lo sabes
todav ía.
—No necesito nada más. Me lev anto de la cama todas las mañanas y me
enfrento al mundo porque tú estás en él. —Giró por una calle y se detuv o
en la puerta del C rossfire detrás del Bentley. Paró el motor, soltó su
cinturón de seguridad y respiró hondo.
—Por ti, el mundo cobra un sentido para mí que no tenía antes. A hora
ocupo un lugar, contigo.
De repente, comprendí por qué había trabajado tan duro, por qué había
tenido un éxito tan enorme siendo tan jov en. Había luchado por buscar su
lugar en el mundo, para ser algo más que un intruso.
Pasó los dedos por mi mejilla. Había echado tanto de menos aquel tacto
que mi corazón se desangró al v olv er a sentirlo.
—¿C uándo v as a v olv er conmigo? —pregunté con tono suav e.
—En cuanto pueda. —Se inclinó hacia delante y apretó sus labios contra
los míos—. Espérame.

19
C uando llegué a mi mesa encontré un mensaje de C hristopher en mi
contestador. Durante un momento consideré si debía continuar buscando
la v erdad. C hristopher no era una persona a la que me apeteciera tener
más presente en mi v ida.
Pero me angustió la mirada que había v isto en el rostro de Gideon
cuando me habló de su pasado, así como el sonido de su v oz, tan
quebrada al recordar la v ergüenza y el sufrimiento.
Sentía su dolor como si fuese mío.
A l final, no tuv e otra opción. Le dev olv í la llamada a C hristopher y le
pedí que saliéramos a comer.
—¿A lmorzar con una mujer guapa? —A div iné una sonrisa en su v oz—.
Por supuesto.
—C ualquier momento que tengas libre esta semana me v endrá bien.
—¿Qué te parece hoy ? —sugirió—. De v ez en cuando, me dan ganas de
ir a ese restaurante al que me llev aste.
—Me parece bien. ¿A las doce?
C onfirmamos la hora y colgué justo cuando Will pasaba junto a mi mesa.
Me miró con ojos de cachorrito.
—A y údame —dijo.
—C laro —contesté esforzándome por sonreír.
Las dos horas pasaron v olando. C uando llegó la hora del mediodía, bajé
y me encontré a C hristopher esperando en el v estíbulo. Llev aba su pelo
rojizo despeinado lleno de ondas cortas y sueltas y sus ojos v erdes
grisáceos brillaban. Vestía pantalones negros y camisa blanca con los
puños remangados y tenía un aspecto seguro y atractiv o. Me saludó con
una sonrisa infantil y entonces, lo pensé: no podía preguntarle por lo que
le había dicho a su madre hacía mucho tiempo. Él era un niño que v iv ía en
un hogar disfuncional.
—Me ha hecho mucha ilusión que me llamaras —dijo—. Pero debo
admitir que siento curiosidad por saber el motiv o. Me pregunto si tiene
algo que v er con el hecho de que Gideon hay a v uelto con C orinne.
A quello me dolió. Tuv e que tomar aire y, a continuación, soltarlo para
dejar que la tensión se fuera. Sabía lo que tenía que pensar. No tenía
dudas. Pero fui lo suficientemente honesta como para admitir que quería
ser la dueña de Gideon. Quería reiv indicarlo, poseerlo, que todos supiesen
que era mío.
—¿Por qué le odias tanto? —pregunté pasando por delante de él en la
puerta giratoria. A lo lejos se oía el estruendo de unos truenos, pero la
lluv ia caliente y torrencial había cesado, dejando las calles inundadas de
agua sucia.
Se unió a mí en la acera y colocó la mano en la parte inferior de mi
espalda. Sentí que un escalofrío de repulsión me recorría el cuerpo.
—¿Por qué? ¿Quieres que intercambiemos datos?
—C laro. ¿Por qué no?
