jueves, 7 de marzo de 2013

Gideon2

—Vete.
—C on mucho gusto. —A brí la puerta y casi me choco con Gideon, que
estaba apoy ado contra la pared justo al lado del despacho. Su mano me
agarró por la parte superior del brazo, pero sus ojos estaban dirigidos al
doctor Lucas, una mirada gélida llena de furia y odio.
—Mantente alejado de ella —dijo con tono áspero.
La sonrisa de Lucas se llenó de malicia.
—Ha sido ella la que me ha buscado.
La sonrisa que le dev olv ió Gideon me estremeció.
—Si v es que ella se acerca, te sugiero que salgas corriendo en la
dirección opuesta.
—Qué curioso. Ése es el consejo que y o le he dado a ella con respecto a
ti.
Le hice un corte de mangas al buen doctor.
C on un bufido, Gideon me agarró de la mano y tiró de mí por el
v estíbulo.
—¿Qué es eso de ir haciéndole cortes de mangas a la gente?
—¿Qué? Es un clásico.
—¡No puede irrumpir aquí sin más! —exclamó la recepcionista cuando
pasamos junto al mostrador.
Él la miró.
—Puede anular esa llamada a los de seguridad, y a nos v amos.
Salimos al pasillo.
—¿Me ha delatado A ngus? —murmuré tratando de soltar mi brazo.
—No. Y deja de escabullirte. Todos los coches tienen localización por
GPS.
—Estás loco. ¿Lo sabes?
Pulsó el botón del ascensor con un golpe y me miró.
—¿Yo? ¿Y tú? Estás por todos lados. C on mi madre, con C orinne, con el
maldito doctor Lucas. ¿Qué cojones estás haciendo, Ev a?
—No es asunto tuy o —contesté desafiante—. Hemos roto, ¿recuerdas?
A pretó la mandíbula. Estaba allí con su traje, con un aspecto tan pulcro
y urbano, mientras irradiaba una energía salv aje y febril. El contraste entre
lo que v eía cuando lo miraba y lo que sentía prov ocaba mi deseo. Me
gustaba que me hubiese tocado a mí el hombre que había dentro de ese
traje. C ada delicioso e indomable centímetro de su cuerpo.
El ascensor llegó y entramos en él. La excitación me recorría de arriba
abajo. Había v enido a por mí. Eso lo v olv ía muy atractiv o. Introdujo una
llav e en el tablero de botones del ascensor.
—¿Hay algo en Nuev a York que no te pertenezca? —refunfuñé.
Se echó sobre mí al instante, haciendo que me pusiera de puntillas para
que el contacto fuera may or.
Hundió los dientes en mi labio inferior con la suficiente fuerza como para
hacerme daño.
—¿C rees que diciendo unas cuantas palabras v as a terminar con lo
nuestro? No v amos a terminar, Ev a.
Me empujó contra un lado de la cabina. Estaba clav ada por un hombre
de un metro nov enta muy excitado.
—Te echo de menos —susurré agarrándole el culo y atray éndolo a mí
con más fuerza.
—C ielo —respondió con un gemido.
Me estaba besando. Besos profundos y descaradamente desesperados
que hicieron que apretara los dedos de los pies dentro de mis zapatos.
—¿Qué estás haciendo? —susurró—. Vas por ahí rev olv iéndolo todo.
—Me sobra tiempo desde que dejé al estúpido de mi nov io —contesté
jadeando también.
Él soltó un gruñido de intensa pasión y me tiraba del pelo con tanta
fuerza que me dolía.
—No puedes arreglar esto con un beso o un polv o, Gideon. Esta v ez no.
—Me costaba dejarlo marchar, era casi imposible tras v arias semanas en las
que se me había negado el derecho y la oportunidad de tocarle. Lo
necesitaba.
A pretó la frente contra la mía.
—Tienes que confiar en mí.
C oloqué las manos sobre su pecho y le empujé. Él me dejó, buscando
mis ojos con los suy os.
—No si no me hablas. —Lev anté la mano, saqué la llav e del panel y se la
di. El ascensor empezó a descender—. Me has sometido a un infierno. A
posta. Me has hecho sufrir. Y no v eo un final a la v ista. No sé qué coño
haces, campeón, pero esta mierda del doctor Jek y ll y Mister Hy de no v a
conmigo.
Se metió la mano en el bolsillo con mov imientos lentos y contenidos, que
era cuando se v olv ía más peligroso.
—Eres imposible de controlar.
—C uando estoy v estida. Vete acostumbrando. —Las puertas del
ascensor se abrieron y salí. Me puso la mano en la espalda y un escalofrío
recorrió mi cuerpo. A quella caricia inofensiv a por encima de v arias capas
de tejido me incitaba a la lujuria desde el principio—. Si v uelv es a poner la
mano en la espalda de C orinne como haces ahora, te rompo los dedos.
—Sabes que no quiero a ninguna otra —murmuró—. No puedo. Me
consume el deseo que tengo de ti.
Tanto el Bentley como el Mercedes esperaban en la calle. El cielo se había
oscurecido mientras estuv e dentro, como si estuv iera pensativ o, como el
hombre que estaba a mi lado. Había en el aire una fuerte expectación,
como una señal de que se av ecinaba una tormenta de v erano.
Me detuv e bajo la marquesina de la puerta y miré a Gideon.
—Diles que v ay an juntos. Tenemos que hablar.
—Ése era el plan.
A ngus se tocó la v isera de su gorra y se colocó tras el v olante. El otro
conductor se acercó a Gideon y le dio unas llav es.
—Señorita Tramell —dijo a modo de saludo.
—Ev a, éste es Raúl.
—Ya nos conocemos —dije—. ¿Le diste el mensaje que te dejé la última
v ez?
Los dedos de Gideon se apretaron contra mi espalda.
—Lo hizo.
Sonreí.
—Gracias, Raúl.
Raúl pasó al asiento del pasajero del Bentley mientras Gideon me
acompañaba al Mercedes y me abría la puerta. Sentí un pequeño
estremecimiento cuando él se sentó tras el v olante y ajustó el asiento para
adecuarlo a sus largas piernas. Puso en marcha el motor y se unió al
tráfico, conduciendo con destreza y confianza el potente coche a trav és de
la locura de las calles de la ciudad de Nuev a York .
—Verte conducir hace que te desee —le dije, notando cómo sus manos
se aferraban con más fuerza al v olante.
—Dios mío. —Me miró—. Tienes un fetiche relacionado con los coches.
—Tengo un fetiche relacionado con Gideon. —Bajé la v oz—. Han pasado
semanas.
—Y he odiado cada segundo de ellas. Esto supone un tormento para mí,
Ev a. No puedo concentrarme. No puedo dormir. Pierdo los estribos con el
más mínimo fastidio. Mi v ida es un infierno sin ti.
Yo nunca quise que sufriera, pero mentiría si dijera que mi tristeza no se
aliv iaba al saber que me echaba de menos tanto como y o a él.
Me giré en mi asiento para mirarle.
—¿Por qué nos estás haciendo esto?
—Tuv e una oportunidad y la aprov eché. —Su mandíbula se endureció
—. Esta separación es el precio. No será para siempre. Necesito que seas
paciente.
Negué con la cabeza.
—No, Gideon. No puedo. No más.
No me v as a dejar. No v oy a permitírtelo.
—Ya lo he hecho. ¿No te das cuenta? Estoy haciendo mi v ida y tú no
estás en ella.
—Estoy en todos los aspectos que puedo estar ahora mismo.
—¿Diciéndole a A ngus que mi siga por ahí? Venga y a. Eso no es una
relación. —A poy é la mejilla en el asiento—. A l menos, no la que y o quiero.
—Ev a. —Dejó escapar el aire con fuerza—. Mi silencio es el menor de dos
males. Tengo la sensación de que tanto si te lo cuento como si no, te estoy
apartando de mí, pero las explicaciones acarrean un riesgo may or. C rees
que quieres que te las dé, pero si lo hago, te arrepentirás. C onfía en mí
cuando te digo que hay ciertos aspectos de mi v ida que no quieres
conocer.
—Tienes que darme algo con lo que aguantar. —C oloqué la mano sobre
su muslo y sentí cómo se le tensaba el músculo y, a continuación, se
retorcía respondiendo a mi caricia—. A hora mismo no tengo nada. Estoy
v acía.
Puso su mano sobre la mía.
—C onfía en mí. A pesar de que creas lo contrario, has llegado a confiar
en lo que sabes. Eso es mucho, Ev a. Para los dos. Para nosotros.
—No existe un nosotros.
—Deja de decir eso.
—Querías mi confianza ciega y la tienes, pero eso es todo lo que puedo
darte. Has compartido conmigo una parte muy pequeña de ti y y o lo he
aceptado porque te tenía. Y ahora no...
—Me tienes —protestó.
—No de la forma en que te necesito. —Lev anté un hombro
encogiéndolo de una forma torpe—. Me has dado tu cuerpo y y o he
estado áv ida de él porque era el único modo en que te abrías ante mí. Y
ahora no lo tengo. Y cuando miro lo que sí tengo, son sólo promesas. No
es suficiente para mí. En tu ausencia, lo único que tengo es un montón de
cosas que no me quieres contar.
Él miraba fijamente hacia delante, manteniendo el perfil rígido. Retiré la
mano de debajo de la suy a y me giré hacia el otro lado, dándole la espalda
mientras miraba por la v entanilla la pululante ciudad.
—Ev a, si te pierdo me quedaré sin nada —dijo con v oz quebrada—.
Todo lo que he hecho ha sido para no perderte.
—Necesito más. —A poy é la frente en el cristal—. Si no puedo tener tu
exterior, necesito tu interior, pero no me dejas entrar.
A v anzamos en silencio, arrastrándonos por el tráfico de la mañana. Una
gruesa gota de lluv ia golpeó el parabrisas seguida de otra más.
—Después de que mi padre muriera lo pasé mal teniendo que
enfrentarme a los cambios —dijo en v oz baja—. Recuerdo que la gente lo
apreciaba, que le gustaba estar cerca de él. Los estaba haciendo ricos a
todos. Y luego, de repente, el mundo se puso boca abajo y todo el mundo
le odió. Mi madre, que había sido muy feliz durante toda aquella época,
lloraba sin parar. Y ella y mi padre se peleaban todos los días. Eso es lo que
más recuerdo, los gritos y los chillidos constantes.
Lo miré, estudiando su pétreo perfil, pero no dije nada, temerosa de
echar a perder aquel momento.
—Ella se v olv ió a casar enseguida. Nos fuimos de la ciudad. Se quedó
embarazada. Yo nunca sabía cuándo me cruzaba con alguien a quien mi
padre había jodido y tragué mucha mierda de otros niños. De sus padres.
De profesores. Era la gran noticia. Incluso hoy la gente sigue hablando de
mi padre y de lo que hizo. Yo estaba furioso. C on todos. Tenía pataletas
constantemente. Rompía cosas.
Se detuv o en un semáforo respirando con dificultad.
—C uando llegó C hristopher, fui a peor, y cuando cumplió cinco años,
me imitaba, con berrinches en la cena y empujando su plato en la mesa
para tirarlo al suelo. Mi madre estaba embarazada de Ireland en aquel
entonces y ella y Vidal decidieron que había llegado el momento de
llev arme a terapia.