C uando terminamos de comer y o y a me había hecho una idea de qué
era lo que alimentaba el odio de C hristopher. Lo único que le importaba
era el hombre al que v eía en el espejo. Gideon era más atractiv o, más rico,
más poderoso, más seguro... simplemente más. Y estaba claro que a
C hristopher se lo comían los celos. Sus recuerdos de Gideon estaban
teñidos por la creencia de que había recibido todas las atenciones cuando
era pequeño. Lo cual podría haber sido v erdad, considerando lo
problemático que era. Y lo que era peor, aquella riv alidad fraternal había
pasado al terreno de sus v idas profesionales cuando C ross Industries
adquirió una participación may oritaria de Vidal Records. Me escribí una
nota mental para preguntarle a Gideon por qué lo había hecho.
Nos detuv imos en la puerta del C rossfire para separarnos. Un taxi que
pasaba a toda v elocidad por un enorme charco me lanzó un montón de
gotas de agua. Maldiciendo entre dientes, esquiv é las gotas y casi tropecé
contra el cuerpo de C hristopher.
—Me gustaría salir contigo alguna v ez, Ev a. ¿A cenar quizás?
—Yo te llamaré —dije tratando de ev itar una respuesta—. Mi compañero
de piso está muy enfermo en estos momentos y tengo que estar a su lado
el may or tiempo posible.
—Tienes mi número. —Sonrió y me besó en la mano, un gesto que estoy
segura de que le parecía encantador—. Y seguiremos en contacto.
Entré por la puerta giratoria del C rossfire y me dirigí a los torniquetes de
entrada.
Uno de los guardias de seguridad que había en la recepción v estido con
traje negro me detuv o.
—Señorita Tramell —dijo con una sonrisa—. ¿Podría v enir conmigo, por
fav or?
C uriosa, le seguí al despacho del personal de seguridad donde me
habían dado mi tarjeta de identificación cuando me contrataron. A brió la
puerta para que y o pasara y Gideon estaba esperando en el interior.
A poy ado en la mesa con los brazos cruzados, tenía un aspecto atractiv o,
follable e irónicamente div ertido. La puerta se cerró cuando entré y él
suspiró negando con la cabeza.
—¿Hay más personas de mi v ida a las que tengas planeado acosar en mi
nombre? —preguntó.
—¿Estás espiándome otra v ez?
—Echándote un ojo protector.
Lo miré sorprendida.
—¿Y cómo sabes si le he estado acosando o no?
Su débil sonrisa se hizo más grande.
—Porque te conozco.
—Pues no le he estado acosando. De v erdad. No lo he hecho —contesté
cuando él me miró incrédulo—. Iba a hacerlo, pero no. ¿Y por qué
estamos en esta habitación?
—¿Has emprendido alguna especie de cruzada, cielo?
Estábamos tratando de conv encernos el uno al otro y no estaba segura
de por qué. Y tampoco me importaba, porque me había v enido a la mente
algo más importante.
—¿Te das cuenta de que tu reacción ante mi almuerzo con C hristopher
está siendo muy calmada? ¿Y también la mía con respecto a que estés
pasando tiempo con C orinne? Los dos estamos reaccionando de una
forma completamente diferente a como lo habríamos hecho hace un mes.
Él estaba distinto. Sonrió, y había algo único en el modo cálido en que
curv ó sus labios.
—C onfiamos el uno en el otro, Ev a. Es una buena sensación, ¿v erdad?
—Que confíe en ti no significa que sienta menos confusión ante lo que
está pasando entre los dos. ¿Por qué nos escondemos en este despacho?
—Se llama negación plausible. —Gideon se incorporó y se acercó a mí.
C ogiendo mi cara entre sus manos, me inclinó la cabeza hacia atrás y me
besó dulcemente—. Te quiero.
—Se te está dando bien decirlo.
Me pasó los dedos por mi nuev o flequillo.
—¿Recuerdas aquella noche que tuv iste la pesadilla y y o me fui? Te
preguntaste dónde había ido.
—A ún me lo pregunto.
—Estuv e en el hotel, limpiando la habitación. Mi picadero, como tú lo
llamaste. Explicarte eso cuando tú estabas v omitándolo todo no me pareció
lo más oportuno.