Las lágrimas caían por mi rostro al imaginar aquella escena que había
descrito del niño que había sido, asustado, sufriendo y sintiéndose como
un extraño en la nuev a v ida de su madre.
—Vinieron a casa, la psiquiatra y el estudiante de doctorado al que ella
superv isaba. Empezaron enseguida. Los dos eran agradables, atractiv os y
pacientes. Pero pronto la psiquiatra empezó a pasar más tiempo tratando a
mi madre, que estaba teniendo un embarazo difícil, además de dos hijos
pequeños que estaban fuera de control. Me dejaban solo con él cada v ez
con may or frecuencia.
Gideon se detuv o y aparcó. Sus manos agarraban el v olante con
enorme fuerza y la garganta se le mov ía. El continuo tamborileo de la lluv ia
se calmó para dejarnos a solas con nuestras dolorosas v erdades.
—No tienes por qué contarme nada más —susurré, desabrochándome el
cinturón de seguridad y extendiendo los brazos hacia él. Le acaricié la cara
con los dedos húmedos por las lágrimas.
Sus fosas nasales se ensancharon al inhalar aire con fuerza.
—Me obligaba a que me corriera. C ada maldita v ez, no paraba hasta que
me corría, y de ese modo podía decir que me había gustado.
Me quité los zapatos y retiré su mano del v olante para así poder
montarme a horcajadas en su regazo y abrazarlo. Me agarró con una
fuerza terrible, pero no me quejé. Estábamos en una calle muy concurrida,
con multitud de coches que pasaban con gran estruendo por un lado y
con montones de peatones por el otro, pero a ninguno de los dos nos
importó. Él temblaba con gran v iolencia, como si estuv iese llorando de
forma descontrolada, pero no emitía ningún ruido ni derramaba ninguna
lágrima.
El cielo lloraba por él y la lluv ia caía con fuerza y rabia, conv irtiéndose
en v apor al llegar al suelo.
A garrando su cabeza entre mis manos, apreté mi cara húmeda contra la
suy a.
—Ya está, cariño. Te entiendo. Sé lo que se siente, el modo en que se
regodean después. Y la v ergüenza, la confusión y la sensación de culpa.
No es culpa tuy a. Tú no querías. No disfrutabas.
—A l principio, dejé que me tocara —susurró—. Decía que era mi edad...
las hormonas... que necesitaba masturbarme y así me tranquilizaría. Que
estaría menos enfadado. Me tocaba, decía que me iba a enseñar a hacerlo
bien. Que y o lo hacía mal...
—Gideon, no. —Me retiré para mirarle, imaginándome cómo seguiría a
partir de ahí, las cosas que le debió decir para que pareciera que era
Gideon el instigador de su propia v iolación—. Eras un niño en manos de
un adulto que conocía los botones adecuados que debía pulsar. Quieren
que sea culpa nuestra para así no ser culpables de su delito, pero no es
v erdad.
Sus ojos me miraban enormes y oscuros en su pálido rostro. A cerqué
suav emente mis labios a los suy os saboreando mis lágrimas.
—Te quiero. Y te creo. Y nada de esto ha sido culpa tuy a.
Las manos de Gideon estaban en mi pelo, agarrándome mientras él
saqueaba mi boca con besos desesperados.
—No me dejes.
—¿Dejarte? Voy a casarme contigo.
Inspiró bruscamente. Después, me atrajo más a él y sus manos se
deslizaron por mi cuerpo de forma despreocupada y v iolenta.
Un golpeteo impaciente contra la v entana hizo que diera un brinco de
sorpresa. Un policía con chubasquero y chaleco reflectante nos miraba a
trav és del cristal sin tintar del asiento delantero, frunciendo el ceño bajo la
v isera de su gorra.
—Tienen treinta segundos para marcharse o les denunciaré a los dos por
escándalo público.
A v ergonzada y con el rostro encendido bajé hasta mi asiento y caí sobre
él de una forma poco elegante. Gideon esperó a que me abrochara el
cinturón y, a continuación, puso el coche en marcha. Se dio un toque en
la frente a modo de saludo al oficial y v olv ió a unirse al tráfico.
Me cogió la mano y se la llev ó a los labios, besándome las y emas de los
dedos.
—Te quiero.
Me quedé inmóv il y el corazón se me aceleró.
Entrelazando los dedos, los puso sobre su muslo. Los limpiaparabrisas se
mov ían a uno y otro lado, y su ritmo cadencioso imitaba los latidos de mi
corazón.
—Dilo otra v ez —susurré tragando saliv a.
Él se detuv o en un semáforo. Girando la cabeza, Gideon me miró.
Parecía agotado, como si toda su habitual y v ibrante energía se hubiese
acabado y estuv iese echando humo. Pero sus ojos eran cálidos y brillantes
y la sonrisa de su boca encantadora y esperanzada.
—Te quiero. Sigue sin ser la expresión correcta, pero sé que quieres
oírla.
—Necesito oírla —confirmé en v oz baja.
—Mientras entiendas la diferencia. —El semáforo cambió y el coche
siguió av anzando—. La gente se olv ida del amor. Pueden v iv ir sin él,
pueden seguir adelante. El amor se puede perder y v olv er a encontrarse.
Pero a mí no me pasará eso. Yo no podré sobrev iv irte, Ev a.
Se me cortó la respiración cuando v i su cara y cómo me miraba.
—Estoy obsesionado contigo, cielo. Soy adicto a ti. Eres todo lo que he
querido y he necesitado siempre, todo lo que he soñado. Lo eres todo.
Viv o y respiro por ti. Por ti.