La respiración se me entrecortó de pronto. Era un aliv io saber dónde
había estado. Y otro aún may or saber que el picadero y a no era tal cosa.
Sus ojos me miraban con dulzura.
—Me había olv idado por completo de ello hasta que surgió con el doctor
Petersen. Los dos sabemos que nunca más lo v oy a v olv er a utilizar. Mi
chica prefiere los v ehículos de transporte a las camas.
Sonrió y se fue. Yo me quedé mirándolo.
El guardia de seguridad apareció en la puerta y y o dejé a un lado mis
turbios pensamientos para rev isarlos más adelante, cuando tuv iese tiempo
de comprender de v erdad adónde me estaban llev ando.
De camino a casa, compré una botella de zumo de manzana con gas en
lugar de champán. Vi el Bentley de v ez en cuando, siguiéndome, siempre
dispuesto a detenerse para recogerme. A ntes me molestaba, porque la
conexión latente que representaba hacía aún may or mi confusión con
respecto a mi ruptura con Gideon. A hora, cuando lo v eía, me hacía
sonreír.
El doctor Petersen tenía razón. La abstinencia y un poco de espacio me
habían aclarado las ideas. En cierto modo, la distancia entre Gideon y y o
nos había v uelto más fuertes, había hecho que nos apreciáramos más el
uno al otro y que no diéramos las cosas por sentado. Lo amaba ahora más
de lo que lo había amado nunca y sentí aquello mientras planeaba una
noche a solas con mi compañero de piso sin tener ni idea de dónde estaría
Gideon ni con quién podría estar. No me importaba. Sabía que y o estaba
en sus pensamientos, en su corazón.
Mi teléfono sonó y lo saqué del bolso. A l v er el nombre de mi madre en
la pantalla, respondí:
—Hola, mamá.
—¡No entiendo qué es lo que están buscando! —Se quejó con v oz
furiosa y llorosa—. No dejan a Richard en paz. Han ido hoy a su despacho
y han hecho copias de las grabaciones de seguridad.
—¿La policía?
—Sí. Son incansables. ¿Qué es lo que quieren?
Giré la esquina que daba a mi calle.
—C azar a un asesino. Probablemente sólo quieran v er a Nathan
entrando y saliendo. C omprobar las horas
o algo así. —¡Eso es ridículo! —Sí. Pero es sólo una suposición. No te
preocupes.
No v an a encontrar nada porque Stanton es inocente. Todo saldrá bien.
—Ha sido muy bueno con todo esto, Ev a —dijo suav izando la v oz—. Es
muy bueno conmigo.
Dejé escapar un suspiro mientras escuchaba el tono de súplica que había
en su v oz.
—Ya lo sé, mamá. Lo he captado. Papá también lo comprende. Estás
donde debes estar. Nadie te está juzgando. Todos estamos bien.
Tardé en calmarla lo que duró el tray ecto hasta mi puerta. Y durante ese
tiempo me pregunté qué v ería la policía si pedían también las grabaciones
de seguridad del C rossfire. El historial de mi relación con Gideon podría ser
narrado a trav és de las v eces que y o había estado en el v estíbulo de C ross
Industries con él. La primera v ez que se me declaró fue allí, dejando claro
cuáles eran sus deseos sin ningún rodeo. Me había inmov ilizado contra la
pared allí, justo después de que y o aceptara salir con él en exclusiv a. Y
había rechazado mi caricia aquel día terrible en que empezó a separarse de
mí. La policía lo v ería todo si retrocedían en el tiempo lo suficiente, aquellos
momentos priv ados y personales.
—Llámame si me necesitas —dije mientras dejaba el bolso en el mostrador
del desay uno—. Estaré en casa toda la noche.
C olgamos y v i un impermeable desconocido colgado de uno de los
taburetes. Grité para que C ary me oy era.
—¡C ariño, estoy en casa!
Puse la botella de zumo de manzana en la nev era y me dirigí hacia el
pasillo camino de mi habitación para darme una ducha. Estaba en la puerta
de mi dormitorio cuando se abrió la puerta de C ary y salió Tatiana. A brí los
ojos de par en par al v er su disfraz de enfermera trav iesa que iba
acompañado de ligas y medias de rejilla.
—Hola, guapa —dijo con petulancia. Estaba increíblemente alta con sus
tacones mirándome desde arriba. C omo modelo de éxito, Tatiana C herlin
tenía el tipo de rostro y de cuerpo que podría detener el tráfico—.
C uídamelo.
Parpadeando, v i a aquella rubia de largas piernas desaparecer por la sala
de estar. Oí que la puerta de la calle se cerraba poco después.
C ary apareció en su puerta, despeinado, colorado y v estido tan sólo
con sus calzoncillos bóxer. Se apoy ó en el quicio de la puerta con una
sonrisa relajada y de satisfacción.
—Hola.
—Hola. Parece que has pasado un buen día.
—De escándalo.
A quello me hizo sonreír.
—No pretendo juzgarte, pero había supuesto que Tatiana y tú habíais
terminado.
—Yo nunca he creído que hay amos empezado nada. —Se pasó una
mano por el pelo, alborotándoselo—. Pero se ha presentado hoy aquí toda
preocupada deshaciéndose en disculpas. Ha estado en Praga y no se había
enterado de lo mío hasta esta mañana. Se ha presentado enseguida v estida
así, como si hubiese leído mi mente perv ersa.
Yo también me apoy é en la puerta.
—Supongo que te conoce.
—Supongo que sí. —Se encogió de hombros—. Ya v eremos adónde nos
llev a esto. Sabe que Trey está en mi v ida y que espero que continúe en
ella. Pero Trey ... Sé que no le v a a gustar.
Sentí lástima por los dos. Iban a tener que transigir en muchas cosas
para que su relación funcionara.
—¿Y si nos olv idamos por una noche de las personas más importantes de
nuestras v idas y disfrutamos de una maratón de películas de acción? He
traído champán sin alcohol.
—¿Qué tiene eso de div ertido? —Preguntó con mirada de sorpresa.
—Ya sabes que no puedes mezclar las medicinas con el alcohol —
contesté fríamente.
—¿No v as a Krav Maga hoy ?
—Lo recuperaré mañana. Me apetece relajarme contigo. Quiero
tumbarme en el sofá y comer pizza con palillos y comida china con los
dedos.
—Nena, eres toda una rebelde —dijo sonriendo—. Y tienes una cita.
Park er cay ó sobre la esterilla con un resoplido y y o grité, encantada de mi
propio éxito.
—Sí —dije lev antando el puño. A prender a tirar a un hombre tan pesado
como Park er no era ninguna tontería. Buscar el equilibrio adecuado para
poder hacer palanca me había llev ado más tiempo del que probablemente
debería porque me había costado mucho concentrarme en las últimas dos
semanas.
No había equilibrio en mi v ida cuando mi relación con Gideon estaba
torcida.
Riéndose, Park er me extendió la mano para que lo lev antara. Le agarré
del antebrazo y tiré de él para que se pusiera de pie.
—Bien. Muy bien —dijo elogiándome—. Esta noche estás a pleno
rendimiento.
—Gracias. ¿Quieres que probemos otra v ez?
—Descansa diez minutos y bebe agua —dijo—. Tengo que hablar con
Jeremy antes de que se v ay a.
Jeremy era uno de los compañeros instructores de Park er, un hombre
gigante al que los estudiantes tenían que mirar desde abajo. No podía
imaginarme esquiv ando nunca a un asaltante de su tamaño, pero había
v isto a mujeres realmente pequeñas hacerlo en su clase.
C ogí mi toalla y mi botella de agua y me dirigí a la gradería de aluminio
que se alineaba en la pared. Mis pasos v acilaron cuando v i a uno de los
policías que habían v enido a mi casa. Pero la detectiv e Shelley Grav es no
iba v estida con su ropa de trabajo. Llev aba una camiseta de deporte y
unos pantalones a juego con zapatillas de atletismo y su cabello moreno y
rizado recogido en una coleta.