C oloqué mi otra mano sobre las nuestras y a unidas.
—Hay muchas otras cosas ahí afuera para ti, sólo que no lo sabes
todav ía.
—No necesito nada más. Me lev anto de la cama todas las mañanas y me
enfrento al mundo porque tú estás en él. —Giró por una calle y se detuv o
en la puerta del C rossfire detrás del Bentley. Paró el motor, soltó su
cinturón de seguridad y respiró hondo.
—Por ti, el mundo cobra un sentido para mí que no tenía antes. A hora
ocupo un lugar, contigo.
De repente, comprendí por qué había trabajado tan duro, por qué había
tenido un éxito tan enorme siendo tan jov en. Había luchado por buscar su
lugar en el mundo, para ser algo más que un intruso.
Pasó los dedos por mi mejilla. Había echado tanto de menos aquel tacto
que mi corazón se desangró al v olv er a sentirlo.
—¿C uándo v as a v olv er conmigo? —pregunté con tono suav e.
—En cuanto pueda. —Se inclinó hacia delante y apretó sus labios contra
los míos—. Espérame.

19
C uando llegué a mi mesa encontré un mensaje de C hristopher en mi
contestador. Durante un momento consideré si debía continuar buscando
la v erdad. C hristopher no era una persona a la que me apeteciera tener
más presente en mi v ida.
Pero me angustió la mirada que había v isto en el rostro de Gideon
cuando me habló de su pasado, así como el sonido de su v oz, tan
quebrada al recordar la v ergüenza y el sufrimiento.
Sentía su dolor como si fuese mío.
A l final, no tuv e otra opción. Le dev olv í la llamada a C hristopher y le
pedí que saliéramos a comer.
—¿A lmorzar con una mujer guapa? —A div iné una sonrisa en su v oz—.
Por supuesto.
—C ualquier momento que tengas libre esta semana me v endrá bien.
—¿Qué te parece hoy ? —sugirió—. De v ez en cuando, me dan ganas de
ir a ese restaurante al que me llev aste.
—Me parece bien. ¿A las doce?
C onfirmamos la hora y colgué justo cuando Will pasaba junto a mi mesa.
Me miró con ojos de cachorrito.
—A y údame —dijo.
—C laro —contesté esforzándome por sonreír.
Las dos horas pasaron v olando. C uando llegó la hora del mediodía, bajé
y me encontré a C hristopher esperando en el v estíbulo. Llev aba su pelo
rojizo despeinado lleno de ondas cortas y sueltas y sus ojos v erdes
grisáceos brillaban. Vestía pantalones negros y camisa blanca con los
puños remangados y tenía un aspecto seguro y atractiv o. Me saludó con
una sonrisa infantil y entonces, lo pensé: no podía preguntarle por lo que
le había dicho a su madre hacía mucho tiempo. Él era un niño que v iv ía en
un hogar disfuncional.
—Me ha hecho mucha ilusión que me llamaras —dijo—. Pero debo
admitir que siento curiosidad por saber el motiv o. Me pregunto si tiene
algo que v er con el hecho de que Gideon hay a v uelto con C orinne.
A quello me dolió. Tuv e que tomar aire y, a continuación, soltarlo para
dejar que la tensión se fuera. Sabía lo que tenía que pensar. No tenía
dudas. Pero fui lo suficientemente honesta como para admitir que quería
ser la dueña de Gideon. Quería reiv indicarlo, poseerlo, que todos supiesen
que era mío.
—¿Por qué le odias tanto? —pregunté pasando por delante de él en la
puerta giratoria. A lo lejos se oía el estruendo de unos truenos, pero la
lluv ia caliente y torrencial había cesado, dejando las calles inundadas de
agua sucia.
Se unió a mí en la acera y colocó la mano en la parte inferior de mi
espalda. Sentí que un escalofrío de repulsión me recorría el cuerpo.
—¿Por qué? ¿Quieres que intercambiemos datos?
—C laro. ¿Por qué no?
C uando terminamos de comer y o y a me había hecho una idea de qué
era lo que alimentaba el odio de C hristopher. Lo único que le importaba
era el hombre al que v eía en el espejo. Gideon era más atractiv o, más rico,
más poderoso, más seguro... simplemente más. Y estaba claro que a
C hristopher se lo comían los celos. Sus recuerdos de Gideon estaban
teñidos por la creencia de que había recibido todas las atenciones cuando
era pequeño. Lo cual podría haber sido v erdad, considerando lo
problemático que era. Y lo que era peor, aquella riv alidad fraternal había
pasado al terreno de sus v idas profesionales cuando C ross Industries
adquirió una participación may oritaria de Vidal Records. Me escribí una
nota mental para preguntarle a Gideon por qué lo había hecho.
Nos detuv imos en la puerta del C rossfire para separarnos. Un taxi que
pasaba a toda v elocidad por un enorme charco me lanzó un montón de
gotas de agua. Maldiciendo entre dientes, esquiv é las gotas y casi tropecé
contra el cuerpo de C hristopher.
—Me gustaría salir contigo alguna v ez, Ev a. ¿A cenar quizás?
—Yo te llamaré —dije tratando de ev itar una respuesta—. Mi compañero
de piso está muy enfermo en estos momentos y tengo que estar a su lado
el may or tiempo posible.
—Tienes mi número. —Sonrió y me besó en la mano, un gesto que estoy
segura de que le parecía encantador—. Y seguiremos en contacto.
Entré por la puerta giratoria del C rossfire y me dirigí a los torniquetes de
entrada.
Uno de los guardias de seguridad que había en la recepción v estido con
traje negro me detuv o.
—Señorita Tramell —dijo con una sonrisa—. ¿Podría v enir conmigo, por
fav or?