C omo ella estaba entrando en el edificio y la puerta se encontraba al lado
de las gradas, me v i caminando hacia ella. Me obligué a aparentar
despreocupación cuando lo que sentía era todo lo contrario.
—Señorita Tramell —me saludó—. Qué casualidad encontrármela aquí.
¿Llev a mucho tiempo con Park er?
—A lrededor de un mes. Me alegra v erla, detectiv e.
—No, no se alegra. —A doptó un gesto irónico—. Por lo menos, no lo
piensa. A ún. Y puede que siga sin alegrarse cuando hay amos terminado de
hablar.
Fruncí el ceño, confundida ante aquel enredo de palabras. Pero una
cosa estaba clara:
—No puedo hablar con usted sin la presencia de mi abogado.
Ella extendió los brazos.
—No estoy de serv icio. Pero de todos modos, usted no tiene que decir
nada. Seré y o la que hable.
Grav es señaló las gradas y, a regañadientes, me senté. Tenía una muy
buena razón para mostrarme recelosa.
—¿Y si nos ponemos un poco más arriba? —Subió a lo alto y y o me
puse de pie y la seguí.
Una v ez acomodadas, colocó los antebrazos sobre las rodillas y miró a
los alumnos que había abajo.
—Por las noches esto es diferente. Normalmente v engo a las sesiones
diurnas. Me había prometido a mí misma que si alguna v ez me encontraba
con usted sin estar de serv icio, le diría algo. Suponía que las posibilidades
de que eso ocurriera eran nulas y, mire por dónde, aquí está. Debe ser
una señal.
Yo no me estaba crey endo aquella explicación adicional.
—No me parece que sea de las personas que creen en las señales.
—A hí me ha pillado, pero por esta v ez haré una excepción. —Frunció los
labios un momento, como si estuv iera pensando seriamente en algo. A
continuación, me miró—. C reo que su nov io ha matado a Nathan Bark er.
Yo me puse tensa y recobré el aliento de forma audible.
—Nunca podré probarlo —dijo con grav edad—. Es demasiado
inteligente. Demasiado cuidadoso. Todo ha sido premeditado al detalle. En
el momento en que Gideon C ross tomó la decisión de asesinar a Nathan
Bark er, lo tenía todo bien organizado.
Yo no sabía si debía irme o quedarme ni cuáles serían las consecuencias
de cualquiera de las dos decisiones. Y durante ese momento de indecisión,
ella continuó hablando.
—C reo que empezó el lunes siguiente al ataque que sufrió su compañero
de piso. C uando registramos la habitación de hotel donde se descubrió el
cadáv er de Bark er, v imos unas fotos. Muchas fotos de usted, pero de las
que le estoy hablando eran de su compañero de piso.
—¿De C ary ?
—Si y o presentara esto al ay udante del fiscal del distrito para pedir una
orden de arresto, diría que Nathan Bark er atacó a C ary Tay lor como una
forma de intimidar y amenazar a Gideon C ross. Yo creo que Gideon C ross
no estaba cediendo al chantaje de Bark er.
Retorcí las manos en la toalla. No podía soportar la idea de que C ary
estuv iese sufriendo todo aquello por mi culpa.
Grav es me miró con ojos afilados y rotundos. Ojos de policía. Mi padre
también los tenía.
—En ese momento, creo que Gideon pensó que usted corría un peligro
mortal. ¿Y sabe qué? Tenía razón. He v isto las pruebas que recopilamos en
la habitación de Bark er: fotografías, notas pormenorizadas de su agenda
diaria, recortes de prensa... incluso parte de su basura. Normalmente,
cuando encontramos este tipo de cosas es demasiado tarde.
—¿Nathan me estaba v igilando? —Sólo de pensarlo un fuerte escalofrío
me recorrió el cuerpo.
—La estaba acechando. El chantaje que hizo a su padrastro y a C ross no
fue más que una intensificación de lo mismo. C reo que C ross se estaba
acercando demasiado a usted y Bark er se sintió amenazado por esa
relación. Estoy segura de que esperaba que C ross se alejaría cuando
conociera su pasado.