C uriosa, le seguí al despacho del personal de seguridad donde me
habían dado mi tarjeta de identificación cuando me contrataron. A brió la
puerta para que y o pasara y Gideon estaba esperando en el interior.
A poy ado en la mesa con los brazos cruzados, tenía un aspecto atractiv o,
follable e irónicamente div ertido. La puerta se cerró cuando entré y él
suspiró negando con la cabeza.
—¿Hay más personas de mi v ida a las que tengas planeado acosar en mi
nombre? —preguntó.
—¿Estás espiándome otra v ez?
—Echándote un ojo protector.
Lo miré sorprendida.
—¿Y cómo sabes si le he estado acosando o no?
Su débil sonrisa se hizo más grande.
—Porque te conozco.
—Pues no le he estado acosando. De v erdad. No lo he hecho —contesté
cuando él me miró incrédulo—. Iba a hacerlo, pero no. ¿Y por qué
estamos en esta habitación?
—¿Has emprendido alguna especie de cruzada, cielo?
Estábamos tratando de conv encernos el uno al otro y no estaba segura
de por qué. Y tampoco me importaba, porque me había v enido a la mente
algo más importante.
—¿Te das cuenta de que tu reacción ante mi almuerzo con C hristopher
está siendo muy calmada? ¿Y también la mía con respecto a que estés
pasando tiempo con C orinne? Los dos estamos reaccionando de una
forma completamente diferente a como lo habríamos hecho hace un mes.
Él estaba distinto. Sonrió, y había algo único en el modo cálido en que
curv ó sus labios.
—C onfiamos el uno en el otro, Ev a. Es una buena sensación, ¿v erdad?
—Que confíe en ti no significa que sienta menos confusión ante lo que
está pasando entre los dos. ¿Por qué nos escondemos en este despacho?
—Se llama negación plausible. —Gideon se incorporó y se acercó a mí.
C ogiendo mi cara entre sus manos, me inclinó la cabeza hacia atrás y me
besó dulcemente—. Te quiero.
—Se te está dando bien decirlo.
Me pasó los dedos por mi nuev o flequillo.
—¿Recuerdas aquella noche que tuv iste la pesadilla y y o me fui? Te
preguntaste dónde había ido.
—A ún me lo pregunto.
—Estuv e en el hotel, limpiando la habitación. Mi picadero, como tú lo
llamaste. Explicarte eso cuando tú estabas v omitándolo todo no me pareció
lo más oportuno.
La respiración se me entrecortó de pronto. Era un aliv io saber dónde
había estado. Y otro aún may or saber que el picadero y a no era tal cosa.
Sus ojos me miraban con dulzura.
—Me había olv idado por completo de ello hasta que surgió con el doctor
Petersen. Los dos sabemos que nunca más lo v oy a v olv er a utilizar. Mi
chica prefiere los v ehículos de transporte a las camas.
Sonrió y se fue. Yo me quedé mirándolo.
El guardia de seguridad apareció en la puerta y y o dejé a un lado mis
turbios pensamientos para rev isarlos más adelante, cuando tuv iese tiempo
de comprender de v erdad adónde me estaban llev ando.
De camino a casa, compré una botella de zumo de manzana con gas en
lugar de champán. Vi el Bentley de v ez en cuando, siguiéndome, siempre
dispuesto a detenerse para recogerme. A ntes me molestaba, porque la
conexión latente que representaba hacía aún may or mi confusión con
respecto a mi ruptura con Gideon. A hora, cuando lo v eía, me hacía
sonreír.
El doctor Petersen tenía razón. La abstinencia y un poco de espacio me
habían aclarado las ideas. En cierto modo, la distancia entre Gideon y y o
nos había v uelto más fuertes, había hecho que nos apreciáramos más el
uno al otro y que no diéramos las cosas por sentado. Lo amaba ahora más
de lo que lo había amado nunca y sentí aquello mientras planeaba una
noche a solas con mi compañero de piso sin tener ni idea de dónde estaría
Gideon ni con quién podría estar. No me importaba. Sabía que y o estaba
en sus pensamientos, en su corazón.
Mi teléfono sonó y lo saqué del bolso. A l v er el nombre de mi madre en
la pantalla, respondí:
—Hola, mamá.
—¡No entiendo qué es lo que están buscando! —Se quejó con v oz
furiosa y llorosa—. No dejan a Richard en paz. Han ido hoy a su despacho
y han hecho copias de las grabaciones de seguridad.
—¿La policía?
—Sí. Son incansables. ¿Qué es lo que quieren?
Giré la esquina que daba a mi calle.
—C azar a un asesino. Probablemente sólo quieran v er a Nathan
entrando y saliendo. C omprobar las horas
o algo así. —¡Eso es ridículo! —Sí. Pero es sólo una suposición. No te
preocupes.
No v an a encontrar nada porque Stanton es inocente. Todo saldrá bien.
—Ha sido muy bueno con todo esto, Ev a —dijo suav izando la v oz—. Es
muy bueno conmigo.
Dejé escapar un suspiro mientras escuchaba el tono de súplica que había
en su v oz.
—Ya lo sé, mamá. Lo he captado. Papá también lo comprende. Estás
donde debes estar. Nadie te está juzgando. Todos estamos bien.
Tardé en calmarla lo que duró el tray ecto hasta mi puerta. Y durante ese
tiempo me pregunté qué v ería la policía si pedían también las grabaciones
de seguridad del C rossfire. El historial de mi relación con Gideon podría ser
narrado a trav és de las v eces que y o había estado en el v estíbulo de C ross
Industries con él. La primera v ez que se me declaró fue allí, dejando claro
cuáles eran sus deseos sin ningún rodeo. Me había inmov ilizado contra la
pared allí, justo después de que y o aceptara salir con él en exclusiv a. Y
había rechazado mi caricia aquel día terrible en que empezó a separarse de
mí. La policía lo v ería todo si retrocedían en el tiempo lo suficiente, aquellos
momentos priv ados y personales.
—Llámame si me necesitas —dije mientras dejaba el bolso en el mostrador
del desay uno—. Estaré en casa toda la noche.
C olgamos y v i un impermeable desconocido colgado de uno de los
taburetes. Grité para que C ary me oy era.
—¡C ariño, estoy en casa!
Puse la botella de zumo de manzana en la nev era y me dirigí hacia el
pasillo camino de mi habitación para darme una ducha. Estaba en la puerta
de mi dormitorio cuando se abrió la puerta de C ary y salió Tatiana. A brí los
ojos de par en par al v er su disfraz de enfermera trav iesa que iba
acompañado de ligas y medias de rejilla.
—Hola, guapa —dijo con petulancia. Estaba increíblemente alta con sus
tacones mirándome desde arriba. C omo modelo de éxito, Tatiana C herlin
tenía el tipo de rostro y de cuerpo que podría detener el tráfico—.
C uídamelo.
Parpadeando, v i a aquella rubia de largas piernas desaparecer por la sala
de estar. Oí que la puerta de la calle se cerraba poco después.
C ary apareció en su puerta, despeinado, colorado y v estido tan sólo
con sus calzoncillos bóxer. Se apoy ó en el quicio de la puerta con una
sonrisa relajada y de satisfacción.
—Hola.
—Hola. Parece que has pasado un buen día.
—De escándalo.
A quello me hizo sonreír.
—No pretendo juzgarte, pero había supuesto que Tatiana y tú habíais
terminado.
—Yo nunca he creído que hay amos empezado nada. —Se pasó una
mano por el pelo, alborotándoselo—. Pero se ha presentado hoy aquí toda
preocupada deshaciéndose en disculpas. Ha estado en Praga y no se había
enterado de lo mío hasta esta mañana. Se ha presentado enseguida v estida
así, como si hubiese leído mi mente perv ersa.
Yo también me apoy é en la puerta.
—Supongo que te conoce.
—Supongo que sí. —Se encogió de hombros—. Ya v eremos adónde nos
llev a esto. Sabe que Trey está en mi v ida y que espero que continúe en
ella. Pero Trey ... Sé que no le v a a gustar.
Sentí lástima por los dos. Iban a tener que transigir en muchas cosas
para que su relación funcionara.
—¿Y si nos olv idamos por una noche de las personas más importantes de
nuestras v idas y disfrutamos de una maratón de películas de acción? He
traído champán sin alcohol.
—¿Qué tiene eso de div ertido? —Preguntó con mirada de sorpresa.
—Ya sabes que no puedes mezclar las medicinas con el alcohol —
contesté fríamente.
—¿No v as a Krav Maga hoy ?
—Lo recuperaré mañana. Me apetece relajarme contigo. Quiero
tumbarme en el sofá y comer pizza con palillos y comida china con los
dedos.
—Nena, eres toda una rebelde —dijo sonriendo—. Y tienes una cita.
Park er cay ó sobre la esterilla con un resoplido y y o grité, encantada de mi
propio éxito.
—Sí —dije lev antando el puño. A prender a tirar a un hombre tan pesado
como Park er no era ninguna tontería. Buscar el equilibrio adecuado para
poder hacer palanca me había llev ado más tiempo del que probablemente
debería porque me había costado mucho concentrarme en las últimas dos
semanas.
No había equilibrio en mi v ida cuando mi relación con Gideon estaba
torcida.
Riéndose, Park er me extendió la mano para que lo lev antara. Le agarré
del antebrazo y tiré de él para que se pusiera de pie.
—Bien. Muy bien —dijo elogiándome—. Esta noche estás a pleno
rendimiento.
—Gracias. ¿Quieres que probemos otra v ez?
—Descansa diez minutos y bebe agua —dijo—. Tengo que hablar con
Jeremy antes de que se v ay a.
Jeremy era uno de los compañeros instructores de Park er, un hombre
gigante al que los estudiantes tenían que mirar desde abajo. No podía
imaginarme esquiv ando nunca a un asaltante de su tamaño, pero había
v isto a mujeres realmente pequeñas hacerlo en su clase.
C ogí mi toalla y mi botella de agua y me dirigí a la gradería de aluminio
que se alineaba en la pared. Mis pasos v acilaron cuando v i a uno de los
policías que habían v enido a mi casa. Pero la detectiv e Shelley Grav es no
iba v estida con su ropa de trabajo. Llev aba una camiseta de deporte y
unos pantalones a juego con zapatillas de atletismo y su cabello moreno y
rizado recogido en una coleta.
C omo ella estaba entrando en el edificio y la puerta se encontraba al lado
de las gradas, me v i caminando hacia ella. Me obligué a aparentar
despreocupación cuando lo que sentía era todo lo contrario.
—Señorita Tramell —me saludó—. Qué casualidad encontrármela aquí.
¿Llev a mucho tiempo con Park er?
—A lrededor de un mes. Me alegra v erla, detectiv e.
—No, no se alegra. —A doptó un gesto irónico—. Por lo menos, no lo
piensa. A ún. Y puede que siga sin alegrarse cuando hay amos terminado de
hablar.
Fruncí el ceño, confundida ante aquel enredo de palabras. Pero una
cosa estaba clara:
—No puedo hablar con usted sin la presencia de mi abogado.
Ella extendió los brazos.