Me llev é la toalla a la boca, por si el mareo que estaba sintiendo me hacía
v omitar.
—A sí que, esto es lo que creo que ocurrió. —Grav es se dio golpecitos en
las y emas de los dedos mientras su atención parecía dirigirse a los
agotadores ejercicios que se desarrollaban más abajo—: C ross cortó con
usted. C on eso consiguió dos cosas, que Bark er se relajara y que
desapareciera el móv il de C ross para matarlo. ¿Por qué iba a asesinar a un
hombre por una mujer a la que había dejado? Eso lo preparó bastante
bien y no se lo contó a usted, que reforzó la mentira con sus sinceras
reacciones.
Empezó a dar golpes con el pie además de con los dedos y su esbelto
cuerpo irradió una agitada energía.
—C ross no encargó el trabajo a otro. Eso habría sido una estupidez. No
quiere que hay a un rastro de dinero ni un sicario que lo puedan delatar.
A demás, esto era un asunto personal. Usted es un asunto personal. Quiere
que la amenaza desaparezca sin ninguna duda. Organiza una fiesta en el
último momento en una de sus propiedades para una empresa de v odk a
que le pertenece. A sí, consigue tener una coartada bien sólida. Incluso la
prensa está allí para hacer fotos. Y sabe exactamente dónde está usted y
que su coartada es igual de sólida.
Mis dedos se retorcían en la toalla. Dios mío...
Los sonidos de los cuerpos golpeando las colchonetas, el murmullo de
las instrucciones que se daban y los gritos triunfantes de los alumnos se
desv anecieron conv irtiéndose en un zumbido uniforme dentro de mis
oídos. Había una gran activ idad desarrollándose justo delante de mí y mi
cerebro no podía procesarla. Tenía la sensación de estar alejándome por
un túnel infinito y de que mi realidad iba encogiéndose hasta un punto
negro y diminuto.
A briendo su botella de agua, Grav es dio un largo trago y, después, se
secó la boca con el rev erso de la mano.
—Debo admitir que lo de la fiesta me confundió un poco. ¿C ómo romper
una coartada como ésa? Tuv e que v olv er al hotel tres v eces hasta que
supe que esa noche hubo un incendio en la cocina. Nada importante, pero
todo el hotel tuv o que ser ev acuado durante casi una hora. Todos los
huéspedes se arremolinaron en la acera. C ross salía y entraba del hotel
haciendo lo que sea que hace un propietario en esas circunstancias. Hablé
con media docena de empleados que lo v ieron o que hablaron con él en
esos momentos, pero ninguno de ellos podía establecer las horas con
exactitud. Todos estaban de acuerdo en que fue un caos. ¿Quién iba a
seguir el rastro de un hombre en medio de todo ese jaleo?
Yo misma negué con la cabeza, como si la detectiv e me estuv iese
haciendo la pregunta a mí.
Echó los hombros hacia atrás.
—C ronometré los pasos desde la entrada de serv icio, donde v ieron a
C ross hablando con los bomberos, hasta el hotel de Bark er, que estaba a
dos manzanas. Quince minutos de ida y otros quince de v uelta. A Bark er
lo liquidaron con una sola puñalada en el pecho. Justo en el corazón.
Debió bastar menos de un minuto. No había heridas de forcejeo y lo
encontraron justo detrás de la puerta. Mi teoría es que le abrió la puerta a
C ross y éste lo mató antes de que pudiese pestañear. Y fíjese... Ese hotel es
propiedad de una filial de C ross Industries. Y resulta que las cámaras de
seguridad del edificio estaban apagadas por unas mejoras que llev aban
v arios meses en proceso.
—Una coincidencia —dije con la v oz quebrada. El corazón me latía con
fuerza. En un lugar escondido de mi cerebro, y o era consciente de que
había una docena de personas a pocos metros de distancia que seguían
con sus v idas sin tener ni idea de que otro ser humano, en aquella misma
sala, estaba atrav esando un momento de catástrofe.
—C laro. ¿Por qué no? —Grav es se encogió de hombros, pero sus ojos
la delataban. Ella sabía la v erdad. No podía demostrarlo, pero lo sabía—.
A sí que, esto es lo que hay : puedo seguir buscando y perdiendo el tiempo
con este caso mientras tengo otros sobre mi mesa. Pero ¿qué sentido
tiene? C ross no es un peligro para la sociedad. Mi compañero le diría que
no está bien tomarse la justicia por su mano. Y en la may oría de los casos,
y o estoy de acuerdo. Pero Nathan Bark er iba a matarla. Puede que no
fuera en una semana. Puede que tampoco en un año. Pero algún día lo
haría.
Se puso de pie y se alisó los pantalones, cogió su botella de agua y su
toalla e ignoró el hecho de que y o estuv iese llorando de forma
incontrolable.
Gideon...
Me apreté la toalla contra la cara, abrumada.
—He quemado mis notas —continuó—. Mi compañero cree también que
hemos llegado a un callejón sin salida. A nadie le importa que Nathan
Bark er hay a dejado de respirar. Incluso su padre me dijo que para él su
hijo había muerto hacía años.
Lev anté la v ista hacia ella, pestañeando para hacer desaparecer la
neblina que las lágrimas me prov ocaban en los ojos.
—No sé qué decir.
—Usted rompió con él el sábado siguiente a que interrumpiéramos su
cena, ¿v erdad? —Ella asintió conmigo—. Él estuv o después en la comisaría
prestando declaración. Salió de la sala, pero y o lo pude v er a trav és del
cristal de la puerta. La única v ez que he v isto un dolor así es cuando tengo
que informar a los parientes cercanos. Si le soy sincera, ésa es la razón por
la que le estoy contando esto ahora, para que pueda v olv er con él.
—Gracias. —Nunca había pronunciado esa palabra con más sentimiento
que entonces.
Negó con la cabeza y empezó a bajar las escaleras. Entonces, se detuv o,
se giró y me miró.
—No es a mí a quien debe dárselas.
De algún modo, terminé en el apartamento de Gideon.
No recuerdo haber salido del estudio de Park er ni de decirle a C lancy
adónde me tenía que llev ar. No recuerdo haberme presentado en la
recepción ni haberme dirigido al ascensor. C uando me v i en el v estíbulo
priv ado ante la puerta de Gideon, tuv e que detenerme un momento, sin
saber cómo había llegado desde las gradas hasta allí.
Llamé al timbre y esperé. C uando no hubo respuesta, me hundí en el
suelo y apoy é la espalda en la puerta.
Gideon me encontró allí. Las puertas del ascensor se abrieron y él salió,
deteniéndose de repente al verme. Iba vestido con ropa de deporte y aún
tenía el pelo húmedo por el sudor. Nunca estuv  más maravilloso.
Se me quedó mirando, inmóv il.
—Ya no tengo llav e —le dije.
No me puse de pie porque no estaba segura de que mis piernas
pudieran con mi peso.
Se agachó.
—Ev a, ¿qué pasa?
—Esta noche me he encontrado con la detectiv e Grav es. —Tragué
saliv a, a pesar del nudo que sentía en la garganta—. A bandonan el caso.
Su pecho se expandió respirando hondo.
C on aquel sonido lo supe.
Una oscura desolación ensombreció los hermosos ojos de Gideon. Sabía
que y o lo sabía. La v erdad planeaba pesadamente entre nosotros, casi
como si pudiésemos tocarla.
Mataría por ti, dejaría todo lo que tengo por ti... pero no te abandonaré.
Gideon cay ó de rodillas sobre el frío y duro mármol. C on la cabeza
agachada. Esperando.
Yo me mov í, imitando su posición. Le lev anté el mentón. Le acaricié la
cara con mis manos y mis labios. Susurrándole por la piel mi gratitud por
su regalo.
—Gracias... gracias... gracias.
Me agarró apretando los brazos con fuerza alrededor de mi cuerpo.
A pretó su rostro contra mi cuello.
—¿Qué v a a pasarnos ahora?
—Lo que tenga que pasarnos. Juntos.

! C uando escribí No te escondo nada estaba segura de que

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