—No estoy de serv icio. Pero de todos modos, usted no tiene que decir
nada. Seré y o la que hable.
Grav es señaló las gradas y, a regañadientes, me senté. Tenía una muy
buena razón para mostrarme recelosa.
—¿Y si nos ponemos un poco más arriba? —Subió a lo alto y y o me
puse de pie y la seguí.
Una v ez acomodadas, colocó los antebrazos sobre las rodillas y miró a
los alumnos que había abajo.
—Por las noches esto es diferente. Normalmente v engo a las sesiones
diurnas. Me había prometido a mí misma que si alguna v ez me encontraba
con usted sin estar de serv icio, le diría algo. Suponía que las posibilidades
de que eso ocurriera eran nulas y, mire por dónde, aquí está. Debe ser
una señal.
Yo no me estaba crey endo aquella explicación adicional.
—No me parece que sea de las personas que creen en las señales.
—A hí me ha pillado, pero por esta v ez haré una excepción. —Frunció los
labios un momento, como si estuv iera pensando seriamente en algo. A
continuación, me miró—. C reo que su nov io ha matado a Nathan Bark er.
Yo me puse tensa y recobré el aliento de forma audible.
—Nunca podré probarlo —dijo con grav edad—. Es demasiado
inteligente. Demasiado cuidadoso. Todo ha sido premeditado al detalle. En
el momento en que Gideon C ross tomó la decisión de asesinar a Nathan
Bark er, lo tenía todo bien organizado.
Yo no sabía si debía irme o quedarme ni cuáles serían las consecuencias
de cualquiera de las dos decisiones. Y durante ese momento de indecisión,
ella continuó hablando.
—C reo que empezó el lunes siguiente al ataque que sufrió su compañero
de piso. C uando registramos la habitación de hotel donde se descubrió el
cadáv er de Bark er, v imos unas fotos. Muchas fotos de usted, pero de las
que le estoy hablando eran de su compañero de piso.
—¿De C ary ?
—Si y o presentara esto al ay udante del fiscal del distrito para pedir una
orden de arresto, diría que Nathan Bark er atacó a C ary Tay lor como una
forma de intimidar y amenazar a Gideon C ross. Yo creo que Gideon C ross
no estaba cediendo al chantaje de Bark er.
Retorcí las manos en la toalla. No podía soportar la idea de que C ary
estuv iese sufriendo todo aquello por mi culpa.
Grav es me miró con ojos afilados y rotundos. Ojos de policía. Mi padre
también los tenía.
—En ese momento, creo que Gideon pensó que usted corría un peligro
mortal. ¿Y sabe qué? Tenía razón. He v isto las pruebas que recopilamos en
la habitación de Bark er: fotografías, notas pormenorizadas de su agenda
diaria, recortes de prensa... incluso parte de su basura. Normalmente,
cuando encontramos este tipo de cosas es demasiado tarde.
—¿Nathan me estaba v igilando? —Sólo de pensarlo un fuerte escalofrío
me recorrió el cuerpo.
—La estaba acechando. El chantaje que hizo a su padrastro y a C ross no
fue más que una intensificación de lo mismo. C reo que C ross se estaba
acercando demasiado a usted y Bark er se sintió amenazado por esa
relación. Estoy segura de que esperaba que C ross se alejaría cuando
conociera su pasado.
Me llev é la toalla a la boca, por si el mareo que estaba sintiendo me hacía
v omitar.
—A sí que, esto es lo que creo que ocurrió. —Grav es se dio golpecitos en
las y emas de los dedos mientras su atención parecía dirigirse a los
agotadores ejercicios que se desarrollaban más abajo—: C ross cortó con
usted. C on eso consiguió dos cosas, que Bark er se relajara y que
desapareciera el móv il de C ross para matarlo. ¿Por qué iba a asesinar a un
hombre por una mujer a la que había dejado? Eso lo preparó bastante
bien y no se lo contó a usted, que reforzó la mentira con sus sinceras
reacciones.
Empezó a dar golpes con el pie además de con los dedos y su esbelto
cuerpo irradió una agitada energía.
—C ross no encargó el trabajo a otro. Eso habría sido una estupidez. No
quiere que hay a un rastro de dinero ni un sicario que lo puedan delatar.
A demás, esto era un asunto personal. Usted es un asunto personal. Quiere
que la amenaza desaparezca sin ninguna duda. Organiza una fiesta en el
último momento en una de sus propiedades para una empresa de v odk a
que le pertenece. A sí, consigue tener una coartada bien sólida. Incluso la
prensa está allí para hacer fotos. Y sabe exactamente dónde está usted y
que su coartada es igual de sólida.
Mis dedos se retorcían en la toalla. Dios mío...
Los sonidos de los cuerpos golpeando las colchonetas, el murmullo de
las instrucciones que se daban y los gritos triunfantes de los alumnos se
desv anecieron conv irtiéndose en un zumbido uniforme dentro de mis
oídos. Había una gran activ idad desarrollándose justo delante de mí y mi
cerebro no podía procesarla. Tenía la sensación de estar alejándome por
un túnel infinito y de que mi realidad iba encogiéndose hasta un punto
negro y diminuto.
A briendo su botella de agua, Grav es dio un largo trago y, después, se
secó la boca con el rev erso de la mano.
—Debo admitir que lo de la fiesta me confundió un poco. ¿C ómo romper
una coartada como ésa? Tuv e que v olv er al hotel tres v eces hasta que
supe que esa noche hubo un incendio en la cocina. Nada importante, pero
todo el hotel tuv o que ser ev acuado durante casi una hora. Todos los
huéspedes se arremolinaron en la acera. C ross salía y entraba del hotel
haciendo lo que sea que hace un propietario en esas circunstancias. Hablé
con media docena de empleados que lo v ieron o que hablaron con él en
esos momentos, pero ninguno de ellos podía establecer las horas con
exactitud. Todos estaban de acuerdo en que fue un caos. ¿Quién iba a
seguir el rastro de un hombre en medio de todo ese jaleo?
Yo misma negué con la cabeza, como si la detectiv e me estuv iese
haciendo la pregunta a mí.
Echó los hombros hacia atrás.
—C ronometré los pasos desde la entrada de serv icio, donde v ieron a
C ross hablando con los bomberos, hasta el hotel de Bark er, que estaba a
dos manzanas. Quince minutos de ida y otros quince de v uelta. A Bark er
lo liquidaron con una sola puñalada en el pecho. Justo en el corazón.
Debió bastar menos de un minuto. No había heridas de forcejeo y lo
encontraron justo detrás de la puerta. Mi teoría es que le abrió la puerta a
C ross y éste lo mató antes de que pudiese pestañear. Y fíjese... Ese hotel es
propiedad de una filial de C ross Industries. Y resulta que las cámaras de
seguridad del edificio estaban apagadas por unas mejoras que llev aban
v arios meses en proceso.
—Una coincidencia —dije con la v oz quebrada. El corazón me latía con
fuerza. En un lugar escondido de mi cerebro, y o era consciente de que
había una docena de personas a pocos metros de distancia que seguían
con sus v idas sin tener ni idea de que otro ser humano, en aquella misma
sala, estaba atrav esando un momento de catástrofe.
—C laro. ¿Por qué no? —Grav es se encogió de hombros, pero sus ojos
la delataban. Ella sabía la v erdad. No podía demostrarlo, pero lo sabía—.
A sí que, esto es lo que hay : puedo seguir buscando y perdiendo el tiempo
con este caso mientras tengo otros sobre mi mesa. Pero ¿qué sentido
tiene? C ross no es un peligro para la sociedad. Mi compañero le diría que
no está bien tomarse la justicia por su mano. Y en la may oría de los casos,
y o estoy de acuerdo. Pero Nathan Bark er iba a matarla. Puede que no
fuera en una semana. Puede que tampoco en un año. Pero algún día lo
haría.
Se puso de pie y se alisó los pantalones, cogió su botella de agua y su
toalla e ignoró el hecho de que y o estuv iese llorando de forma
incontrolable.
Gideon...
Me apreté la toalla contra la cara, abrumada.
—He quemado mis notas —continuó—. Mi compañero cree también que
hemos llegado a un callejón sin salida. A nadie le importa que Nathan
Bark er hay a dejado de respirar. Incluso su padre me dijo que para él su
hijo había muerto hacía años.
Lev anté la v ista hacia ella, pestañeando para hacer desaparecer la
neblina que las lágrimas me prov ocaban en los ojos.
—No sé qué decir.
—Usted rompió con él el sábado siguiente a que interrumpiéramos su
cena, ¿v erdad? —Ella asintió conmigo—. Él estuv o después en la comisaría
prestando declaración. Salió de la sala, pero y o lo pude v er a trav és del
cristal de la puerta. La única v ez que he v isto un dolor así es cuando tengo
que informar a los parientes cercanos. Si le soy sincera, ésa es la razón por
la que le estoy contando esto ahora, para que pueda v olv er con él.
—Gracias. —Nunca había pronunciado esa palabra con más sentimiento
que entonces.
Negó con la cabeza y empezó a bajar las escaleras. Entonces, se detuv o,
se giró y me miró.
—No es a mí a quien debe dárselas.
De algún modo, terminé en el apartamento de Gideon.
No recuerdo haber salido del estudio de Park er ni de decirle a C lancy
adónde me tenía que llev ar. No recuerdo haberme presentado en la
recepción ni haberme dirigido al ascensor. C uando me v i en el v estíbulo
priv ado ante la puerta de Gideon, tuv e que detenerme un momento, sin
saber cómo había llegado desde las gradas hasta allí.
Llamé al timbre y esperé. C uando no hubo respuesta, me hundí en el
suelo y apoy é la espalda en la puerta.
Gideon me encontró allí. Las puertas del ascensor se abrieron y él salió,
deteniéndose de repente al verme. Iba vestido con ropa de deporte y aún
tenía el pelo húmedo por el sudor. Nunca estuv  más maravilloso.
Se me quedó mirando, inmóv il.
—Ya no tengo llav e —le dije.
No me puse de pie porque no estaba segura de que mis piernas
pudieran con mi peso.
Se agachó.
—Ev a, ¿qué pasa?
—Esta noche me he encontrado con la detectiv e Grav es. —Tragué
saliv a, a pesar del nudo que sentía en la garganta—. A bandonan el caso.
Su pecho se expandió respirando hondo.
C on aquel sonido lo supe.
Una oscura desolación ensombreció los hermosos ojos de Gideon. Sabía
que y o lo sabía. La v erdad planeaba pesadamente entre nosotros, casi
como si pudiésemos tocarla.
Mataría por ti, dejaría todo lo que tengo por ti... pero no te abandonaré.
Gideon cay ó de rodillas sobre el frío y duro mármol. C on la cabeza
agachada. Esperando.
Yo me mov í, imitando su posición. Le lev anté el mentón. Le acaricié la
cara con mis manos y mis labios. Susurrándole por la piel mi gratitud por
su regalo.
—Gracias... gracias... gracias.
Me agarró apretando los brazos con fuerza alrededor de mi cuerpo.
A pretó su rostro contra mi cuello.
—¿Qué v a a pasarnos ahora?
—Lo que tenga que pasarnos. Juntos.

! C uando escribí No te escondo nada estaba segura de que

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